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La última oportunidad para repensar la sociedad del crecimiento

Según los economistas esto representa un resultado negativo porque se trata de una reducción dramática de la riqueza material de las sociedades, es decir una disposición menor de bienes para el disfrute que tienen los ciudadanos. Por esto, los países buscan desesperadamente recuperar lo perdido y continuar la senda de expansión y prosperidad.
 

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No obstante, la historia reciente del proceso de crecimiento global y en Colombia ha mostrado que se ha crecido para concentrar la prosperidad en los más ricos, para consumir llenando el “yo vacío” con cosas innecesarias, para producir elementos para tirar a la basura prematuramente, para aumentar las deudas con la banca privada, y para consolidar y expandir las rentas y la especulación.
 

Sumado a esto, es evidente que la capacidad de creación de empleos de las economías se redujo sustancialmente. Si se mira cuánto crece el empleo por cada punto porcentual de crecimiento del PIB, se observa que para comienzos de los noventa en Colombia ese resultado era cercano a 3 %, por lo que un aumento del crecimiento económico en ese porcentaje generaría una tasa de creación de trabajo de 9 %. Sin embargo, luego de las reformas de mercado de los noventa este indicador cayó y después de la crisis de 1999 se ubicó en un promedio cercano a 0,5 %, lo cual indica que con la misma tasa de crecimiento de 3 %, el empleo aumentaba solo 1,5 %.
 

El doctor en economía Amit Bhaduri1 encontró un resultado similar para países como India o regiones como Asia o el África subsahariana, confirmando que este es un fenómeno global.
 

Además, el cuestionamiento más serio a la sociedad del crecimiento que se dirige a la base sobre la cual se sustenta su prosperidad, pues esta se muestra incoherente, insostenible y brutal.
 

Incoherente porque consumir no es un acto de satisfacción de necesidades, sino que se ha traducido en un mecanismo complejo para establecer relaciones de poder, estatus y apariencia como lo plantea el sociólogo y economista estadounidense Thorstein Veblen2. Dicho mecanismo termina estableciendo una dinámica ilimitada de crecimiento en el consumo y la demanda, que se funda en la no saciedad del individuo que busca encajar y mostrarse superior al resto dentro de sus círculos cercanos, y a su vez busca la felicidad en la compra de objetos, como señala el sociólogo francés Jean Baudrillard3.
 

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En esto los medios de comunicación han jugado un papel intensificador que ha contaminado y colonizado el imaginario humano –como una enfermedad, una verdadera pandemia– que se manifiesta en escenarios como el primer Día sin IVA, en el cual los ciudadanos mostraron que en vez de tener un periodo de desintoxicación han acumulado un deseo incontenible por consumir cosas que no necesitan.
 

Al final la satisfacción lograda por las endorfinas que se liberan en la proeza de exponer la vida a un contagio se evapora rápidamente, y luego queda “el guayabo” de la deuda, la salud comprometida y el vacío infinito de una existencia sin sentido, que generan un nuevo círculo de necesidad de producir y trabajar para estos fines.


Insostenible porque el sistema de producción de mercancías humano realmente se trata de un sistema de transformación y no de producción. La respuesta a esto se encuentra en la teoría clásica de los precios de autores como Adam Smith y David Ricardo, quienes perciben un sistema de producción viable como aquel que es capaz de reponer los medios de producción que se utilizaron en este proceso, como lo destaca el profesor Eduardo Bolaños, en su libro Lecciones de teoría clásica de los precios4.

Desde esta perspectiva, el sistema de transformación de recursos naturales humanos en bienes y servicios actual no es viable, pues para su funcionamiento necesita del subsidio de los combustibles fósiles, la destrucción de acuíferos, y en general una destrucción irreparable de la biosfera. Como propone el economista alemán Ernst Friedrich Schumacher5, “un grave error de la vida moderna es considerar que el problema de la producción está resuelto: tratamos recursos no renovables como bienes generadores de rentas mientras que en verdad son un capital natural que debe ser tasado en el uso por su naturaleza no reproducible. Esto distorsiona los precios de estos recursos elevando su consumo y acercándonos al fin”.
 

Brutal porque la prosperidad de los humanos que logran tener a su disposición todo tipo de bienes se hace a costa de la vida de otros seres vivos: la tasa de crecimiento y acumulación de capital es sinónimo de una tasa de depredación. Lo peor es que otros seres humanos no van a poder alcanzar tal estándar de vida pues la biósfera no será capaz de soportar tal nivel de carga sin que se manifieste severamente. Como menciona el historiador alemán Oswald Spengler6, el surgimiento de las ciudades creó a un ser humano parásito, improductivo, inteligente y averso a la vida, hombre que representa un paso gigantesco hacia lo inorgánico, hacia el fin.
 

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Por todo esto, la actual crisis producida por el COVID-19 se manifiesta no como un fenómeno exógeno –como suele considerar la teoría económica dominante en todo tipo de crisis– sino como una representación endógena de la fragilidad creciente en la biósfera por el nivel de acumulación de capital productivo actual, que auspició el crecimiento sostenido durante más de dos siglos en varias regiones del mundo occidental.
 

El camino parece ser uno solo: detener la máquina del crecimiento, y de hecho echarla atrás; decrecer es la salida, sobre todo en los países de mayores tamaños del PIB. Visto de esta manera, el periodo de confinamiento actual ha sido un simulacro de las consecuencias positivas del decrecimiento, en el cual otros tipos de vida han podido tomarse un aire y revelarse ante nosotros.
 

También ha sido un simulacro para darse cuenta de cómo los costos del ajuste recayeron sobre los más vulnerables a través del mayor desempleo, pobreza y desigualdad; es justo por eso que las políticas keynesianas deben ser una parte de la estrategia para realizar un proceso de decrecimiento sereno, como lo propone el economista francés Serge Latouche7.
 

El profesor inglés Tim Jackson8 menciona que un primer paso es reducir el nivel de consumo para desintoxicar el imaginario humano y los ecosistemas, pero para evitar el colapso de la demanda agregada, se necesitaría compensarla con un mayor gasto público e incentivo a la inversión en lo que sería una especie de Green New Deal, o conjunto de propuestas políticas para ayudar a abordar el calentamiento global y la crisis financiera, como lo llaman algunos autores. Es hora de meditar, repensar y actuar, esperemos que no sea demasiado tarde.

 


1 Bhaduri, A. (2011). Repensar la economía política. Buenos Aires: Manantial.

2 Veblen, T. (2005). Teoría de la clase ociosa. México, DF: FCE.

3 Baudrillard, J. (2018). La sociedad del consumo. Bogotá: Siglo XXI.

4 Bolaños, E. (2012). Lecciones de teoría clásica de los precios. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.

5 Schumacher, E. (2013). Lo pequeño es hermoso. Madrid: Akal.

6 Spengler, O. (2011). La decadencia de Occidente. Barcelona: Austral.

7 Latouche, S. (2009). La apuesta por el decrecimiento. Barcelona: Icaria.

8 Jackson, T. (2011). Prosperidad sin crecimiento. Barcelona: Icaria.

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