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Manglares de la Ciénaga Grande de Santa Marta retienen carbono a pesar de su deterioro

El carbono es uno de los elementos más importantes para la vida. Es versátil, está en constante movimiento y es la base de la química orgánica; cuando se habla de aceites y gasolinas, vuelve a ser protagonista, al ser el componente principal de los hidrocarburos. Como dióxido de carbono es alimento para las plantas en la fotosíntesis y para conocer cuál es la edad aproximada que tienen los restos de algún animal prehistórico encontrado, se hacen pruebas de carbono 14.

En diversos ecosistemas del mundo el carbono se retiene por medio de un proceso llamado “secuestro de carbono”, como se da en los bosques húmedos conocidos como manglares. En estos imponentes ecosistemas de vegetación costera, las hojas de los árboles, las raíces, los troncos y el suelo trabajan diariamente para absorber y almacenar la mayor cantidad de este elemento. Cuando el carbono es atrapado por estos bosques y otros tipos de vegetación marino-costeros, se denomina “carbono azul”, diferenciándolo del almacenado en los bosques y la vegetación terrestre, que es el “carbono verde”.
 

Esto hace que los manglares sean de gran importancia para mitigar el calentamiento global, pues pueden llegar a almacenar el carbono hasta cinco veces más que otros bosques tropicales, y hasta por miles de años.
 

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En Colombia está “la matrona” de estos hábitats: la Ciénaga Grande de Santa Marta, uno de los ecosistemas más importantes de su género, que fue el antiguo delta del río Magdalena y durante mucho tiempo una importante despensa de productos pesqueros del país. Allí se encuentra el mayor parche de manglar sobre la costa Caribe de Colombia, el cual alberga dos áreas de Parques Nacionales Naturales (PNN): el Santuario de Fauna y Flora de la Ciénaga y el Vía Parque Isla de Salamanca.
 

La CGSM fue designada como humedal Ramsar, Reserva Internacional de Biósfera de la Unesco y Área de Importancia Internacional de Conservación de Aves (AICA).


La bióloga marina Laura Victoria Perdomo enfocó en este bosque húmedo su tesis doctoral en Ciencias – Biología-Marina, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe. Su trabajo –dirigido por el profesor José Ernesto Mancera Pineda– buscaba conocer la cantidad de carbono almacenado en el manglar, considerando tres compartimientos o depósitos: los árboles, las raíces y el suelo.


Uno de los hallazgos de su investigación es que a pesar de la historia de deterioro que presentan algunas zonas, el bosque todavía presta el servicio ambiental de captura de carbono. También se confirmó, como lo han reportado otros estudios, que el mayor depósito de carbono se encontró en el suelo (más del 58 % del ecosistema).


Pero el resultado más importante se asocia con la hipótesis que originó este estudio: que los sitios conservados –que no han sufrido mortalidad– presentarían mayores reservas de carbono.

El pavimento, un intruso mortal


A pesar de la importancia y los beneficios asociados con el lugar, este no ha sido ajeno a la huella del hombre. Hacia 1960, en el contexto de la Ciénaga como la zona bananera de Colombia, se construyó la Troncal del Caribe, una carretera que uniría a esta región con Barranquilla para sacar el banano más rápidamente que por lancha.


“Construyeron esa carretera, pero no tuvieron la precaución de dejar los pasos de agua entre la Ciénaga y el mar, sino que la carretera básicamente taponó unos pasos naturales de agua”, explica el profesor Mancera. Aunque esto originó la afectación más grande que se le ha causado a este ecosistema, no ha sido el único error: años después hicieron otra carretera paralela al río Magdalena, la cual también cortó otra entrada de agua.


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Esta última fue devastadora para el manglar, ubicado en una zona con déficit hídrico, es decir que lo que se evapora es más de lo que llueve, por lo cual sus entradas de agua son críticas. Esto, sumado al fenómeno de El Niño, generó que los suelos del manglar se llenaran de una salinidad que no pudieron soportar, causando que entre 1956 y 1995 se perdiera entre el 60 % y 70 % de las 56.000 hectáreas que tenía el bosque más grande de Colombia.
 

Con la mortandad del manglar se perdió la pesca, de la cual dependían siete poblaciones (más de 20.000 personas), se perjudicó la calidad del agua y muchas aves dejaron de migrar a la región.


Con el fin de frenar la mortandad y mejorar las condiciones ambientales y sociales de la zona, entre 1993 y 1998 se implementó el proyecto de rehabilitación Prociénaga, “después del cual se ha recuperado gran parte de la cobertura de manglares, pero en años secos, cuando se dan eventos de El Niño, nuevamente se pierden las áreas de bosque por el incremento en la salinidad del suelo”, cuenta la investigadora Perdomo.
 

Comparando el bosque húmedo


Para realizar los análisis se seleccionaron tres sitios: donde el manglar se ha conservado en buen estado, donde ocurrió mortandad en el bosque y se recuperó parcialmente después de Prociénaga, y donde el manglar murió y no han logrado recuperarse.


Durante dos años se implementaron diferentes metodologías para conocer el contenido de carbono en cada componente (árboles, raíces y suelo). Con los árboles, se delimitaron parcelas de 20 x 30 m, se tomaron medidas del diámetro de los árboles y se calculó la biomasa a partir de ecuaciones. Dicho valor se multiplicó por el porcentaje de carbono que contenía la madera de los manglares y se determinó la cantidad de carbono por hectárea almacenada en los árboles.

Para las raíces que crecen por encima del suelo, que son con las que respira el sistema radicular, se colocaron cuadrantes de 25x25 cm y se recolectaron todas las que crecieron dentro de estos. Las que crecen debajo del suelo se muestrearon enterrando hasta 1 metro de profundidad un nucleador construido de PVC. Las raíces se lavaron en el laboratorio, se secaron en un horno a 60 °C y se pesaron. Con estos datos y el contenido de carbono en el tejido de las raíces, se hizo el cálculo.
 

Finalmente, para recolectar las muestras de suelo, se usó un muestreador de sedimento, conocido como sonda rusa, que se enterró hasta 1 metro de profundidad. Estas fueron llevadas al laboratorio para determinar la cantidad de carbono en un analizador elemental.
 

Además: Río Magdalena, patrimonio de la humanidad.
 

Un riesgo latente


Según la investigadora Perdomo, “las áreas donde ocurrió mortalidad masiva del bosque han duplicado la cantidad de carbono en el suelo, incrementando a su vez su capacidad como emisores de carbono a la atmósfera, en caso de que  los suelos se drenen y queden expuestos”. 


“Si esto sucede en algún momento en que se dé un fenómeno de El Niño muy fuerte, habría un riesgo enorme de que empiecen a liberar el carbono retenido”, agrega el profesor Mancera.

En su concepto, planes de manejo como la reforestación no son tan fáciles de implementar como se quisiera, pues los canales de agua se deben mantener abiertos y trabajar con los habitantes de la región para que sean ellos quienes ayuden al sistema con su protección, y además ser muy cuidadosos con lo que se siembra.
 

El carbono encontrado en los diferentes sitios de la Ciénaga muestra que los manglares del área tienen gran potencial para ser incluidos en estrategias de pagos por servicios ambientales, con lo cual se aportaría a su conservación, además de ofrecer alternativas económicas a las comunidades que lo rodean.

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