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La cazadora del ADN de los cocodrilos del Orinoco

Esto incluyó a casi todos los que han pasado por la Estación de Biología Tropical Roberto Franco (EBTRF), desde Polo y Dabeiba, la primera pareja que llegó proveniente del río Meta, en Puerto López (Meta), en 1970, hasta aquellos juveniles que fueron liberados hace algunos años en Puerto Gaitán y en La Macarena (Meta).

En su extenso y arduo trabajo de laboratorio y como parte de este proyecto financiado por la vicerrectoría de Investigaciones de la UNAL y Cormacarena, ella obtuvo el ADN de 453 de estos grandes vertebrados y realizó su estudio genético para determinar cuáles son los más aptos para un programa de repoblamiento sin afectar la diversidad genética de la especie; un desafío en el que viene trabajando la UNAL desde hace más de 50 años, cuando el biólogo alemán Federico Medem recibió a Polo, el primer ejemplar que se aparearía con Dabeiba, para iniciar un centro de cría.

“Desarrollamos una poderosa herramienta que combina información de parentesco, diversidad individual, edad, sexo, tamaño y ubicación de los cocodrilos vivos por medio de la cual construimos combinaciones de individuos para planificar futuros grupos reproductores que maximicen la diversidad genética de la población”, explica Ana María.

Su exhaustivo estudio se constituye en uno de los pocos ejemplos en el mundo de la aplicación de herramientas genéticas para el manejo de poblaciones de reptiles en peligro de extinción criadas en cautiverio, ya que la mayoría de los estudios se han realizado en mamíferos y aves. Además, es de los pocos estudios en el mundo que abarca un número tan grande de animales.

El material genético para su estudio lo tomó de la estación Roberto Franco, enclavada en inmediaciones del centro de Villavicencio, que tiene a cargo cerca de 600 ejemplares, la gran mayoría vivos y los tejidos de los que ya han muerto, como es el caso de Polo, Dabeiba y Custodio, entre otros.

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La mayoría de ellos –que tiene a cargo la estación y que fueron objeto del estudio de la investigadora– se han reproducido en los estanques construidos exclusivamente para conservarlos y lograr el repoblamiento de esta especie que en el siglo XX, especialmente entre 1930 y 1960, fue literalmente arrasada por el hombre tanto en los llanos de Colombia como de Venezuela, para comercializar su piel y consumir sus huevos. Se estima que entre 2 y 3 millones de sus pieles fueron a parar a Europa y países de otros continentes.

La cacería de los también llamados caimanes llaneros llegó a tal extremo que hoy se calcula que en vida silvestre, en Colombia, no sobreviven más de 250 adultos, de los cuales no se sabe mucho, más allá de que las únicas dos poblaciones estarían en el río Cravo Norte, en Arauca, y en el Guayabero, en Guaviare.

También se presume que en el Meta y el Vichada quedan algunos pocos, que no alcanzan a ser población y como tal se trataría de cocodrilos vagabundos sin mayores posibilidades de repoblarse.

Precisamente debido a este desolador panorama de una especie que se extendía por no menos de 600.000 km en los ríos de Colombia y Venezuela, el Crocodylus intermedius es considerado por la UICN (Unión Internacional de la Conservación de la Naturaleza) como en peligro crítico de extinción.

Y aunque el Ministerio de Medio Ambiente, el Instituto de Investigación Alexander von Humboldt (IAvH) y la UNAL formularon en 1998 el Programa Nacional para la conservación del Cocodrilo del Orinoco (Procaimán), que fue actualizado en 2002, solo hasta hace algunos años inició la liberación de varios ejemplares en Puerto Gaitán y La Macarena, en el Meta, pero sin tener certeza del éxito alcanzado en el proceso de repoblamiento, en gran parte por la falta del componente genético.

Inmenso reservorio

Los cerca de 600 individuos que tiene a su cargo la estación Roberto Franco es mucho mayor a la que sobrevive en vida silvestre. De este enorme reservorio, la magíster Ana María logró muestrear cerca del 75 %, incluidos los muertos, los liberados y aquellos que se han introducido en otros lugares del país como el centro Piscilago, en Cundinamarca; el bioparque Los Ocarros, en Villavicencio y los más de 100 que fueron llevados en septiembre de este año al parque natural Merececure, en Puerto López.

