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¿Las viejas teorías sirven para entender las nuevas protestas?

Además afirma que en los sistemas democráticos existe una legitimidad racional, según la cual “yo obedezco a quien resultó elegido porque considero válido el sistema de normas electorales derivado de la Constitución vigente que lo puso en el poder”. ¿Entonces por qué hay protestas y peticiones de renuncia del presidente en los países donde no hay dudas generalizadas sobre la Constitución ni sobre el proceso específico en el que fue elegido el mandatario?
 

Esto se puede explicar a partir de la teoría de David Easton, quien dijo que además de esa legitimidad difusa de apoyo a las instituciones existe una legitimidad específica según la cual “yo solo apoyo a los gobiernos que veo que tienen eficacia y me benefician de un modo u otro”.
 

Por esto, para garantizar la gobernabilidad el electo no solo debe tener retroalimentación (feedback) de los ciudadanos, o sea conocer sus opiniones, sino también responder a las críticas con políticas públicas adecuadas (responsiveness).
 

En principio no debería haber problema porque hoy en día casi todos los presidentes son muy conciliadores y gobiernan como si todavía estuvieran en campaña, aunque no haya reelección.
 

¿Cómo se entienden entonces esas protestas en tantos lugares cuando la mayoría de los gobernantes jefes de Estado quieren escuchar y agradar a todo el mundo –o al menos parecerlo– porque eso es imposible?


Otros autores responden a eso diciendo que es imposible satisfacer siempre las necesidades de los gobernados porque cuando se hace esto con unas peticiones surgen otras, algunas incluso directamente imposibles. ¿Quiere decir esto que las protestas obedecen a esta frustración sistémica en este siglo como se decía de las marchas del siglo pasado?
 

Puede ser, aunque otros autores no politólogos dicen que la cosa va más allá de una molestia por políticas públicas insuficientes. Fue justamente Sigmund Freud quien en El Malestar en la Cultura dijo que lo que hay en el fondo de todo sistema político es un “malestar”, o sea el viejo conflicto entre el individuo que quiere ser libre y la sociedad que le pone restricciones. Esa tensión explota cada cierto tiempo de diferentes maneras y con distintos resultados.
 

¿Pero será eso suficiente para explicar cómo grandes cantidades unidas se oponen con tanto énfasis a determinados gobiernos?
 

Quizá esta pregunta se puede contestar con el mismo autor, quien basado en Gustave Le Bon afirma en Sicología de las masas y análisis del yo que la multitud pierde los controles normales del individuo por una suerte de mecanismos de la sicología colectiva, que lo pueden incluso llevar a destruir sin que haya explicaciones racionales o estas sean solo excusas justificativas. ¿Pero estas teorías son abstractas o hay hechos que demuestren que son acertadas?, se preguntarán muchos.
 

La respuesta es que sí hay muchos ejemplos, como el caso de los fascistas italianos y alemanes, que se inspiraron en Le Bon y en las astutas trampas de los bolcheviques que se habían apoderado del poder siendo el partido minoritario. Fue así como, mediante protestas muy agresivas y con acciones violentas que llamaban “acción directa”, también siendo una minoría acabaron con el orden establecido, crearon unos regímenes totalitarios y casi llegaron a dominar el mundo ¿Eso quiere decir que las protestas son malas y llevan siempre al caos como en estos dos casos?
 

Pues no, porque paradójicamente muchas de las democracias actuales también surgieron por protestas, solo que la mayoría de ellas tuvo un carácter pacífico y de desobediencia civil. Por eso fue que prácticamente todas las transiciones a la democracia de finales del siglo pasado se hicieron sin guerras civiles: España, Portugal, Grecia, India, y prácticamente toda América Latina y Europa del Este (casi medio mundo) ¿y entonces muchos se preguntan porque hay protestas contra democracias y a veces tan radicales?
 

Es verdad que curiosamente muchas de las protestas y marchas de este siglo se hacen no contra dictaduras sino contra democracias pactadas libremente, y que a veces se acude a la violencia, cosa que prácticamente no se había hecho contra auténticos regímenes del terror en el siglo anterior. ¿Pero entonces porque se da esto, qué las motiva?
 

Hay muchas explicaciones, la mayoría de las cuales tiene un cargado sesgo ideológico en ambos lados del espectro político, aunque varía mucho de región en región y de un país a otro. Pero la verdad es que no se sabe, y además en general casi nadie quiere saberlo, porque cada quien es rey hoy en día con su celular interconectado y tiene su verdad personal o colectiva incontrovertible.
 

Y ahí es donde viene la última pregunta: ¿las viejas teorías sirven para entender las nuevas protestas? Y hay muchas de ellas, incluyendo las del best seller suizo Rolf Dobelli, quien dice que en general los seres humanos actuamos por contagio en estos y otros casos porque durante miles de años genéticamente seguir lo que socialmente está aprobado en un momento nos implicó supervivencia. ¿Pero sirven de algo y a alguien le interesan estas teorías?
 

Yo creo que sí pueden servir, pero que a nadie le interesa usarlas o saberlas, porque con Twitter todo el mundo es sabio y con las redes se cumplió la profecía del tango Cambalache, que decía que “lo mismo da un burro que un profesor”. De hecho yo me abstuve de opinar durante las protestas y retiré artículos de los periódicos porque sabía que no serían leídos o interpretados racionalmente en esos momentos, y porque la situación está tan confusa que me sentía más como lo primero que como lo segundo.
 

Aún hoy, aunque decidí publicar este y otros textos, pasada la gran tormenta, creo que la contundencia de las protestas en muchos sitios y la seguridad con la que sus defensores o contradictores las atacan, muchas veces sin consideraciones racionales mínimas, nos han como prejubilado a los que opinábamos basados en teorías.

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