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Tres décadas de emancipación (incompleta) de las colombianas

Los nuevos aires que trajo la Constitución Política de 1991 generaron expectativas legítimas de avance en los derechos de la mujer. La Asamblea Constituyente reconoció la discriminación de la que eran objeto las mujeres: 
 

las estadísticas muestran cómo en nuestra patria la mujer tiene menos oportunidades de acceso a la salud, la protección y la educación que el hombre. A su vez en el campo laboral, a pesar de que su participación ha señalado cambios importantes en la estructura del mercado de trabajo, el 35 % de la población femenina urbana percibe una remuneración por debajo del sueldo mínimo, frente a un 16 % de los hombres que se encuentran en la misma situación; y si miramos hacia el sector rural encontramos mujeres que, sin ser dueñas de la tierra, trabajan sin paga [...]. 


Para enmendar esta intolerable circunstancia, en su artículo 43 se estipuló que mujeres y hombres tienen igualdad de derechos y oportunidades, y que la mujer no puede ser sometida a ningún tipo de discriminación.
 

¿Qué balance podemos hacer tres décadas después? 


A nivel político, hasta el 2000, y con la Ley Estatutaria 581, se estableció que las mujeres deberían representar al menos el 30 % de las listas de los partidos políticos para elecciones de Congreso y cuerpos colegiados. Este avance jurídico –aunque significativo– ya se queda corto considerando que las mujeres consistentemente son el 51 % de la población.
 

Puedes escuchar: Salud mental en pandemia: ¿cómo están los colombianos?.
 

Además, a lo largo de estos 30 años la cuota se ha cumplido a regañadientes. Hoy solo el 27,7 % de los ministerios y el 16,6 % de los departamentos administrativos son liderados por mujeres. Esto transmite un mensaje perverso a las mujeres recién graduadas, quienes obtienen el 55 % de los títulos universitarios y que mayoritariamente se desarrollarán profesionalmente en el país. Por eso, no solo es legítima, sino necesaria, la demanda interpuesta por Dejusticia, Sistema mujer, Humanas y la Red Nacional de Mujeres ante el Consejo de Estado por violar la ley de cuotas. La interpretación de esta cuota como limitante y no como punto de partida, que sumado a los estereotipos sobre las capacidades femeninas y la carga desproporcionada en tareas de cuidado en el hogar, hacen que las mujeres enfrenten más y mayores obstáculos en su desarrollo laboral.

A nivel económico, parece necesario recordar que la proyección laboral de la mujer, más que una reivindicación feminista, es de interés de toda la sociedad. Su empoderamiento en términos de acceso a actividades remuneradas y la reducción de las brechas con respecto a los hombres, representa una oportunidad para impulsar el crecimiento económico, reducir la desigualdad de ingresos y la pobreza, tanto en Colombia como en Latinoamérica.
 

En este sentido, un primer paso fue visibilizar las actividades de cuidado. Las mujeres destinan más tiempo que los hombres a actividades no remuneradas en el hogar, lo que afecta directamente su participación en la economía formal y que hace persistente la brecha salarial.
 

En 2010 se reconoció plenamente el papel de la mujer dentro de la esfera de la economía. 


Gracias a Ley 1413 de 2010, la economía del cuidado se incluyó en las cuentas nacionales, lo que permite tener una idea de esta forma de contribuir al desarrollo económico y social del país. Considerando solo la cuenta satélite de la economía del cuidado, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) estimó que en 2017 representó el 20 % del PIB.
 

Puedes leer: Mujeres y jóvenes, los más afectados con la situación de pobreza en Colombia.
 

El siguiente paso –en el que están los mayores desafíos– es la erradicación de cualquier forma de discriminación salarial o de retribución entre hombres y mujeres. En 2011, por medio de la Ley 1496, se buscó garantizar la igualdad salarial y de retribución laboral entre mujeres y hombres, y establecer mecanismos que busquen eliminar la discriminación para que las mujeres tengan mayores oportunidades dentro del mercado laboral. 


Ocho años después, la brecha de ingresos laborales calculada por el DANE se ubicaba en 12,1 % en contra de las mujeres. En 2020, según un informe reciente del Banco Mundial, Colombia ocupó la sexta posición entre los países de América Latina y el Caribe con la mayor brecha de desempleo (5,58 %) en contra de las mujeres, para un mismo nivel educativo. Según el mismo organismo “las mujeres no solo tienen menos posibilidades que los hombres de participar en el mercado laboral, sino que, cuando lo hacen, es más probable que realicen trabajos informales con salarios más bajos”. Esto explica, en parte, por qué Latinoamérica es una de las regiones del mundo con tasas más altas de empleo informal femenino.


Tras un año de pandemia, Colombia es testigo de un retroceso en la emancipación de la mujer. Según el Banco Mundial, las colombianas tienen acceso al 81,9 % de la posición legal de un colombiano. El porcentaje de mujeres ocupadas en enero de 2021 con respecto al mismo mes de 2020 se redujo en 10,8 %, más del doble de la reducción que enfrentaron los hombres. 


Como lo muestra el estudio realizado por Karen García-Rojas, junto con sus coautoras y coautor, estamos presenciando una “caída en escalera de las mujeres”, del piso 1991 al piso 1886: las que trabajaban formalmente, pasan a ocuparse informalmente, en ambos casos una parte transita del empleo al desempleo, las desempleadas a la inactividad, y en pandemia, todas confinadas de nuevo al hogar, sobrecargadas con tareas de cuidado y expuestas a la violencia intrafamiliar.


Por ello es importante que las políticas de recuperación pospandemia asuman plenamente el derrotero constitucional según el cual “el Estado apoyará de manera especial a la mujer cabeza de familia”. Esto implica, como señalan en el mismo estudio, reactivar los sectores que más contratan mujeres, al mismo tiempo que se garantice la disponibilidad de servicios de cuidado (colegios y guarderías), que permitan que las mujeres recuperen rápidamente el terreno que han perdido en el mercado laboral. Así, actuamos para que, si las mujeres se vuelven a confinar en sus casas, lo hagan porque les conviene el teletrabajo, no porque les tocó volver a ser amas de casa.

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