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Miedo al caos, seguridad por libertad

Tal como lo menciona el sociólogo estadounidense David Altheide, profesor emérito de regentes en la Escuela de Justicia e Investigación Social de la Universidad Estatal de Arizona (Estados Unidos), “la comunicación omnipresente generada por cámaras de vigilancia constantes, tanto públicas como privadas, a cuyas grabaciones tienen libre acceso los medios de comunicación –los cuales generan espacios de entretenimiento enfermizo que dan origen a una conciencia simbólica popular donde el peligro y el riesgo son una característica central de la vida cotidiana– hacen que la difusión de las escenas de los crímenes, las víctimas y los acusados se asimilen como una forma normal de comunicación.
 

La realidad virtualmente construida para Colombia se proyecta en un escenario de incertidumbre prolongada sobre la inseguridad que en apariencia no tiene una solución integral salvo la vigilancia, el despliegue de la fuerza pública, y, dentro de una sociedad fuertemente individualizada, que cada persona asuma la plena responsabilidad de su seguridad.
 

Sobre este escenario se presentan los actores: el primero es el de la víctima, una nueva representación social que ha sido explotada por fuerzas ambivalentes tanto para borrar identidades como para recobrarlas y hacerlas visibles; sin embargo, la víctima es el protagonista instrumentalizado del discurso del miedo, es la intimidad no deseada, desde la estrella de la farándula atracada en un sector seguro y visible, hasta el anónimo registrado por cámaras de vigilancia inertes.
 

Puedes escuchar: Inseguridad urbana: ¿qué está pasando?.


Esto lleva al siguiente actor: los testigos, que son en mayor número las cámaras de vigilancia ubicadas en sitios estratégicos y a cuyas grabaciones acceden con gran facilidad los medios de comunicación o son difundidas a través de las redes sociales; las noticias sobre inseguridad requieren poco análisis o trabajo de edición, son evidentes, rápidas y de bajo costo.


Dicha situación hace indudable que el crimen y la inseguridad se adaptan bien a las limitaciones de programación, ética y estética de la televisión local y las mencionadas redes sociales; es así como el delito tiene múltiples testigos mudos en el ámbito público ante la certeza, e impotentes ante el miedo que les obliga a confiar en un poder superior que gobierne y disminuya el temor.


Por esto, el siguiente actor es el defensor: la autoridad que se despliega a través del espacio prohibido donde habita el otro. La percepción de seguridad aumenta en igual proporción que el número de individuos armados y uniformados que recorren espacios vacíos y cuya coerción y violencia reposan sobre las leyes y la educación moral, pero no en la confianza de la comunidad pues el temor también es a ser confundido con el criminal, tener que defender la inocencia frente a las armas letales del poder.


Bajo este contexto, el despliegue de fuerza forma parte de ese sacrificio de las libertades que mencionara el neurólogo austríaco y padre del psicoanálisis Sigmund Freud, máxime en Colombia, donde las fuerzas armadas constitucionales han cometido tantos crímenes como los grupos “al margen de la ley”.


Según la investigación publicada por el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) en su revista Noche y Niebla n°. 63, en 2021 la Policía Nacional de Colombia fue el mayor vulnerador de derechos humanos en el país, por encima de los grupos armados ilegales que operan en varias regiones del territorio.

Aquí entra al escenario el victimario, generalmente un ser estereotipado que carece de individualidad pues actúa en un grupo con particularidades específicas de lenguaje, vestimentas, acentos, fácilmente determinada por los medios a través de eufemismos como los “motoladrones” por su medio de transporte, que para el caso de Colombia y según cifras del Registro Único Nacional de Tránsito (RUNT) se remite a más del 59 % de los vehículos automotores, y al que por su costo y versatilidad tienen acceso los sectores populares; o el “cosquilleo”, que se refiere a una técnica donde el victimario sustrae elementos de valor sin que la víctima sea advertida, por eso los medios de transporte masivo les sugieren a sus usuarios ser responsables de sus pertenencias, o atenerse a las consecuencias.
 

Puedes leer: Flexibilización de porte de armas: más negocio que seguridad.
 

Por último, encontramos al espectador inocente, el que no desea convertirse en víctima y toma todas las medidas posibles para evitarlo, difunde los videos de acciones criminales, sugiere rutas y espacios seguros y veta a otros que considera peligrosos, explica su miedo y trata de compartirlo en su círculo familiar y laboral, detesta al extraño y determina el riesgo de una sociedad, acepta las relaciones de dominio y la coerción ejercida por la autoridad. 
 

Existe una realidad sobre el incremento de la inseguridad en Colombia reflejada en los datos suministrados por la Encuesta de Convivencia y Seguridad Ciudadana 2020, realizada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la cual muestra que para 2019 el 39,5 % de las personas en Colombia se sentían inseguras; sin embargo, para septiembre de 2021 la cifra ha escalado al 96 % de las personas encuestadas, en este caso por la empresa de investigación y asesoría de mercados Invamer.
 

A pesar de estas cifras concluyentes es evidente que el discurso del miedo tiene consecuencias importantes para la política social, pues se genera una percepción pública de los problemas sociales que entrega a los organismos de vigilancia las decisiones sobre la seguridad con un grupo de ciudadanos cada vez más armados dentro de lugares amurallados, conformes con un encierro voluntario seguro, o la pretensión de seguridad contra riesgos amorfos.
 

El sociólogo escocés David Lyon, en su trabajo realizado con Zygmunt Bauman (sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico), menciona que existe el autocontrol para poder hacer del miedo algo soportable, así la realidad creada en este condicionamiento propio envuelve virtualmente la vida cotidiana donde se debe formar parte del grupo de personas inocentes que confían y dependen de la eficacia de los sistemas y los organismos de vigilancia, alejarse de los otros y sacrificar las dinámicas en el espacio público, pues las fuentes del miedo se ubican en el afuera en las experiencias íntimas y existenciales que según Sigmund Freud harían parte de una libertad inhibida a costa de una parcial “sensación de seguridad”.

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