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¿Qué tan falsos son los falsos positivos?

En su investigación, Alston entrevistó a testigos y sobrevivientes que describieron matanzas muy similares en Antioquia, Arauca, Valle del Cauca, Casanare, Cesar, Córdoba, Huila, Meta, Norte de Santander, Putumayo, Santander, Sucre y Vichada.

Aunque se utilizaron varios métodos para asesinar a los jóvenes que pasaron por guerrilleros muertos en combate, el más socorrido fue el siguiente: un “enganchador” –civil o militar– ubicaba muchachos desempleados, fáciles de ilusionar, desesperados por ganar algún dinero, por trabajar, y les ofrecía la oportunidad de conseguir unos pesos laborando en el campo: “escogíamos a los más chirretes, a los que estuvieran vagando por la calle y dispuestos a irse a otras regiones a ganar plata en trabajos raros”, declaró un testigo protegido que confesó haberle entregado más de 30 jóvenes a los militares (El País, 26 de marzo de 2014).

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Cuando ya se hallaban lejos de su ciudad de origen, los detenían camino al “trabajo” y se los entregaban a los militares, quienes los llevaban a parajes deshabitados, donde los obligaban a vestir uniformes de algún grupo guerrillero y luego los asesinaban a mansalva. Una vez realizado el crimen se procedía a montar la escena de los “combates”, escena ficticia construida con cierta meticulosidad, de manera que guardara la apariencia de una confrontación armada.

Se trataba de la construcción de una escena que en principio solo tenía una consistencia imaginaria, de pura fantasía, pues el combate nunca existió; algo que podría pasar por una grotesca representación teatral si no fuera por el hecho de que en el corazón de esa escenificación se incrustó lo más real y macabro: los cadáveres de jóvenes inocentes, asesinados con el único fin de dar el codiciado brillo real que exigía este montaje.

¿Qué habrán sentido estos jóvenes al verse sorprendidos por la súbita e inexplicable ruptura de sus planes y de su ruta? De repente ya no eran trabajadores sino detenidos, secuestrados sin razón alguna por los cuerpos armados del Estado, representantes de la ley y garantes del orden y la justicia. Pero en vez de protegerlos, los obligaban –sin escatimar el uso de la fuerza– a cambiar de ropas. ¿Qué se habrán preguntado en estos momentos, cuál habrá sido su desazón, cuál su angustia? “¿Qué me quiere el Otro?”. [1]

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En en su seminario sobre La angustia, el psicoanalista francés Jacques Lacan le pide a su auditorio que imagine que a él lo han encerrado en una habitación con el más terrible depredador del reino animal, una mantis religiosa, solo que la de este relato no tiene la talla habitual del insecto, sino tres metros. Aunque de por sí la situación genera mucho miedo, la angustia es otra cosa, va más allá; esta comenzaría si antes de ponerlo frente al predador lo hubieran obligado a portar un disfraz, sin permitirle verlo, de modo que no sabría qué objeto era él para el Otro, Otro representado acá en la radical otredad de este insecto gigante y en su voraz apetito.

En esta circunstancia Lacan no sabría si tenía la apariencia de una de las presas preferidas de la mantis o acaso la del macho de sus apareamientos, frecuentemente devorado por ella en la cópula. “La angustia surge ante el deseo del Otro cuando no sabemos qué objeto somos para este”, asegura Lacan en su seminario.


[1] Lacan, J. (2006). El seminario de Jacques Lacan. Libro 10. La angustia (p. 14). Buenos Aires: Paidós.

De vuelta a los falsos positivos, todo permite suponer que en esos momentos fueron sometidos a la más profunda, inefable y siniestra angustia, reducidos como estaban a ese Otro, representado en sus captores, sin saber a ciencia cierta qué objeto eran para él, ni cuál era el deseo que con ellos este quería satisfacer. “La angustia nos posee por completo cuando somos absolutamente destituidos de nuestra condición de sujeto, al quedar reducidos a un mero objeto de goce del Otro”, como propone la psicoanalista Colette Soler en el capítulo “Clínica de la destitución subjetiva” de su obra ¿Qué se espera del psicoanálisis y del psicoanalista?

