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Extractivismo, violencia y desigualdad, factores de pobreza en la Amazonia

“La Amazonia colombiana, comprendida por los departamentos de Caquetá, Guainía, Guaviare, Putumayo y Vaupés, no se parece a ninguna otra región de Colombia, es un lugar mágico, selvático, multicultural y biodiverso: es otra Colombia. Es un lugar con mucho futuro y que merece ser cuidado y admirado”, asegura el empresario turístico Gustavo González.
 

Infortunadamente en esta zona del país no todo es bueno. La región, que comprende el 42 % del territorio nacional, tiene graves problemas sociales, económicos y medioambientales.


Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), allí el 45,8 % de los hogares presentan necesidades básicas insatisfechas, cifra muy superior al promedio nacional, que es del 27,7 %.


Así mismo, para el total regional –que incluye cabeceras, centros poblados y rural disperso–, el porcentaje de las personas que están en situación de “pobreza multidimensional”, la cual califica 1) las condiciones educativas del hogar, de la niñez y la juventud, 2) salud, trabajo y vivienda y 3) acceso a servicios públicos domiciliarios, se situó en 2019 en 30, 20,2  y 42,8 %, respectivamente.

El profesor Germán Ignacio Ochoa, director de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, asegura que factores como el modelo extractivista, el conflicto armado y la desigualdad han generado corredores de miseria, especialmente en las zonas urbanas.
 

Explica además que “el extractivismo ha permitido que actividades como la minería, la agricultura expansiva o la obtención de otros recursos naturales poco transformados pongan el riesgo el equilibrio de las formas de vida de sus habitantes”.
 

También está el conflicto armado en las zonas rurales, que constituye al menos el 45 % del territorio. Las disidencias de las FARC han asumido el control de zonas rurales especialmente en Putumayo, Caquetá, Vaupés y Guaviare que, según la Defensoría del Pueblo, buscan controlar las rentas ilegales derivadas del narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando, así como la obtención de exacciones ilegales provenientes de extorsiones a contratistas, comerciantes o transportadores. A esto se suman organizaciones de narcotraficantes, que también se enfrentan por el control de los corredores de salida de las drogas. 
 

Según el profesor Ochoa, esta situación genera desplazamientos masivos y la migración de las familias del campo a la ciudad creando cordones de marginalidad y asentamientos informales marcados por la violencia y el desempleo, y que repercuten en la informalidad de la economía, con actividades como el tráfico de pieles y de animales de diferentes especies.
 

En un informe con corte a agosto de este año, la Oficina de la ONU para Asuntos Humanitarios (OCHA) señala que en Colombia el desplazamiento masivo (comunidades agrupadas), además del individual, suman 82.000 personas este año.
 

El investigador de la UNAL precisa que a esta situación se sumó la pandemia por el COVID-19, la cual llevó al cierre de empresas, la eliminación de empleos, impuso límites al acceso a la educación y aumentó las brechas.
 

Las cifras son evidentes: según el DANE, en 2020 la tasa de desempleo para las 8 ciudades capitales de los departamentos de la Amazonia y la Orinoquia fue del 20,2 %, 5 puntos por encima del promedio nacional, que fue del 15,9 %. Entre 2019 y 2020 el porcentaje de inasistencia escolar en Vaupés aumentó del 9,8  al 56,6 %, y en Amazonas del 5,6 % al 41 %.
 

Además, las 30 empresas del Amazonas registradas ante el Viceministerio de Turismo, que derivan su sustento de estas actividades, tuvieron que cerrar sus puertas debido a las restricciones de ingreso durante la pandemia. 
 

“La situación empeora porque el Estado no está respondiendo a las necesidades de la población en términos sociales y ambientales, y entonces el futuro se vuelve incierto”, señala el docente. 

Por su parte la antropóloga de la UNAL Diana Rosas Riaño, magíster en Estudios Amazónicos, asegura que los graves problemas de la región generan una consecuencia que aumenta aún más la desigualdad: la necesidad de recurrir a la economía informal para subsistir, pues en especial los jóvenes y las mujeres que salen de las zonas rurales para asentarse en las urbanas como fórmula de subsistencia se vinculan a economías extractivas como la minería ilegal, el comercio de animales y la tala indiscriminada, entre otras.
 

