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Falta de tiempo, una pobreza invisible que se replica entre los colombianos

En días en que se destacan rankings que muestran cómo el Estado del bienestar –que provee calidad de vida para los ciudadanos– es cada vez más común y aplicable en el mundo, Colombia “aterriza” en una pobreza que durante los últimos 10 años se ha mantenido como invisible: la pobreza de tiempo.
 

¿A qué se refiere este concepto? Según el profesor Jorge Espitia, del Centro de Pensamiento en Política Fiscal de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), “se dice que una persona presenta pobreza de tiempo si las 168 horas de la semana no le alcanzan para cubrir el trabajo remunerado (más el tiempo de desplazamiento que este requiera), el cuidado personal y la producción doméstica, es decir la preparación de los alimentos, el mantenimiento del hogar y el cuidado de los niños, las personas mayores o con discapacidad”.
 

A diferencia de los países desarrollados, en Colombia las personas cada vez tienen menos tiempo para disfrutar de un bienestar, en parte porque el Estado no provee una seguridad que les permita vivir sin preocupaciones, y porque de forma alterna prevalece la inequidad de género, la falta de reconocimiento para las tareas y responsabilidades no remuneradas, y la existencia de nuevos modelos de familia.
 

En un trabajo investigativo, la economista María Fernanda Ramírez Soler, magíster en Ciencias Económicas de la UNAL, desarrolló un modelo para identificar las variables con mayor incidencia en el riesgo de sufrir pobreza de tiempo en el país; una de sus conclusiones más importantes es que, sin importar la clase social o el grado de escolaridad, una persona que tiene menos de 2 horas y 39 minutos para dedicarse a una actividad de ocio y tiempo libre que le ayude a despejarse, puede ser considerada “pobre de tiempo”.
 

“Este es un método de medición objetivo o numérico a través de un umbral de tiempo: si yo estoy por encima de ese umbral, significa que tengo más tiempo libre que una parte de la población, y si estoy por debajo, tengo menos tiempo libre que cierto porcentaje en la población”, explica la magíster Ramírez.
 

Los resultados de su estudio indican que la pobreza de tiempo es un fenómeno que afecta a los colombianos y que depende de cada situación personal; quienes reciben ingresos laborales pueden tener un riesgo hasta siete veces mayor de sufrir pobreza de tiempo respecto a una persona que no los reciba. Además, entre los factores de riesgo para sufrirla están ser mujer, ser un adulto entre 31 y 40 años y vivir en un hogar con niños.

Carolina Olaya tiene 38 años, es gerente de dos franquicias de spa de alto crecimiento en Bogotá, y por más que comienza su día a las 4:30 a. m. y termina cerca de la 1 a. m., siente que el tiempo no le alcanza ni para pagar las cuentas del hogar ni para tener esas 2 horas y 39 minutos para dedicarse a una actividad de ocio y tiempo libre que le ayude a despejarse.

La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), aplicada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), se realiza cada tres años para caracterizar el uso del tiempo de los colombianos y la pobreza de tiempo en el país. Sin embargo, esta se enfoca en medir la contribución de la mujer al desarrollo económico y social del país, y en capturar información sobre el trabajo no remunerado.
 

Los resultados medidos entre septiembre y diciembre de 2020 y dados a conocer en marzo de 2021, muestran que las mujeres siguen siendo las más afectadas pues son las que dedican menos tiempo al trabajo remunerado y quienes más participan en el trabajo no remunerado en el hogar.
 

Con la pandemia por COVID-19, el impacto sobre los ingresos entre los “jefes” y “jefas” de hogar se vio afectado mostrando que ahora son más las mujeres que eran cabeza de hogar, quienes ya no tienen un ingreso laboral (22,5 % frente al 10,1 % de los hombres).
 

Tener tiempo libre tiene una connotación poco positiva en la sociedad, pues se cree que mientras más ocupado se esté, más posibilidades hay de crecer.


Hogares diversos

 

Según la profesora Yolanda Puyana Villamizar, investigadora del Departamento de Trabajo Social de la Escuela de Estudios de Género y el Centro de Estudios Sociales de la UNAL, ciertos grupos de la sociedad han señalado como “fuera de lo común” a las familias que forman hogares monoparentales (constituidos por un hombre o una mujer y un hijo), unipersonales (que incluyen a una persona que vive sola o con su mascota) y extensos (que pueden incluir varios hogares monoparentales y unipersonales).
 

“Estos últimos llaman la atención, pues “por un lado está mostrando una tendencia común entre los sectores de menores ingresos del país, como es la necesidad de unirse personas de distintas generaciones para disminuir los  costos del mantenimiento diario y además, por el otro, que allí se concentran los hijos e hijas de las jóvenes madres quienes asumen con los abuelos y abuelas el cuidado de estos o estas (Puyana, 2004)[1]”.
 

Fernando Páez tiene 33 años, es periodista y antes de la pandemia vivió durante 5 años en un hogar extenso conformado por amigos, quienes a su vez vivían con sus parejas o uno de sus padres. Allí vivió su peor época laboral –estuvo sin trabajo durante casi dos años– y recuerda que usaba sus tarjetas de crédito para hacer avances, pagar las deudas y crear un flujo de caja que también le permitía compartir gastos con sus 5 amigos.
 

“Con la pandemia me quedé sin trabajo y la situación se volvió insostenible. Tomé la decisión de devolverme a Cali, a la casa de mi mamá y mi hermano, y empecé a tener algunos freelance y un contrato por prestación de servicios al que le dedico al menos 13 horas al día, y donde supuestamente no hay un horario laboral pero sí piden disponibilidad total”, cuenta el periodista.
 

