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Liberar patentes sin transferencia tecnológica no pasará de ser una noticia más

Suponga que la fórmula de una famosa bebida gaseosa estuviera protegida por medio de una patente, y decidieron liberar al mundo su secreto por razones humanitarias. Ahora suponga que se encuentra en la mitad de una región con una necesidad desesperada por este producto, así que usted decide montar allí una planta de producción y comercialización de la bebida.


Sin embargo, el lugar tiene enormes limitaciones industriales, carreteras y puertos deficientes para obtener los insumos necesarios, una baja capacidad técnica para realizar procesos de transferencia de tecnología, burocracia de reuniones y leyes oscuras que lo llenan de miedo para tomar la decisión de preparar localmente la bebida gaseosa, y, para terminar, no va a encontrar inversionistas que le permitan construir la planta de fabricación de la bebida. Rápidamente usted llegaría a la conclusión de que es mejor importar la bebida, y de paso invertir en acciones de la compañía productora principal en el extranjero para garantizar que no sufrirá desabastecimiento.


Algo similar le pasa a la producción de vacunas para combatir el COVID-19: la liberación de las patentes es una gran noticia, pero sin la capacidad técnica, científica, logística y política para producir una vacuna localmente, nos veremos ante el penoso panorama de aceptar que es mejor importar que producir. Esa es una penosa realidad a la cual hemos sido condenados por la reticencia que durante décadas hemos tenido de invertir en ciencia y tecnología, junto con un proceso de industrialización de nuestro país.


Es verdad: tenemos una ley de spin-off para apoyar la creación de empresas basadas en conocimiento, pero eso no es suficiente si no tenemos una cultura de emprendimiento que vaya desde la formación, mentoría, relación con empresas ya existentes y recién formadas, inversionistas, cadenas de insumos, préstamos blandos, simplificación en los marcos regulatorios y esquemas de impuestos, seguridad jurídica y fiscal, hasta el elemento más importante de todos: mucha imaginación para crear y creer en un verdadero “ecosistema de innovación, emprendimiento y transferencia de tecnología y conocimiento”.
 

Si queremos tener un Silicon Valley, primero tenemos que escalar las montañas de nuestros propios prejuicios.


La transferencia de tecnología se hace de forma eficiente y pragmática, con un objetivo claro y con las alianzas bien definidas, algo que va en contra de nuestra obsesión de organizar reuniones infinitas para tomarnos la foto.


La liberación de una patente es solo un primer paso para el éxito del proceso de transferencia. Una patente no dice mucho acerca del producto final, pues en los laboratorios y en las plantas hay procesos celosamente guardados por las empresas, por lo cual hay que contratar a las mismas empresas para entender estos procesos, e invertir en plantas de producción con tecnologías y costos que en nuestro país atraen a los entes de control y alejan a los inversores.


Otro dolor de cabeza son los insumos, máxime en un país como Colombia, que aunque está en una zona geográfica privilegiada, posee serios problemas en su infraestructura de transporte, sus procesos de nacionalización y hasta la enorme desconfianza del mundo por ser uno de los países que más produce sustancias ilícitas, lo que hace que cualquier inversor lo piense muy bien antes de meterse en este proceso.


Una efectiva alianza entre la academia, la industria y el Gobierno sería deseable en procesos de transferencia. Sin embargo, dicha relación no es sencilla en ninguna parte del mundo; a modo de ejemplo, la alianza Oxford-AstraZeneca-Gobierno Británico para producir una de las vacunas contra el COVID-19 no fue un camino de rosas, y desnudó el conflicto del uso de recursos públicos para un interés global, en una empresa privada.


Paradójicamente, pese a este oscuro panorama del cual faltan muchos más factores por mencionar, la transferencia de conocimiento-tecnología es uno de esos retos que nuestro país debe asumir en plenitud.


El reto de hacer transferencia de una tecnología tan avanzada como vacunas de mRNA, o de tecnologías de punta en computación cuántica, es un reto que el país debe asumir. Este reto le dará la oportunidad de enfocar los dispersos esfuerzos científicos, tecnológicos, industriales y políticos en pro de un objetivo cuyos resultados directos e indirectos solo le traerán beneficios al país. Y las universidades también debemos hacer un gran esfuerzo en este sentido.


No hacerlo es continuar condenando a nuestro país a leer noticias formidables, como la liberación de patentes, sin que pasen de ser eso: noticias formidables.

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