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La formación política: una asignatura pendiente

Quizá lo más extraño en estas épocas electorales es el poco conocimiento que los periodistas –particularmente– y la ciudadanía en general tienen del significado de las diferentes posturas políticas. La gente vota por imágenes, sentimientos o líderes y no distingue entre planteamientos de izquierda, de centro o de derecha, por lo que cae fácilmente en el mercadeo oportunista de las campañas o la manipulación sesgada y parcializada de los medios de comunicación adeptos a una u otra candidatura.

 

Parafraseando al filósofo colombiano Guillermo Hoyos (1935-2013), profesor de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), lo que inmediatamente se impone es cuánta falta hace una cátedra de formación política que le ofrezca a la ciudadanía elementos de interpretación del contexto político en un momento como el actual. 

 

La pregunta lógica es qué elementos puede tener esa formación política. Mi experiencia académica, e incluso de vida, me permitiría sugerir tres temáticas constitutivas que he podido anclar a asignaturas dictadas: la cultura política, la filosofía política y el análisis político que se deriva de las dos primeras.

 

La cultura política nos permite explorar y definir el carácter identitario de un contexto político, como explico en mi libro Hacia una reconstrucción del estatuto epistemológico de la cultura política, publicado en 2011 por la Universidad Industrial de Santander. 

 

Así mismo, y en línea con los tipos de legitimación de Max Weber, los politólogos estadounidenses Gabriel A. Almond y Sidney Verba muestran en su famoso escrito “La cultura política” tres formas básicas de cultura política: 

 

  • parroquial, siguiendo las tradiciones; 

  • súbdita, siguiendo al líder; y 

  • participativa, asumiendo los mecanismos participativos de una democracia liberal. 

 

La tipología por supuesto generó todo tipo de reacciones que no podemos retomar aquí, pero lo esencial es poder determinar qué tipo de orientación básica tiene un colectivo frente a la política –de derecha, centro o izquierda indistintamente– por el contexto cultural de su formación. Ello permite comprender por qué un colectivo se inclina más a seguir líderes que planteamientos, precisamente porque, así sea de derecha o de izquierda, por ejemplo, sigue más a la persona o a la imagen que a la propuesta programática. Colombia es un claro ejemplo de una cultura política tradicional-carismática, súbdito-parroquial predominante.

 

Pero de aquí se desprenden varios elementos no menos importantes como son los modelos de democracia y –sumamente importante– de ciudadanía correspondientes, todos de carácter posliberal. Me refiero a un primer listado de modelos de democracia y ciudadanía deliberativa como los que recojo en este cuadro:

E incluso de democracia y ciudadanía posfundacional:

Pero lo anterior nos remite al segundo elemento de una formación política integral: la filosofía política. Como se desprende de los gráficos anteriores, estos modelos de democracia (recordemos que la democracia liberal no es la única), de cultura y ciudadanía políticas suponen un marco conceptual que dé cuenta teórica de estas diversas posturas, todas representadas por sendos autores. Ello les da concreción y un referente delimitado desde donde sustentar el conjunto de planteamientos.

 

El filósofo estadounidense John Rawls ha planteado cuatro papeles de la filosofía política que siempre presento en los diferentes auditorios: 

 

  • definición de los términos del conflicto político; 

  • evaluación pública de las instituciones frente al conflicto; 

  • reconciliación de los actores del conflicto; y 

  • proyección de una utopía posible. 

 

Salvo el último, todos definen claramente un derrotero interpretativo de la política aplicable históricamente a nuestro contexto que permite comprender sus derivaciones actuales. 

 

El pensamiento posfundacional francés, critico de Michel Foucault y Gilles Deleuze por su olvido de la cuestión democrática, ha planteado que, frente a la lógica instrumental de la teoría y la ciencia política, la filosofía política tiene hoy el horizonte estratégico de superar la polarización amigo-enemigo heredada del autoritarismo, por un paradigma asociativo-consensual en la línea planteada por Hannah Arendt. Este marco conceptual es de enorme relevancia para nuestra situación política actual, incluso electoral, para comprender las posturas específicas de cada candidato.

 

Hace exactamente 20 años, el semestre que Álvaro Uribe Vélez llego a la Presidencia, los estudiantes del curso de cultura política a mi cargo aplicaron unas encuestas, adelantándose al mismo resultado electoral, con la siguiente conclusión sobre los paradigmas políticos dominantes en nuestro contexto, a partir de los marcos conceptuales filosófico-políticos:

Formación política, esencial en la formación integral

 

Varios cursos de extensión han jugado un papel importante en la formación política universitaria. Uno muy popular en las universidades públicas ha sido el Taller de”J”ormación Estudiantil Raíces (TJER), que desde hace dos décadas viene impartiendo conferencias sobre temas de filosofía y cultura política con gran recepción entre estudiantes. 

 

Otro más reciente es el Diplomado de Paz, Desarrollo Territorial y Democracia, orientado por el profesor Carlos Medina Gallego, del Departamento de Ciencia Política de la UNAL. Ambos, gracias a la pandemia por COVID-19, se han ofrecido virtualmente extendiendo su influencia de manera significativa.

 

Pero la Universidad está en mora de hacer obligatorio el mandato constitucional de ofrecer un curso de constitución y democracia a todos los estudiantes, que les permita entender el marco político de la deliberación pública que tiene en la Constitución Política su marco de referencia necesario, y que hay que arrebatar de la exégesis exclusivamente jurídica. 

 

El Grupo de Investigación RepensarElDerecho, liderado por la profesora Diana Hincapié, ofrece como elegible abierta la asignatura Constitución, Democracia y Paz, que incorpora el Acuerdo Final de Paz a la creación de la Constitución de 1991 y el Estado social y democrático de derecho que supone para combinar todos estos elementos y cualificar la interpretación constitucional y política, precisamente. 

 

Estas actividades –especialmente las de extensión, aunque también las curriculares– son instrumentos indispensables de formación política, máxime en una universidad pública como la UNAL, cuyos estudiantes –pese a que se crea lo contrario– vienen con una educación política limitada y distorsionada, fruto de la desinformación y manipulación permanente que, como a todos, nos hace víctimas en una sociedad intolerante y muchas veces antidemocrática y abiertamente refractaria a la conciencia progresista y crítica. 

 

Pero es también el sentido último que una política de extensión debería tener en nuestra universidad para constituirse en parámetro de formación integral de la ciudadanía en todas las sedes y regiones donde hacemos presencia. 

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