Evocar acá el deseo es pertinente pues, como se mencionó, se trató de la construcción de una escena ficticia. La fantasía es el espacio en que imaginamos que realizamos nuestros deseos, pero si en esa escena introducimos un objeto, ya no imaginario, sino totalmente real, el del crimen para este caso, quedamos ante la angustia, el goce, lo siniestro[2] y nosotros mismos somos objetivados. Fue ese el nefasto truco de estos crímenes. Para tratar de representar de la manera más convincente la escena de las supuestas confrontaciones, algunos oficiales recurrieron incluso a la asesoría de funcionarios del cuerpo técnico de investigación, quienes instruían a los soldados sobre la manera como debían disponerse los cuerpos, las armas, los uniformes o tomarse las fotos.

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Acá es necesario plantear algunas preguntas: ¿de quién era la fantasía que buscaban hacer real con esta tenebrosa pantomima? ¿Los ejecutores de estos crímenes pretendían solo satisfacer su deseo, el deseo del Otro (representado en la institución militar, la voz de la comandancia) o ambos?

¿Qué ha ocurrido con estos grupos de militares para que lleguen al extremo de asesinar a mansalva a otro, a alguien que no representa ninguna amenaza, que está en una franca situación de indefensión y vulnerabilidad, que no es un enemigo, ni siquiera un contradictor?

A pesar de que estaba oficialmente tasada una “recompensa específica” para cada tipo de bajas, es claro que no se trataba simplemente de obtener una bonificación personal. Más allá de eso, lo que estaba en juego acá era satisfacer el deseo voraz del Otro insaciable, que lejos de aceptar capturas reclamaba cadáveres. Como se conoció en la “versión” del coronel Gabriel de Jesús Rincón Amado ante la JEP: “aquí lo que exigían era muertos en combate y como lo manifestaba en sus programas el comandante del ejército, eran «litros de sangre, tanques de sangre, a mí no me importan nada de capturas, a mí me tienen que dar es muertos en combate», y los muertos en combate era a como diera lugar”.

Pero la satisfacción de ese deseo no se procuró sin la participación de un sólido engranaje, sin la instauración de lo que el psicoanálisis llama un “discurso”, que no es otra cosa que una forma particular de lazo social en la institución y más allá de ella. Para el caso de los falsos positivos este contó, según quedó consignado en el libro Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002-2010: Obediencia ciega en campos de batalla ficticios:

no solamente con el apoyo de unidades operativas, sino también de unidades no combatientes como el batallón de ingenieros o grupos de operaciones psicológicas, además de áreas administrativas como se evidencia en la asesoría brindada por algunos integrantes de la justicia penal militar quienes asesoraban a los soldados en el lugar de los hechos y en sus despachos para eludir la acción de la justicia.

Para los autores del libro, Omar Rojas y Fabián Benavides, estos falsos positivos tuvieron un antes, un durante y un después, y en muchos casos contaron con “el apoyo de altos mandos militares además de funcionarios civiles al servicio del Estado como magistrados, jueces, funcionarios del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía General de la Nación, funcionarios de Medicina Legal, exparamilitares y líderes políticos, entre otros”.


[2] Lacan, J. Ibíd, p. 52.

Más allá de este engranaje, se puede inferir que este discurso, que tenía a la cabeza el body count, o cuenta de cadáveres como criterio rector, exigió de sus ejecutores el sacrificio de su condición de sujetos, la obediencia tan ciega como fuera necesaria para quedar reducidos a mero instrumento que hace gozar al Otro, entregándole los cadáveres que lo colman, que llenan su falta, que completan su cuenta. El horrendo éxito de este dispositivo nos permite preguntarnos qué tan falsos en realidad fueron esos positivos, cuando ellos aportaron el plus que hacía gozar al Otro.

Los falsos positivos han introducido un dramático giro en la historia económica y social de Colombia, en la que por años ha dominado una economía extractiva; esta cita recoge la mirada desde el psicoanálisis: «antes sabía que venían por lo que tenía: por el oro, las esmeraldas, el caucho, el banano, la coca, la tierra[3]... Ahora no vienen por lo que tengo… vienen por lo que soy, vienen por el ser».


[3] Figueroa, M. (2001). Carta al coronel que no tiene quien le escriba: Entre el diario y las cuentas del Otro. Desde el Jardín de Freud. no. 1 Universidad Nacional de Colombia.

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