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La importancia de la enfermedad en la historia de la humanidad

Dos años después del inicio de la pandemia todavía persiste dicha sensación, aunque se han ido aplacando aquellas posturas que vaticinaban una trasformación tan grande que demolería las bases de las sociedades capitalistas. Por lo que se percibe ahora, las dinámicas del capital se mantienen y, de hecho, se han profundizado las desigualdades sociales preexistentes.

 

Está claro que el mundo ha sido sacudido profundamente y la humanidad ha adquirido cierta conciencia del peso que puede tener la enfermedad en el desarrollo de las sociedades. Mucha tinta ha corrido en torno a este asunto y no han sido pocos los escritos que recurren a ejemplos históricos para sustentarla.

 

Hoy vivimos un momento de particular sensibilidad frente al papel que llegan a cumplir las enfermedades en la historia de la humanidad, y aunque esta conciencia parece muy propia del presente, existe un muy llamativo trabajo previo en el campo de la investigación histórica que resalta y documenta la importancia que las enfermedades –y en especial las epidemias– tienen en la evolución de las sociedades humanas.

 

Importante y seductora tradición

 

En 1976, el reconocido historiador norteamericano William H. McNeill publicó la magnífica obra Plagues and Peoples (Plagas y pueblos), cuyo gran propósito era ubicar la historia de la enfermedad infecciosa dentro del reino de la explicación histórica y mostrar cómo la enfermedad afectaba la marcha de los asuntos humanos, tanto en la Antigüedad como en la edad moderna. Con ello, presentó toda una programática de investigación que resultó fascinante.

 

Su obra buscó responder una gran pregunta que, según él, le había suscitado su trabajo previo sobre el ascenso de Occidente: ¿cómo un puñado de hombres europeos pudo conquistar México y Perú, pasando por encima de los imperios Azteca e Inca? Y su trabajo se orientó a dar una respuesta satisfactoria que superara las limitaciones de las respuestas que existían en su época.

 

Para la mayoría de los estudiosos que habían abordado el asunto, la respuesta estaba anclada al postulado de la superioridad técnica europea, aunque también se reconocía la habilidad que habían demostrado los españoles para utilizar las disputas y los resentimientos entre las comunidades indígenas. También había quienes hablaban de la superioridad cultural europea que incluía, entre otras cosas, las bondades del cristianismo frente a los ritos de las tribus americanas. Para McNeill, y con toda razón, estas respuestas eran poco satisfactorias dado que frente a la envergadura de lo que implicó la conquista del continente americano resultaban poco convincentes. 

 

Siguiendo la pista que halló en una anotación de Hernán Cortés en sus narraciones de la conquista de México, el autor elaboró una hipótesis alterna que respondía esa pregunta, y es que la noche en que los aztecas expulsaron a este conquistador español extremeño y a sus hombres de la ciudad de México, sobre la ciudad se abatía una epidemia de viruela.

 

Esto le llevó a McNeill a formular la idea de que el impacto que produjo la enfermedad infecciosa sobre las poblaciones amerindias ofrecía una mejor clave de interpretación para comprender la relativa facilidad de la conquista española de América, no solo en lo que atañe al aspecto militar, sino también en lo referente al ámbito cultural. 

 

A darle soporte a esta idea, con un alcance más amplio, está dedicado todo el libro. Ello hace que el autor se remonte a los albores de la humanidad, recurra a los saberes de la antropología, arqueología, biología evolutiva y microbiología, y desarrolle una perspectiva ecológica que privilegia la noción de parasitismo e inmunidad adquirida. Todo ello para explicar por qué algunas poblaciones son más susceptibles al ataque de ciertas enfermedades. 

 

Cabe tener presente que en los años setenta apenas estaba iniciando el vertiginoso desarrollo de la biología molecular y el avance en genética (es la época del despegue de la industria biotecnológica), la ecología llevaba poco tiempo como ámbito científico autónomo reconocido dentro de la biología (con una línea de trabajo especial llamada ecología humana), y el campo paleontológico estaba absorto en el estudio de restos fósiles en África y asombrado con el reciente hallazgo de “Lucy”, la famosa Austrolopitecus afarensis. En ese contexto, McNeill recoge ideas seductoras y un muy llamativo saber acumulado, aunque por supuesto recurre a la conjetura para darle forma a los diferentes capítulos. 

