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Río Magdalena, testigo de la vida y extinción de los indígenas

Los primeros pobladores que habitaban a lo largo del río –agrupados en comunidades como caribes, mocaná, zenú, malibú, chimila, carare, yareguí, muzo, panche y pijaos– fueron diezmados por los maltratos producidos durante las largas jornadas de navegación.
 

Además, las riberas se quedaron sin bosques ni animales silvestres –manatíes, caimanes, tortugas, felinos– por la depredación de los nuevos habitantes y por la introducción de africanos esclavizados, lo que transformó drásticamente el panorama original de los habitantes nativos.
 

Ya en 1576, el oidor de la Real Audiencia, Diego de Narváez, se asombraba con la extinción de los indígenas, y en la Ordenanza del Río Grande se pedía que se redujeran los trayectos que remaban los nativos, pues de lo contrario se quedarían sin mano de obra.
 

Para finales del siglo XVII, solo en el sur del Alto Magdalena la población indígena desapareció como consecuencia tanto de las guerras en defensa de sus territorios y poblaciones como de las enfermedades traídas por los europeos –viruela, sarampión y el virus de la gripe, entre otras–, los maltratos en las minas y en el transporte de mercancías, las guerras contra los pijaos, y finalmente por el mestizaje.
 

En cuanto a los recursos naturales, a mediados del siglo XX el escritor Gabriel García Márquez en su novela El amor en los tiempos del cólera resaltó –en boca del personaje Florentino Ariza– el asombro por la eliminación de los bosques ribereños debido a su uso como leña en los barcos de vapor.


Con la llegada de Jiménez de Quesada se iniciaría el proceso de colonización de las costas, valles y altiplanos de la Nueva Granada, además de la transformación de los habitantes y ambientes con la fundación de los puertos de Malambo, Tenerife, Mompox, Tamalameque y Honda, que servirían de abastecimiento de leña, víveres y mano de obra para las flotillas españolas, inglesas y colombianas que entraban y sacaban mercancías, animales, gente y estilos culturales.
 

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Orígenes y evolución


Estos relatos forman parte de la documentación recopilada por un grupo académico cuyo objetivo es recuperar la memoria histórica de este importante trayecto, investigación coordinada por el profesor José Vicente Rodríguez, del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), en el marco del proyecto “Análisis paleogenético y paleoantropológico de los grupos prehispánicos de la cuenca del río Magdalena”, aprobado y financiado por Minciencias, en el que además participan las Universidades de Antioquia y de La Sabana.
 

En este trabajo, al cual se han invitado a participar investigadores de las Universidades Surcolombiana (Usco), del Tolima, Tecnológica de Pereira, Industrial de Santander (UIS), del Norte y Atlántico, se aborda el problema de los orígenes y posterior evolución de las poblaciones indígenas que ocuparon el Bajo, Medio y Alto Magdalena.

Para ello, según detalla el profesor Rodríguez, se están revisando los documentos históricos plasmados en las crónicas, visitas y relaciones geográficas de los siglos XVI-XVII, y además se ha sistematizado y analizado –mediante una metodología integral y multivariada– toda la información existente sobre las prácticas funerarias y condiciones de salud de las tres grandes regiones, que contemplan más de 1.500 entierros.
 

De los restos óseos y dentales se extraerá ADN para análisis genéticos y se tomarán radiografías para estudios paleopatológicos y de morbilidad bucodental, además de todas las mediciones morfométricas. En lo relacionado con genética se ha suscrito un convenio internacional con el Centro de Geogenética de la Fundación Lundbeck, de Dinamarca, menciona el docente de la UNAL.
 

Lo que queda de selva


Los márgenes de los 1.538 km del río Magdalena, que antes estuvieron cubiertos de selva húmeda tropical, hoy se limitan a un pequeño reducto en la región del Carare. Su curso, que constituyó la principal vía de comunicación entre el exterior marítimo y el interior andino, era navegable prácticamente hasta Girardot.
 

Según los ecosistemas que abarca, el río se divide en tres tramos: el Alto Magdalena, que comprende desde su nacimiento –en el páramo de las Papas y la laguna del Buey– hasta el salto de Honda; el Magdalena Medio, hasta las bocas del río Carare, y de allí hasta su desembocadura se denomina Bajo Magdalena, según el IGAC (1989).

El desarrollo cultural del Bajo Magdalena se inició varios miles de años atrás con cazadores recolectores de finales del Pleistoceno (hace más de 10.000 años) que arribaron procedentes del Istmo de Panamá por el Caribe, y en el periodo Formativo (4000-2000 AP) se elaboraría la cerámica más antigua de América, dando inicios a los primeros pasos para el desarrollo de la horticultura de tubérculos, la sedentarización de la población y la conformación de aldeas.
 

El desarrollo cultural en el Alto Magdalena tendría un estilo particular que se plasmó en obras monumentales de montículos funerarios acompañados de estatuaria, sarcófagos líticos y templetes construidos por los ancestros de los indígenas mulale, en lo que se conoce como la cultura arqueológica de San Agustín.
 

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Pasado y presente


Los resultados de este proyecto interinstitucional e interdisciplinario –que involucra estudios de antropología, genética, historia, medicina, odontología y paleoecología– se publicarán en un documento que se presentará en el marco del seminario “Pasado y presente del Río Grande de la Magdalena”, coordinado por el Departamento de Antropología de la UNAL con participación de todos los investigadores.
 

De esta manera, se recuperará el papel estelar del río, el cual “cambió radicalmente en los últimos 50 o 60 años, con el desarrollo del transporte terrestre y el aéreo y, hecho aún más reciente, con la adopción de los sistemas modernos de comunicación”, según lo reseña CorMagdalena.

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