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Pescadores artesanales, guardianes de la riqueza marina

Al margen de las pocas ganancias que perciben en su oficio tradicional, los pescadores del Pacífico viven conformes con su trabajo, y la mayoría de ellos se ciñen a las normas establecidas en la ZEPA.
 

Su investigación para la Maestría en Biología llevó a Darlin Patricia Botto Barrios –bióloga de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)– a encontrarse en la zona norte del Pacífico colombiano (Chocó) con la realidad de los pescadores artesanales, quienes día a día inician largas faenas (jornadas extensas de pesca) en sus canoas de madera o a bordo de pequeñas embarcaciones que se mueven por el mar con un motor diésel.
 

En tres oportunidades se trasladó hasta Bahía Solano, una de las localidades donde se concentra el mayor número de pescadores –junto con Juradó y El Valle–, para hablar con ellos, como parte de su trabajo, cuyo objetivo era determinar qué tan efectiva es la ZEPA como medida de ordenación pesquera para controlar la sobreexplotación del recurso, que viene acabando con esta importante riqueza natural en las costas de Colombia y de la mayoría de países del planeta.
 

En el Pacífico encontró que un día de trabajo de los pescadores está lleno de incertidumbres. “En muchas ocasiones salen antes de que brille el sol con el equipo de pesca que han preparado desde el día anterior y con hielo para conservar el fruto de su trabajo, sin tener certeza de si se enfrentarán a un inclemente sol o a un intenso aguacero, propios de esta región”, comenta la investigadora Botto, quien transporta su mente al área de estudio.
 

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Es el mismo pescador que día a día se ve frente al desafío de zarpar, muchas veces sin condiciones mínimas de seguridad, a trabajar en ocasiones durante varios días en los cuales recorren las costas en busca de caladeros (zonas donde abunda la pesca) que los lleva lejos de sus viviendas y los obliga a pasar la noche en cualquier playa o en sus pequeñas embarcaciones.
 

Además de estas condiciones propias de su trabajo, los pescadores artesanales se enfrentan a la inseguridad por las disputas del territorio y al narcotráfico que azota esta zona del país, pero no se rinden.
 

Desde sus viviendas y armados de sus líneas, espineles y arpones, han ido tejiendo toda una red de esfuerzos para no agotar su mayor riqueza: la pesca en un territorio en el que abundan el atún, los camarones de aguas profundas y superficiales, además de la “pesca blanca”, de la cual forman parte especies como pargos, meros, merluzas y chernas.
 

Todas ellas son especies que se han visto amenazadas por la pesca indiscriminada, los efectos del cambio climático (fenómenos de El Niño y La Niña) y la superación de los niveles sostenibles de aprovechamiento de algunas especies.
 

Parte de esta problemática llevó a las comunidades a proponer hace varios años la creación de la ZEPA, proyecto en el que el Gobierno los ha acompañado y hoy los hace protagonistas de un modelo de cogestión para proteger los recursos pesqueros y la pesca artesanal, la cual les brinda los recursos básicos para sobrevivir en esta apartada –y la mayoría de las veces abandonada– zona del país.
 

Más control y vigilancia


“La ZEPA surgió en 1998 a raíz de un proceso colectivo, a partir de la denuncia de conflictos entre la flota pesquera industrial y artesanal. Los barcos industriales de redes de cerco y de arrastre camaronero realizaban sus faenas en áreas donde normalmente pescaban los artesanales, afectando la disponibilidad del recurso; incluso los primeros dañaban los espineles empleados por los pescadores artesanales, lo cual significaba pérdidas económicas que se repetían una y otra vez sin que nadie respondiera por ello”, documenta el estudio.
 

En ese aspecto, la bióloga Botto considera que “lastimosamente, hacen falta mecanismos de control y vigilancia, no solo en la ZEPA sino en todo el país para garantizar el cumplimiento de las medidas de ordenación pesquera”.
 