“El Estado no ha logrado garantizarle a la población de la Amazonia algunas necesidades como la educación, que permita opciones diferentes de vida a la ilegalidad o la informalidad. Acceder a una universidad, por ejemplo, es difícil, hay mucha desigualdad y muchos llegan a la edad adulta con responsabilidades y terminan trabajando en las minas o vinculados a los grupos armados”, precisa la investigadora. 

El profesor Ochoa señala que la fórmula para mitigar la pobreza en la región Amazónica está en la educación, no solo en el campo de la formación sino también en el pensamiento crítico, en el emprendimiento, en las relaciones con los saberes tradicionales: “es necesario convertirla en una punta de lanza para mejores empleos y mejor calidad de vida”.
 

Mateo Estrada Córdoba, coordinador de Territorio, Ambiente y Cambio Climático de la Organización de Pueblos Indígenas de la Amazonia Colombiana (Opiac), considera que la solución para esta problemática está en desarrollar proyectos a largo plazo, para la próxima década, en vez de planes pequeños o coyunturales. “Es que no hay duda de que el gran problema de la Amazonia es la pobreza. Mientras haya pobreza, desempleo y falta de oportunidades habrá deforestación y minería ilegal”, advierte.
 

Una visión diferente 


Pero también está el argumento de que la pluralidad de este territorio exige que las mediciones que se hacen para generar estadísticas de pobreza nacionales se hagan con otro concepto en las regiones rurales amazónicas que tienen otras formas de vida: no construyen sus casas con ladrillos, la pesca y la caza todavía son fórmulas para la recolección del alimento, los ingresos no se miden por dinero sino por productos, etc.
 

Julio Roberto del Cairo, de la Corporación para la Investigación y el Desarrollo Agropecuario (Cindap), considera que “especialmente la zona rural amazónica no debería ser calificada en los índices de pobreza como los centros urbanos: allí predominan construcciones como las palafíticas, y no de cemento porque los ríos son una forma de vida y la cotidianidad gira en torno a ellos. Si una persona no tiene qué comer, pesca; si al vecino le hace falta algo, le ofrecen un racimo de plátano”.
 

Aunque admite que hay graves problemas que deben ser afrontados con planes integrales, asegura que la adopción de los hábitos de la sociedad nacional ha hecho que muchos, por ejemplo, dejen sus casas rurales y vayan a las ciudades, quedando atrapados en condiciones reales de pobreza.

Por su parte, el profesor Ochoa destaca que para algunas comunidades como los resguardos, los índices de calidad de vida deben ser medidos de forma diferente porque ellos tienen la tierra y los medios de producción que dan un diferencial sobre la pobreza medida en cuanto a lo qué tienen y producen; pero la baja incidencia de los Gobiernos en estas poblaciones, el abandono y la debilidad de su presencia, los hace vulnerables a graves crisis, relacionadas con el acceso a la salud y la producción sostenible.
 

Para la arqueóloga Rosas, las economías extractivas que se han vinculado a la región, y el capitalismo vinculado a ellas, hace que algunas veces se perciba a la Amazonia como pobre y subdesarrollada, cuando en realidad es rica en cultura y naturaleza. 

Lo cierto, y en lo que coinciden los estudiosos y diferentes sectores de la economía de la zona amazónica, es que se requiere un trabajo articulado, consciente, y que tenga en cuenta la multipluralidad de la región, que es única y determinante para el país. 
 

En medio de la discusión de la pobreza, la calidad de vida de los habitantes de la región depende de la capacidad de conservar los recursos naturales y la diversidad cultural, con políticas integrales que no ataquen los problemas de forma individual, sino transversal y, como reza el informe “Geografía económica de la Amazonia colombiana”, del Banco de la República, “con una visión territorial adecuada y más ajustada a sus circunstancias y realidad, de tal forma que se pueda planificar el desarrollo regional en concordancia con las potencialidades específicas locales”.

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