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Marengo, laboratorio a cielo abierto

Todos los días, muy a las siete de la mañana, un bus de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) sale del campus con diferentes grupos de estudiantes para llevarlos a la que se podría considerar como el aula a cielo abierto más grande de la Institución en la Sabana de Bogotá.
 

En una extensión de 97 hectáreas, distribuidas en 17 lotes, está el Centro Agropecuario Marengo (cam) donde la naturaleza se encarga de afianzar lo aprendido en las aulas: un clavel marchito, una planta de uchuva que florece, el destete de una cría de cerdos, un galpón de codornices que ponen huevos enriquecidos con omega 3, el primer ordeño de 80 vacas –desde las 4:30 de la mañana–, el rescate de un ovejo que salta la cerca para montar a las hembras en celo, y el humo que aplica María Alejandra López, estudiante de décimo semestre, en los panales de abejas para engañarlas y evitar que piquen a los visitantes. Son todas clases que los estudiantes sortean en sus actividades en esta granja experimental.
 

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En este gigantesco laboratorio natural, ubicado a 14 km del centro de Bogotá en la vía que conduce a Mosquera, no hay que esperar al profesor sino actuar según lo aprendido: hacer riegos en los invernaderos en la cantidad y forma requeridas; aplicar biocontroladores para espantar los insectos de las flores; atender el parto de 8 y hasta 10 chanchitos de una cerda, así este se precipite a la una de la madrugada; perseguir al ovejo y encerrarlo en su corral para evitar una preñez no programada; ordeñar siguiendo los protocolos sanitarios adecuados; manejar las plagas que atacan los cultivos y seguir engañando a las abejas para avanzar en un proyecto que propicia la producción de reinas.
 

Es el trabajo de campo que fortalece la formación de los futuros zootecnistas, ingenieros agrónomos, médicos veterinarios o ingenieros agrícolas, entre otros profesionales, quienes cuentan con un lugar de residencia y dos aulas donde los profesores les dan instrucciones y monitorean su trabajo.
 

El hato lechero con que cuenta hoy la UNAL surte más de 1.000 litros diarios a la compañía Alpina, lo que muestra la calidad del producto que obtienen los estudiantes.


Cada semestre llegan a Marengo unos 25.000 estudiantes; algunos se instalan hasta por tres meses para completar el proceso que implica la experimentación de nuevas dietas para gallinas –ya sea las de patio, de piso o de jaula–, el ordeño y la alimentación de las vacas, el seguimiento a un cultivo orgánico de hortalizas o la producción de espárragos. Todo esto hace que el CAM apoye la formación de profesionales del área agrícola que tienen alta acogida en el sector. Allí se les ve en el día vestidos de overol, con gorra o sombrero y botas pantaneras, caminando o en bicicleta.
 

Aunque la mayoría son estudiantes de la UNAL, también llegan de otras universidades, como Isabella Díaz, zootecnista de La Salle, o Adriana Jiménez, de la Universidad Francisco de Paula Santander (Norte de Santander), quien está desarrollando una estrategia alimenticia para mejorar la condición corporal de los ovejos y la ciclicidad estral o de celo en busca de una preñez más eficiente, por lo que valoran la experiencia en Marengo: “siempre aprendemos algo nuevo”, destaca Isabella. Todos los días marcan las ovejas que no han sido montadas para tener un control sobre la condición reproductiva de las “gordis”, como las llama cariñosamente Adriana. Después dedican unos minutos a alimentar con biberón a una cría de ovejos.

A clases, de día o de noche


En Marengo la intensidad de las clases no se cuenta por horas, porque en cualquier momento, así sea de madrugada, hay que entrar en acción. Es lo que le ha ocurrido más de una vez a Nelson Sarmiento, un dedicado zootecnista que cuida cerca de 500 cerdos y produce lechones para la venta.
 

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“Al comienzo fue muy duro, las madrugadas, los partos difíciles, la muerte de un lechoncito o de una cerda, esto afecta mucho”, dice mientras presenta su cronograma de trabajo, el cual incluye mostrar la tecnificación y los protocolos que aplican para mantener una granja competitiva en la que todos los días se buscan nuevas alternativas de alimentación y de levante de las crías. Es lo que Yony Fajardo, el coordinador agrícola, llama “el día a día del agricultor”, en el que no falta la varada de un tractor, una enfermedad, un apagón o un corte inesperado de agua.
 

Como conocedor del predio palmo a palmo, Yony se encarga de mostrarles a los visitantes los frentes de estudio y producción, primero en la maqueta, donde se aprecia la forma alargada del terreno y las tierras colindantes (el centro Tibaitatá del ICA y el SENA de Mosquera), y luego en un recorrido presencial. Yony ama su trabajo, que va desde revisar la disponibilidad de agua para los animales y los cultivos hasta decidir sobre cortar un árbol que genera riesgos para las redes eléctricas y para las personas.