Teniendo en cuenta que la implementación de la ZEPA prohíbe la pesca industrial y las redes de enmalle, en el estudio realizado se determinaron índices como la captura por unidad de esfuerzo, rendimiento y esfuerzo máximo sostenible, y análisis de tallas de las especies de importancia comercial la zona norte del Pacífico colombiano.
 

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La captura por unidad de esfuerzo es la cantidad –medida en peso– de los peces obtenidos por un palangre o trasmallo en una faena de un día; el rendimiento alude al volumen o número de individuos que se pueden aprovechar en una pesquería sin afectar la capacidad de recuperarse; el esfuerzo se mide por días de faena. Todos estos indicadores tienen un límite que no se debe sobrepasar para garantizar una pesca sostenible.
 

Hasta donde ha cumplido con su objetivo este modelo de gestión de recursos de libre acceso fue una de las preguntas a las que la investigadora Botto respondió, a partir de la información cualitativa de cuatro grupos focales con la participación de 27 pescadores y 15 entrevistas con preguntas abiertas y cerradas a investigadores, con el fin de evaluar el estado de los ocho principios propuestos por la economista Elinor Ostrom, para una exitosa cogestión de los recursos pesqueros en la ZEPA.
 

ZEPA, una victoria propia


Para evaluar la producción pesquera artesanal registrada en la ZEPA entre 2011 y 2017, se analizó la información registrada para las artes de línea de mano, palangre y redes. La información de desembarco y unidades económicas de pesca se obtuvo de datos tomados por organizaciones gubernamentales –como la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP)– y no gubernamentales –como la fundación MarViva–, en nueve sitios de la costa de la ZEPA, en donde se desembarcan los productos pesqueros capturados en 42 zonas.
 

Al respecto, la investigadora recuerda que las cuotas de captura son establecidas por la AUNAP, a partir de estudios biológicos pesqueros de los recursos aprovechables. Para algunos recursos que tienen algún grado de riesgo, la entidad designa anualmente una cuota máxima de pesca.
 

Los pescadores son conscientes de lo que se debe hacer o no para aprovechar de forma sostenible estos recursos –vitales para su economía familiar– a partir del stock disponible y de las tallas permitidas, de ahí que son los principales promotores de la ZEPA.
 

“Para ellos este modelo representa una victoria propia, de los derechos de una comunidad afro con sus costumbres ancestrales, se sienten como actores claves y protagonistas de la ordenación pesquera de su territorio”, sostiene la investigadora.
 

Con su estudio, dirigido por la profesora Adriana Santos, directora de la UNAL Sede Caribe, y por la investigadora Lina Saavedra, docente de la Universidad del Magdalena, la bióloga Botton evidenció la disposición de los pescadores para avanzar hacia una gestión colectiva de los recursos, y además de la urgencia de fortalecer el monitoreo de los recursos y de las reglas, y la necesidad de consensuar sanciones para los infractores.

Así mismo dejó sembrada la inquietud de fortalecer esta figura de ordenación pesquera y mostró la cotidianidad de estos pescadores afrodescendientes del Chocó, quienes equipados con sus líneas, espineles o calabrotes, como llaman popularmente a este aparejo del que cuelgan varios anzuelos, son los primeros actores de esta cadena de mercado, pero los últimos en la escala de utilidades.

“En general los pescadores no cuentan con los medios suficientes para vender su producción fuera del lugar donde desembarcan, por lo que la comercialización la hace especialmente una red de intermediarios locales que operan a diferentes escalas según el capital de trabajo y las conexiones comerciales con las que cuentan”, advierte la investigadora.
 

Al margen de las pocas ganancias que perciben en su oficio tradicional, los pescadores del Pacífico viven conformes con su trabajo, y la mayoría de ellos se ciñen a las normas establecidas en la ZEPA, pues por medio de esta figura se han convertido e en sus más eficientes guardianes de la riqueza marina.

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