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La pérdida del manglar de Tribugá y su efecto dominó

El manglar es un ecosistema marino-costero que solo crece en las zonas tropicales y subtropicales del mundo y que está sometido a un intercambio del agua salada del mar y del agua dulce proveniente de los ríos que desembocan en el mar.


Según información del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, los manglares de Colombia tienen una extensión aproximada de 285.049 hectáreas, distribuidas en el Caribe (alrededor de 90.160 ha) y el Pacífico (unas 194.880 ha).
 

Un manglar diferente


Los del Pacífico no solo representan la mayor área, sino que se dan en una franja continua, mientras que los del Caribe se dan “por parches” o zonas muy ligadas a la desembocadura de grandes ríos. En particular, los manglares de Tribugá presentan una mayor biodiversidad de fauna y flora debido a que en esta región reciben un aporte muy significativo de ríos como el Nuquí, el Coquí y el más importante –el Baudó–  y de una alta precipitación (agua dulce).
 

El predominio de corrientes de agua dulce sobre las saladas hace que más especies crezcan en esa franja del litoral, diferente al manglar del Caribe, que tiene más limitaciones de especies porque sus suelos están más salinizados y está sometido a estaciones secas más pronunciadas. En el Caribe colombiano la duración de la estación seca varía de occidente a oriente y se presentan dos veces, una de diciembre a abril y otra en julio y agosto. En esos meses la precipitación media mensual está por debajo de los 100 mm y en algunos meses puede ser casi cero. Con el fenómeno de El Niño es aún peor, pues cabe recordar que en Tribugá caen alrededor de 10000 mm de agua al año.
 

Puedes leer: Megapuerto de Tribugá sumergido en aguas profundas.
 

Por lo tanto, los del Pacífico son ecosistemas muy diversos: presentan especies maderables, que actualmente están en veda (prohibición de aprovechamiento), como el cativo, y se encuentran en unos estados de desarrollo mayores (alto, grueso, mucho más robusto).
 

Así lo explica la doctora en Ciencias Biológicas Denisse Viviana Cortés Castillo, de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), y agrega que esta es solo una de las tantas razones por las que el Golfo de Tribugá debe conservar sus manglares sin alteraciones de grandes infraestructuras.
 

Por su parte la profesora Ligia Estela Urrego, del Departamento de Ciencias Forestales de la UNAL Sede Medellín, sostiene que hacer una obra de infraestructura de la magnitud del Puerto de Tribugá implicaría impactar un territorio cuya área es mucho más grande que la que ocuparía el puerto. Todo esto debido a que este ecosistema funciona como una red que está interconectada por procesos fluvio-marinos y alberga una amplia cadena alimenticia.

Por lo anterior, no se puede minimizar el impacto pensando que solo se van a perder las hectáreas de manglar que se tumbarían, sino que se trata de un efecto dominó de consecuencias quizás irreversibles para el ecosistema que se conoce hoy. “Con la construcción del puerto se perderá manglar in situ, pero con la pérdida de manglar se pierde una cantidad de recursos para organismos marinos, terrestres, para las aves y para muchas especies que tienen en los manglares su hábitat, su casa”, dice la profesora Urrego.

Adiós a las ballenas jorobadas


Entre los visitantes que encuentran una casa en Tribugá están las imponentes ballenas jorobadas, que entre julio y noviembre habitan las aguas del Pacífico colombiano. Después de recorrer alrededor de 8.500 kilómetros desde la Antártida, llegan a esta región para aparearse y dar a luz mientras habitantes locales y turistas de todas partes del mundo llegan para presenciar la reunión yubarta.
 

“Esto será lo primero en desaparecer”, es el primer pensamiento de los biólogos marinos cuando van a Tribugá y se imaginan un puerto. Está demostrado que las ballenas se comunican a través de sonidos, por lo que el ruido de los motores de cualquier embarcación, grande o pequeña, las desorientaría y las desterraría de la zona dejando graves consecuencias, no solo biológicas sino también para los habitantes.
 

La industria turística de la región, que tiene como uno de sus mayores atractivos el avistamiento de ballenas, se iría al piso, y mucha gente vive de ella. Dos piezas más del dominó que se caen.


En este sentido, la profesora Urrego asegura que uno de los efectos más graves que puede tener la construcción del puerto es que la fauna marina se vería desplazada. Además están las aves migratorias, que pasan por muchas áreas en el Pacífico y que requieren de ecosistemas como los manglares para sobrevivir. Los ciclos de esas especies, entre otras, también se verían afectados, y es imposible decir dónde empieza un ecosistema y termina el otro.

El manglar como sustento


Cuando señalan las consecuencias socioeconómicas que sufriría la región, las expertas Cortés y Urrego coinciden en que para las comunidades perder el manglar de Tribugá se reflejaría en sus condiciones de vida.


“Desafortunadamente uno se da cuenta de que en este país, donde se desarrollan estas obras se percibe más pobreza de la que había antes porque la plata les llega a algunos, pero no a quienes realmente la necesitan”, señala la profesora Cortés, de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia y experta en biodiversidad y conservación


Algo importante para entender en este contexto es que ecológicamente los manglares son cuna y refugio de peces y otros organismos marinos. Sobre las raíces de los mangles, que se ven en forma de telaraña, se forman unas redes de interacción en las que los peces del mar entran a desovar (poner sus huevos) para proteger a sus crías de los depredadores en las primeras etapas. Muchos de esos peces son de uso comercial, y sin el manglar para su cuidado se afectaría la economía de las poblaciones locales que sobreviven de la pesca, pues no habría un relevo generacional de las especies.
 

También disminuirían las poblaciones de algunos pequeños mamíferos, reptiles, crustáceos, y moluscos como las ostras, los mejillones y especialmente la piangua, delicia gastronómica de la región. Particularmente estos últimos organismos son muy sensibles al equilibrio en los aportes de agua salada y dulce que entran al manglar.

Cuando la Ciénaga Grande de Santa Marta se intervino con obras de infraestructuras, el primer cambio que se notó fue la desaparición de manglares y de esos moluscos, y la economía de la zona aún no se ha recuperado. Luego, al ver esto, los pobladores comenzaron a talar los mangles antes de que murieran, para aprovechar al menos su valor comercial. Una situación similar podría presentarse en Tribugá.
 

Otras funciones del manglar


Los manglares protegen la línea de costa evitando que el mar gane terreno sobre el continente. Esto se da porque las raíces de los mangles funcionan como barreras y trampas de sedimentos (arenas y arcillas, entre otros) que a su vez son indispensables para mantener el suelo en el que crecen los manglares.
 

También se ha determinado que estos bosques reducen casi en un 40 % el impacto de tormentas y huracanes, sirviendo de barrera protectora para las poblaciones que viven detrás de la línea de manglar.
 

Además son grandes reservorios de carbono, el cual retienen en los suelos a través de la materia orgánica acumulada (troncos y hojarasca), por lo que juegan un papel muy importante en la regulación de los procesos naturales y del clima. Si todo ese manglar se drena y se seca, se emitiría una gran cantidad de CO2 a la atmósfera, acentuando los efectos del cambio climático actual.
 

Aunque el desarrollo económico del país es importante, las expertas Cortés y Urrego coindicen en que no se puede ir en contravía y terminar de afectar poblaciones que, de por sí, ya están en una condición casi que de abandono por parte del Estado. Además, algo que siempre se desconoce es que el capital real de este país está en su riqueza natural y su biodiversidad, por lo que no hay que quitarle más fichas al tablero.

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