Su sueño es ver realizado el Biocampus, que contempla un proyecto trazado por la Vicerrectoría de Sede desde 2016 y que avisora esta granja como un gran centro experimental, de investigación y desarrollo tecnológico, de la universidad pública más reconocida del país.

En ese sentido, el profesor Augusto Ramírez Godoy, director del Centro, menciona algunas de las obras en ejecución: la ampliación de la residencia para los estudiantes, que será entregada en 2020; la renovación de la planta de tratamiento de agua y de las baterías sanitarias; y, en un futuro, la renovación del restaurante y la cafetería. Además prevé el montaje de un laboratorio bioclimático, en el que se replican y evalúan diferentes climas para diferentes cultivos, cuyo proyecto fue presentado a Colciencias.
 

Ello se ha logrado con aportes que suman 2.210 millones de pesos, pero la gran apuesta es el proyecto integral, que permita “fortalecer la investigación científica de frontera y apalancar decididamente la transferencia de conocimiento, buscando mejorar el crecimiento del sector agropecuario como aporte sustancial al desarrollo territorial y la construcción de paz”.
 

Jaime Cárdenas, coordinador pecuario, es otro enamorado de la misión que cumple Marengo como herramienta de estudio y de producción. Destaca con orgullo que el hato lechero con que cuenta hoy la unal surte más de 1.000 litros diarios a la compañía Alpina, lo que muestra la calidad del producto que obtienen los estudiantes en dos turnos: uno hacia las 4:30 de la mañana y otro a la 1:30 de la tarde, cuando ingresan al área de ordeño mecanizado.
 

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Esta sección también tiene un tanque refrigerador de leche al cual se le adaptó un sistema de eficiencia energética para aprovechar el calor que produce y generar la energía requerida para calentar el agua con la que se lava el equipo de ordeño.
 

Uno de los retos a los que se enfrentan los encargados de este hato es la producción requerida de forrajes, para asegurar el crecimiento adecuado de los terneros y la producción lechera de las vacas. En la actualidad la granja cuenta con alrededor de 40 hectáreas de pasto kikuyo, que resultan pocas para suplir la alimentación de las reses.

La enseñanza con el ganado no se reduce a la producción lechera, sino que también se trabaja en inseminación artificial con el propósito de alcanzar cada vez mejores ejemplares, en otro proceso de aprendizaje para los futuros zootecnistas.
 

En cuanto al ganado ovino, se espera ampliar la producción actual, que es de 296 ejemplares distribuidos en 44 potreros en un área de 24 hectáreas, y sobre todo mostrar las cualidades de sabor y terneza de esta carne. “No es lo mismo la carne de un cordero de 8 o más años, que es la que suelen vender en los asaderos que se encuentran en ciertas vías, que la de uno de 9 meses”, asegura Isabella, una de las estudiantes que trabaja en estos procesos productivos.
 

En Marengo cada dos meses se sacrifican alrededor de 20 corderos, cuya carne se empaca al vacío y se vende en la tienda del CAM ubicada en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos (icta), en la UNAL Sede Bogotá.


La proyección en este campo es sacrificar un promedio de 200 ovejos al año, comenta Walter Gutiérrez, zootecnista de la UNAL asignado como coordinador técnico y administrativo del Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico y Extensión Ovino (CIDTEO), el cual cuenta con uno de los laboratorios computarizados para análisis de semen más moderno del país: el ivos ii-Ca-za, en el cual se apoyan los estudiantes de maestrías y doctorados para llevar a cabo sus investigaciones.
 

Diversidad agraria


Dentro de la producción pecuaria también sobresale la cría de gallinas y codornices, que además de la producción de huevos permite una amplia línea de investigación dirigida por la profesora Liliana Lucía Betancourt, quien una vez a la semana se dirige al Centro junto con sus estudiantes para avanzar en aprendizaje y proyectos de investigación.

En la tienda del CAM, además de la carne de cordero, se aprecia buena parte de su producción: huevos de gallina y de codorniz, astromelias y claveles, espárragos, acelgas, mazorcas, cebolla, coles... toda una huerta cultivada por los estudiantes, profesores y el equipo de personas a cargo de esta aula, desde donde ingenieros eléctricos y agrícolas también trabajan en la instalación de paneles solares, de sistemas de riego y de invernaderos de alta tecnología.


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En la actualidad Marengo tiene alianzas con otras universidades del país y del exterior y con entidades como Agrosavia y la Gobernación de Cundinamarca; así mismo se han adelantado investigaciones con organizaciones como Fedepapa, Asocolflores, Asohofrucol y la Asociación de Productores de Ganado Ovino.
 

Para funcionarios como Jaime Cárdenas, lo ideal sería que Marengo se constituyera en un Instituto de la unal, de manera que tenga mayor autonomía en el manejo de sus recursos y se le abran posibilidades de realizar alianzas directas con organizaciones investigativas, universidades y empresas, lo que lo fortalecería más como laboratorio de análisis y producción agropecuaria.

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