 

Con humildad y cautela, el autor expresa que muchas de sus inferencias son provisionales y que se requiere un cuidadoso examen de textos antiguos, realizado por personas expertas en muchos idiomas diferentes, para confirmar y corregir sus hipótesis. Pero, en conjunto, la obra presenta un panorama cautivador y persuasivo.

 

Doce años después, el distinguido médico y epidemiólogo británico Thomas McKeown publicó su estupendo libro The origins of human disease (Los orígenes de las enfermedades humanas), en el cual se presentan ideas afines a las de McNeill, aunque articuladas bajo un propósito un poco diferente. En la medida en que McKeown trabaja en el campo de la salud, tiene un interés más directo en la importancia práctica de su trabajo para el control de las enfermedades hacia el futuro. 

 

Si bien McKeown reconoce explícitamente la importancia de la obra de McNeill, no deja de señalar que los historiadores se han ocupado más de los efectos de las enfermedades, y no tanto de las condiciones que las producen, lo que puede generar la impresión de que su aparición resulta fortuita. Por ello, resalta la importancia quela organización social tiene en lo referente a determinar la naturaleza y el predominio de las enfermedades. Idea fundamental para la medicina social (y para la actual salud colectiva).

 

Veintiún años después de la aparición del libro de McNeill, el geógrafo y ornitólogo estadounidense Jared Diamond publica Guns, germs and steel (Armas, gérmenes y acero) en el cual busca responder a la pregunta que a comienzos de los años 70 le hiciera un ilustre habitante de Nueva Guinea y que reformulara años después en los siguientes términos: ¿Por qué los indígenas americanos y africanos y los aborígenes australianos no fueron quienes diezmaron, sometieron y exterminaron a los europeos y a los asiáticos? Como se puede apreciar, una pregunta bastante similar a la que formuló McNeill. 

 

La búsqueda de una respuesta satisfactoria lleva a Diamond a un viaje maravilloso a lo largo del tiempo, que se remonta unos 13.000 años atrás. Con una prosa elegante y cautivadora, nos lleva hasta el final del último periodo glacial cuando los pueblos de todos los continentes eran cazadores-recolectores. Y desde allí se inicia una travesía que conduce a las desigualdades tecnológicas y políticas que se presentaron en los pueblos del mundo hacia el año 1500 d. C.

 

La respuesta que ofrece el geógrafo a su pregunta es que los pueblos euroasiáticos pudieron expandirse y conquistar otros pueblos no por alguna ventaja genética especial, ni por los efectos estimuladores del clima frío, sino por una confluencia de factores que hicieron que ellos poseyeran armas de fuego, elaboraran productos manufacturados con acero y tuvieran cierta resistencia inmunológica ante diversas enfermedades infecciosas.

 

Y en este último punto la confluencia con el trabajo de McNeill es evidente. Según logro entender, el argumento que formula Diamond complementa y precisa algunas de las ideas de McNeill, aunque se podría decir que sus soportes son más robustos dado que Diamond hace uso de un mayor acumulado de saber en ámbitos de la biología evolutiva, la biogeografía, la fisiología molecular, la ecología, la antropología y la propia historia. Sin embargo, el propio McNeill, al comentar el texto del geógrafo, señala que se distancia un poco de sus ideas, y entre ellos dos se suscitó una pequeña e interesante polémica.

 

Las tres obras comentadas son un claro testimonio del avance que ha tenido el estudio referido de la historia de la enfermedad y, más en propiedad, al importante papel que esta ha tenido en la historia de la humanidad. A la luz de estos trabajos, y de muchos otros que hoy nutren esta interesante tradición investigativa, es posible abordar el análisis del impacto que la actual pandemia de Covid-19 ha tenido en las sociedades del siglo XXI. Pero una visión más reposada del asunto quedará en manos de futuros historiadores y analistas.

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