A estos se suman los que se encuentran en el parque natural Wisirare, en Casanare, donde también se ha trabajado en la reproducción e introducción en lugares como la reserva natural del Hato La Aurora, en ese mismo departamento.

Esto, teniendo en cuenta que los planes de cría en cautiverio en el país son realmente muy pocos.

Apoyada por su director de tesis, el profesor del Instituto de Genética Mario Vargas-Ramírez, quien además es director de Estación Roberto Franco, avanzó en su tarea de análisis genético, teniendo en cuenta que cualquier programa de cría en cautiverio debe estar acompañado por un estudio genético que soporte las directrices de manejo, asegura la investigadora, cuya tesis de grado fue reconocida como meritoria por el jurado, gracias a la cantidad de muestras analizadas y por proponer soluciones a una problemática real ante una especie tan amenazada.

“No puedes cruzar individuos indiscriminadamente porque con el paso del tiempo este puede generar problemas en la diversidad de la población, tal como ocurre con los humanos”, detalla.

Con el estudio realizado no se puede determinar la cantidad de liberaciones requeridas para lograr un repoblamiento efectivo y salvar la especie, pero sí es fundamental para dirigir los planes de conservación.

“Conservar una especie va más allá del número de individuos, depende de distintas dinámicas y de variables como el ambiente, el alimento, las condiciones de habitabilidad”, señala.

Alto potencial de conservación

Lo que sí le quedó claro en su estudio es que la estación Roberto Franco tiene un potencial altísimo para la conservación del caimán llanero, pues al comparar los índices genéticos de las poblaciones tanto fundadora como viva, se evidenció que los cocodrilos vivos mantienen gran parte de la diversidad fundadora, altos niveles de heterocigosidad (diversidad genética) y una baja endogamia (cruzamiento entre individuos de una población aislada genéticamente).

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Sin embargo, para alcanzar el éxito en las introducciones se deben tener en cuenta también aspectos como realizarlas en lugares donde se tenga certeza que no hay relictos de la especie –remanentes supervivientes de asociaciones biológicas, o a especies vivas– o, en caso de que haya individuos silvestres, hacer los estudios genéticos correspondientes.

“Mi trabajo permite reestructurar todas las combinaciones genéticas con soporte científico para que la descendencia que tengamos a partir de estos cocodrilos tenga el potencial genético apropiado para ser reintroducidos”, describe la magíster de la UNAL. En otras palabras, destaca que “saber qué cruces se pueden hacer nos va a asegurar que obtengamos cocodrilos que puedan ser liberados y que no han sido reproducidos al azar”.

Controladores biológicos

Salvar el cocodrilo del Orinoco significa rescatar a uno de los depredadores más altos de la cadena alimenticia. Esta especie es controladora biológica frente al sobrepoblamiento de otras especies, es crucial en el flujo de materia del ecosistema de río, también ayuda a mantener limpios los lechos de los ríos, lo que garantiza la manutención de otras especies y, contrario a lo que algunos pescadores creen, antes que comerse los peces que ellos persiguen con sus redes, promueven su abundancia y calidad consumiendo individuos débiles y enfermos, y controlando otros predadores, menciona Ana María. Y agrega la importancia de realizar las liberaciones con un fuerte componente de educación ambiental.

Su investigación se constituye en la primera ventana que se abre para seguir con nuevos estudios que permitan adelantar el plan de conservación del cocodrilo del Orinoco, que hoy se encuentra un poco abandonado por la comunidad científica y el Gobierno.

“Proponemos diferentes núcleos reproductivos y demostramos que los datos moleculares pueden ser utilizados para mejorar el manejo del programa mucho más allá de lo que se puede lograr solo con la información del pedigrí”, afirma en su tesis de maestría.

Tal vez Ana siga trabajando en esta línea de investigación, pues hoy está nominada a la beca Fulbright, a través del Ministerio de Ciencia, aunque advierte que ello depende de la financiación requerida para realizar la evaluación de las poblaciones naturales, determinar sus condiciones y su posible estructura.

Por ahora, el estudio adelantado le permite recomendar a los ríos Bita, cerca al parque nacional natural El Tuparro y el Tomo, en el Vichada,  para introducción de cocodrilos a corto plazo, dado que estos se encuentran dentro de áreas protegidas y con muy poca presencia humana.

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