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Los niños del Cementerio Central

En 1836 la apertura del Cementerio Central de Bogotá transformó las costumbres funerarias de las élites capitalinas, cuyas familias preferían ser enterradas en iglesias. Aunque fue lento aceptar la idea de un cementerio para “todos”, en medio de la creciente urbe, pronto se dio una jerarquización.
 

En el Globo A de esta necrópolis, catalogado como Patrimonio Cultural de la Nación, se enterraban en bóvedas o mausoleos a expresidentes, escritores o personalidades, y a los niños de las familias de la élite. En el Globo B, conocido como el “cementerio de los pobres”, las inhumaciones eran en el suelo, en fosas comunes o tumbas sencillas, reutilizadas y económicas, donde se enterraba al “cualquiera”.
 

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A mediados del siglo XX, con la inauguración de los parques cementerios en las afueras de la ciudad, el Cementerio Central se reconfiguró: aunque se conservaron los panteones y sepulcros monumentales, el Globo b se convirtió en depósito de basuras, escombros, desechos hospitalarios y hasta de restos de fetos, y fue quedando en el olvido.
 

Entrado el nuevo milenio, con las reformas arquitectónicas sobre el “área de los pobres” se construyeron el actual Centro de Memoria Paz y Reconciliación, las galerías y el Parque Renacimiento. Las obras implicaron la excavación arqueológica funeraria más grande de Suramérica; en ella se despojaron cráneos, huesos, esqueletos y restos de tejidos de personas que murieron sin tener un apellido de abolengo.
 

Estos restos permanecieron guardados hasta 2015, cuando la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) obtuvo la licitación para el análisis del material excavado. De los 7.103 esqueletos, la antropóloga Laura Tatiana Coy Carrera se interesó en los de 113 individuos, desde recién nacidos hasta adolescentes entre los 15 o 16 años. Su interés era comprender cómo vivía y de qué moría la infancia bogotana de finales del siglo XIX y comienzos del XX, información “que suele estar ausente de los registros históricos”, como señala la investigadora.
 

El pasado de la infancia bogotana
 

Para la investigación se identificaron e inventariaron los huesos de cada individuo, se hizo un registro fotográfico y posteriormente se desinfectaron; después se elaboró un perfil biológico de los esqueletos para definir edad, sexo, y, en algunos casos, estatura. Así, se hallaron más restos de hombres que de mujeres con características campesinas o indígenas (tendencias mongoloides, tipo de raza asiática).

Fracturas asociadas con una muerte accidental; caries extremas resultado de una dieta ausente de proteínas y una fuerte presencia de vegetales duros; anomalías relacionadas con anemia y desnutrición; y desgaste del esmalte dental, fueron características que permitieron concluir que la niñez bogotana vivía en la precariedad.
 

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La profesora Claudia Rojas Sepúlveda, de la Facultad de Ciencias Humanas y directora de la investigación de Laura Coy, señala que el estudio concluyó que esta población también sufrió episodios de estrés, probablemente asociados con el trabajo infantil. “En los dientes de los individuos se observó una línea divisoria relacionada con la patología oral conocida como hipoplasia de esmalte, que impide que el diente crezca, lo cual es considerado como un indicador de estrés”.
 

En el siglo XIX Bogotá avanzaba hacia la modernización, pero las guerras de Independencia y las posteriores guerras civiles lo impidieron: no hubo progreso en las vías y tampoco se contaba con un sistema de acueducto y alcantarillado, lo que generó que el agua y la leche que las personas consumían estuvieran contaminadas por desechos humanos y de animales.
 

De ahí que muchos de los restos infantiles analizados tuvieran vestigios de muerte por enfermedades gastrointestinales. Además el aumento demográfico que caracterizó los comienzos del siglo xx –como consecuencia del desplazamiento por la violencia– incrementó las condiciones de insalubridad, ya que a nacientes barrios como San Cristóbal no llegaban el acueducto ni los servicios públicos.
 

En estos sectores primaba el hacinamiento y no había un manejo de basuras, condiciones que facilitaron la proliferación de sarampión, tifo, roséola y viruela, epidemias que cobraron la vida de niños menores de un año, pues el deficiente sistema de salud de la época no priorizaba la vacunación de infantes.
 

Los niños pobres o huérfanos rondaban las calles trabajando como emboladores y voceadores de periódico; algunos fueron formados como mano de obra barata y enviados a batallones, a fincas para trabajar como jornaleros, e incluso a picar piedra para la construcción de carreteras.
 

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En ese entonces se estableció la mayoría de edad a los 14 años, momento en que las personas eran consideradas adultos menores con facultades para el trabajo. “El Libro de defunciones del Archivo Distrital de Bogotá de 1902 registra alguna profesión u oficios para niños entre los 8 y 14 años, y el estado civil; también se casaban a esa edad”, señala la magíster, quien en su estudio solo asoció una muerte con el infanticidio, es decir encontró evidencias de golpes.
 

El presente de la niñez
 

Investigaciones como la de la doctora Coy, una de las pocas realizadas en el país, permiten comprender la evolución de la idea de niñez, “por ejemplo, la edad en la que dejamos de ser considerados niños; antes, personas muy jóvenes, de 8 o 10 años, se enfrentaban a la vida adulta, algo que hoy es impensable”, afirma la profesora Rojas.
 

En 1977 Colombia estableció la mayoría de edad a los 18 años, y desde 1989 suscribió –con otros 195 países– la “Convención sobre los Derechos del Niño”. En esta se conformó el concepto de infancia, en el cual se establecen derechos como: identidad; salud; educación; intimidad; protección frente a la explotación sexual y el trabajo infantil; y el no involucramiento en conflictos armados.
 

Aunque el cumplimiento de dicho convenio ha sido foco de actuación para los Estados, en el caso colombiano todavía sus derechos siguen siendo vulnerados. Cifras del Departamento Nacional de Estadística (DANE) indican que en 2018 la tasa de mortalidad infantil en Bogotá fue de 8,8 por cada 1.000 nacidos, dato asociado con las condiciones de salud y socioeconómicas en las que vive la niñez, razón por la cual en las localidades de Usme, Santa Fe, Ciudad Bolívar, Barrios Unidos y San Cristóbal se presentan los índices más altos.
 

Ese mismo año, la tasa de desnutrición en menores de 5 años registró un aumento, al pasar del 17,1 % en 2017 al 17,6 % en 2018, y aunque no se registra como causa de muerte infantil, el hecho de que suceda en la capital del país sí representa un motivo de preocupación con respecto a la situación de esta población en el territorio. En relación con el trabajo infantil, las cifras oficiales muestran que en localidades como La Candelaria y San Cristóbal trabajan más de 76.000 niños.
 

Y con respecto al histórico fenómeno de violencia, un informe del Centro Memoria Paz y Reconciliación estima que 16.879 menores han formado parte del conflicto armado por reclutamiento, asesinato, desplazamiento y desaparición forzada.

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