El profesor Espitia explica que a este tipo de pobreza se suma el desempleo que están presentando sobre todo los jóvenes, y que se acerca al 40 %: “sin embargo, el informe no señala qué tantos puestos de trabajo tienen, solo señala que quienes tienen pobreza de tiempo no tienen trabajos formales sino que tienen varios trabajos precarios y muchos de ellos están más en el campo de la informalidad”.

¿Somos pobres de tiempo en Colombia?


Para la magíster Ramírez, la medición de la pobreza de tiempo depende de la metodología con que se realice el análisis y de lo que se entienda como tiempo libre y de ocio: “por ejemplo, para la encuesta que hace el DANE, estudiar es una actividad de tiempo libre, pero uno le dedica mucho tiempo a estudiar y esto puede cambiar radicalmente los resultados”.
 

Agrega que “si uno piensa en un estudiante de pregrado se dedica la mayor parte del tiempo a estudiar, y es probable que, en cierta medida, lo dedique a trabajar. Por el contrario, un estudiante de posgrado trabaja la mayor parte del día y dedica tiempo adicional para sus clases presenciales o virtuales, pero es tiempo que no es de ocio ni tiempo libre”.

En el caso de Carolina, además de trabajar 8 horas, dedicarse a tareas del hogar al menos unas tres horas cuando sus dos hijos y su esposo ya están en casa, estudia a diario de forma virtual una nueva carrera que inició hace casi 3 años. A esto se suma lo que ella llama una pobreza doble en casa: “esto representa un doble sacrificio: siento que a veces hago doble trabajo porque estoy sacrificando a mi esposo y él nos está sacrificando porque no estamos compartiendo tiempo valioso. Lógico, nunca va a ser igual el tiempo al dinero, pero cuando alguno de los dos trabaja y no le pagan, el tiempo libre no es el mismo”.

Fernando, quien termina trabajando al menos 15 horas diarias, cuando tiene dos horas libres las dedica a cuidar a su mamá (adulta mayor de 65 años); la falta de tiempo y dinero le ha afectado en sus relaciones personales y proyección profesional: “siempre estoy colgado de plata y pocas veces puedo salir. A veces pienso que elegí mal mi carrera, pero estudiar algo más tampoco está al alcance de mi bolsillo y de mi tiempo”.
 

La investigación señala que el número de personas que componen el hogar sí incide en el porcentaje de trabajo no remunerado que se tenga para compartir: “quienes tienen menor porcentaje son los adultos mayores que viven solos, pues el 26,3 % de esta población sufre pobreza de tiempo. El caso más grave es el de un adulto con niños, pues estamos diciendo que el 49,5 % de las personas que viven en un hogar con esta composición sufren de pobreza tiempo”.
 

Agrega que “si se mira una pareja joven que se cambia de casa por comodidad o por temas culturales, la mayor parte del trabajo no remunerado recaerá en una persona del hogar, quien generalmente es la mujer: así el hombre va a seguirá realizando las mismas actividades que realizaba en su vivienda anterior, mientras que su compañera termina haciendo más trabajo no remunerado porque le toca”.

En algunos casos, las personas que tienen un muy buen sueldo prefieren trabajar más porque “su tiempo vale mucho y es bien pagado”, en vez de descansar.

Una pobreza que desemboca en problemas de salud

Carolina y Fernando tienen algo más en común: a los dos se les dificulta dormir y les cuesta concentrarse, no solo porque tienen en la cabeza sus deudas, sino también porque sienten que no tienen calidad de vida y tiempo libre que les permita hacerlo.
 

Diversos estudios apuntan a que la pobreza de tiempo también acarrea consecuencias para el estado de salud de las personas, debido a que el tiempo libre se puede utilizar para ejercitarse o para descansar. Un estudio realizado Spinney & Millward (2010)[2] sobre el tiempo y el dinero en Canadá, concluye que “la falta de tiempo libre contribuye a aumentar la posibilidad de sufrir obesidad debido al incremento en el consumo de comidas rápidas y la falta de ejercicio físico, teniendo en cuenta que hacer ejercicio contribuye a mejorar la salud física y mental, además de la calidad de vida”. Otros como McGinnity & Russell (2007) se basan en que la pobreza de tiempo tiene una estrecha relación con el estrés, especialmente en las personas empleadas en Irlanda, quienes cuidan de niños menores de 10 años.

Para Carolina, su diagnóstico fue depresión; para Fernando, fue burnout o síndrome del “quemado”, el cual se caracteriza por agotamiento físico y mental, falta de motivación, baja autoestima y nerviosismo.
 

El profesor Espitia destaca que “el ocio y el descanso de las personas contribuyen al fortalecimiento y a la formación de cada uno de los seres humanos, por eso se está pensando en reducir los tiempos de trabajo y con esto se piensa que podría aumentar el número de trabajadores que lograrían un trabajo formal. Sin embargo, no se piensa aún en los trabajadores independientes e informales”.
 

Por último, la magíster señala que estudios como este marcan el paso para seguir con investigaciones relacionadas con la pobreza de tiempo y las enfermedades físicas y mentales que causa, y, sobre todo, que “el Estado revise las cifras y la forma en que caracterizan estos estudios para ver más allá de la participación de la mujer en el trabajo no remunerado, porque esto ya es un problema de salud pública”.

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