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Silencio y prudencia, el salvavidas de los trabajadores informales en Corabastos

En medio del acelere y el ruido, don Oliverio dedica unos minutos para rememorar que cuando tenía 18 años llegó a Corabastos dispuesto a trabajar en lo que saliera. Con su novia embarazada el tema económico acosaba, por lo que le hizo caso a algunos conocidos que le dijeron que allí podría rebuscarse la vida mientras le salía algo mejor; en ese trajín, cargando y descargando bultos de plátano, lleva 37 años.

 

Aunque se hizo bachiller, las oportunidades fueron escasas para él, que soñaba con ser ingeniero mecánico; sin embargo no se arrepiente de nada, en especial cada vez que su nieto lo mira a los ojos o busca sus brazos para que lo cargue. A sus 55 años, la plaza “bendita”, como él la llama, le ha permitido llevar el sustento a su casa y darles estudio a sus hijos. Pero permanecer tanto tiempo en este lugar no es tan fácil para muchos trabajadores informales como él. 

 

A Corabastosllegan diariamente alrededor de 12.000 toneladas de productos que luego son distribuidos a Bogotá y varios departamentos; este volumen hace que el lugar no está exento de actividades ilegales y disputas por el control, ejercidas tanto por la delincuencia común como por el crimen organizado, que hacen de la plaza de mercado un sitio inseguro.

 

Ángel David Gil, magíster en Sociología de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), indagó sobre cómo, a pesar de los factores de inseguridad, los trabajadores informales permanecen allí por años realizando diferentes actividades. 

 

Afirma que la venta y comercialización de productos que tiene lugar en Corabastos implica una serie de actividades y dinámicas que van más allá de la simple transacción económica entre un cliente y un vendedor. Los productos, que atiborran las carrocerías de camiones y furgones, son descargados por un ejército de coteros, cuya única herramienta de trabajo es su propio cuerpo. 

 

En este lugar de 420.000 m2 también hay tensión entre mayoristas y minoristas, tanto por los precios de los productos como por el desecho de los alimentos que no cumplen con criterios de tamaño y presentación y que son la materia prima de los minoristas que los venden a las afueras de la central y que constituyen la dinámica de las ventas ambulantes. 

 

“Todo ello configura un espacio diverso y llamativo, un escenario que aunque parece normal esconde formas particulares de interacción que garantizan un espacio de trabajo a diferentes actores”.

Entrevista a trabajadores informales 

 

En su investigación, el magíster entrevistó a 7 trabajadores informales –4 hombres y 3 mujeres–, entre ellos don Olivero; revisó información documental de trabajos, estudios y distintos referentes de la violencia urbana; analizó noticias, sobre todo a aquellas de crónica roja de periódicos populares; y adelantó un ejercicio de inmersión, es decir, trabajó como cotero.

 

“Así pude escuchar en primera persona las diversas situaciones que afrontan los trabajadores informales; por ejemplo, dialogué con desplazados por la violencia, expresidiarios y excombatientes de la guerrilla”.

 

“En las entrevistas individuales hice especial énfasis en aspectos relacionados con el trabajo diario en la central de Corabastos, buscando reconocer, identificar y aproximarme a las interacciones que establecen estos sujetos en su cotidianidad”, señala el magíster. 

 

Por otra parte, las entrevistas grupales –realizadas con las familias de los trabajadores– hicieron hincapié en la historia familiar de los sujetos, sus experiencias laborales previas, lugares y recuerdos acerca de sus lugares de procedencia y otros elementos que surgieron de manera espontánea en estos encuentros.

 

Antecedentes de conflicto y criminalidad


Al igual que otros espacios en las ciudades principales del país, Corabastos también ha sido un territorio de disputa. A partir de la revisión documental, el magíster encontró un detallado estudio publicado en 2012 por el Observatorio del Conflicto Armado de la Corporación Nuevo Arco Iris, el cual evidenció que en los años setenta la puja por el control la ejercieron los esmeralderos y algunas organizaciones de narcotraficantes que aprovechaban las oportunidades que brindaba la central de abastos para transportar mercancías. 

 

En los años ochenta las FARC establecieron que Corabastos está en un lugar estratégico para adquirir suministros de armas; en los noventa y hasta 2005 el control fue ejercido por diferentes bloques del paramilitarismo, a través de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), y desde entonces el control se lo disputan la delincuencia común y las bandas criminales dedicadas al lavado de activos, el transporte de mercancías ilegales y el narcotráfico, actividades que suelen realizarse mediante un control invisible para la mayoría de los comerciantes.

 

Según el investigador, la cadena de control delincuencial en Corabastos ha hecho que los trabajadores establezcan “códigos” para saber, por ejemplo, por dónde se puede transitar o qué grupos controlan el acceso o la salida de la Central sin poner en riesgo su vida, y a qué hora, con quiénes se puede hablar y con quiénes negociar el uso del espacio público.

“No es fácil que en Corabastos las personas hablen sobre este tipo de situaciones que se presentan, por lo que la prudencia se ha convertido en su salvavidas”. 

 

“La delincuencia común, no tan estructurada, también mantiene actividades como el cobro del ‘gota a gota’, los atracos y las extorsiones que deben pagar algunos para poder usar el espacio público”, comenta el magíster.

 

Al respecto, una vendedora ambulante cuenta que “pasan por aquí todos los días. Si prestan 50.000 pesos cobran 2.000 pesos, si es 1 millón son 40.000 pesos diarios durante 30 días. Yo no pude acceder a un préstamo bancario por lo que no tengo historia financiera, y por eso tuve que acudir a estos agiotistas; gracias a Dios ya me salí de eso”.

 

Estar alerta para sobrevivir

 

Según el investigador, “los saberes dentro de este entorno hacen que sus habitantes estén en constante estado de alerta, no solo ante los peligros de la zona, sino también ante una disposición particular de estar en movimiento”.

 

“Si se quiere trabajar en Corabastos hay que estar ‘pilas’ con los clientes que llegan a ofrecer los productos, a la disputa por el espacio, a hacerse un lugar. También se debe estar ‘mosca’, o sea en estado de alerta constante para poder sortear el peligro; varios de los entrevistados indicaron que hay que ‘buscar el acomodo’, que no es otra cosa que adaptarse a las circunstancias”.

 

Sin embargo, el investigador aclara que “lejos de dibujar la plaza únicamente como un lugar violento y rudo, mi investigación también buscaba destacarla como un espacio para la solidaridad entre los mismos trabajadores, quienes entre ellos se cuidan el puesto o se recomiendan clientes”. 

 

“Para sobrevivir laboralmente en este entorno es fundamental que ellos sepan negociar y resistir ante fuerzas superiores como la Policía, y evitar llegar a situaciones de roce constante; por el contrario, deben buscar el diálogo y la resistencia, por lo que muchas veces los trabajadores informales se defienden ante las autoridades, considerando su labor importante en el abastecimiento una ciudad como Bogotá”.

 

Según don Oliverio, “la plaza es como cualquier empresa, solo que tiene sus cosas y cada quien se ocupa de lo suyo, sin necesidad de meterse en algo diferente. Para mí ha sido la placita bendita, de la cual no tengo que quejarme, porque ha sido mi fuente de trabajo durante todos estos años y el lugar en donde espero terminar el tiempo que me quede”, relata.

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