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El cuidado también es un proyecto de vida

Según la Cuenta Satélite de Economía del Cuidado (CSEC), publicada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) en 2020, del total de horas promedio anuales trabajadas por las mujeres en el periodo 2016-2019, el 60,3 % correspondieron a actividades de trabajo doméstico y cuidado no remunerado (TDCNR), mientras que en los hombres fue del 19,6 %.
 

La abogada Carolina Rosa Rincón Rincón, la magíster en Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), se centró en esta problemática en su investigación “Mujeres mayores: cuidado y proyectos de vida”, con el fin de contribuir al desarrollo de los estudios sobre vejez, género y cuidado, dando cuenta de la forma en que los trabajos de cuidado están presentes a lo largo del curso de vida y se relacionan con la construcción y ejecución de los proyectos vitales.
 

Partiendo de este objetivo, concluye que se debe tener una visión de las mujeres adultas mayores como cuidadoras activas, y reconocer su aporte al bienestar y al desarrollo económico de las familias a través de la ejecución de los trabajos que ellas realizan.
 

También advierte que es necesario desarrollar políticas efectivas sobre vejez y envejecimiento, que involucren la organización social del cuidado garantizando la prestación de cuidados de calidad y el reconocimiento y valor de este trabajo realizado por las mujeres mayores.
 

“Es importante que las políticas de organización social del cuidado garanticen a las personas cuidadoras un ingreso mensual, la disponibilidad de tiempos de descanso y la garantía del disfrute de los derechos pensionales. En términos generales se requiere una corresponsabilidad del cuidado que involucre al Estado, a la familia y a la sociedad en la redistribución de las labores de cuidado, concibiendo estas como un asunto social, como un asunto de todos”, señala la magíster. Esta investigación evidencia que por decisión propia o por circunstancias sociales o económicas, el cuidado es un factor que acompaña a la mujer a lo largo de su vida, y que debería ser recompensada más allá del bienestar que le puedan dar sus familias o quienes se convierten en sus cuidadores, sino con la posibilidad de ser independientes y terminar de realizarse como ser humano.
 

Según las proyecciones del último censo (DANE, 2018), para 2020 se estimó que en el país hay 6.808.641 personas mayores de 60 años, lo que representa el 13,5 % de la población colombiana igualmente proyectada. De ellos, se calcula que el 55 % son mujeres.
 

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En cuanto al número de adultos mayores que reciben pensión, según el DANE la cifra es de 2.134.314 de personas. Sin embargo, la vulnerabilidad de esta población es alta: apenas el 25,5 % de los hombres mayores de 62 años y mujeres de 55 están pensionados, lo que implica que el 74,5 % de las personas en esa franja de edad necesitarían apoyo para su mantenimiento.
 

Solo en Bogotá, si el trabajo de las cuidadoras se pagara, la cifra representaría el 13 % del PIB de la ciudad. (DANE 2020, análisis Alcaldía Mayor de Bogotá).

Testimonios de cuidadoras


El estudio se realizó a partir de las historias de vida y entrevistas a tres mujeres de diferentes condiciones sociales: Pilar, Graciela y María Angélica.
 

La historia personal, familiar y la situación económica de cada mujer determina el momento en el que se convierte en cuidadora.  Y pese a que haya otros proyectos personales, el cuidado siempre está presente.  “Para ellas su labor de cuidadoras se convirtió en un proyecto de vida, un proyecto que han compaginado con otras actividades y trabajos a lo largo de su vida.

Ahora, cuando quizá no tienen la energía suficiente para realizar esa tarea como antes, siguen haciéndolo, sin embargo, no perciben ninguna remuneración a cambio de su trabajo, y salvo una de ellas, la no existencia de una pensión de vejez es evidente”, explica la abogada Rincón.

Al igual que muchas otras mujeres, ellas piensan que solo son cuidadoras, desconociendo la envergadura de esta labor. Para ellas, cuidar es su vida. Eso las hace útiles a la sociedad y sentirse importantes para sus familias. Y aunque todas tuvieron que dejar sus planes durante la juventud y adultez, como estudiar, o trabajar, hoy día, a pesar de su vulnerabilidad económica, no se arrepienten”, puntualiza la investigadora.

Otro eje en común entre las mujeres participantes en la investigación fue la maternidad, considerada como un acontecimiento trascendental que las convirtió en cuidadoras de tiempo completo.
 

“Las entrevistadas coinciden en varios hitos del cuidado, por ejemplo, para las tres, la emancipación del hogar de crianza fue suceso de vital importancia, pues transformó sus proyectos de vida y las obligó a asumir nuevas obligaciones, entre ellas las responsabilidades del cuidado. Otro de los hitos del cuidado, que coincide en los tres casos, fue la maternidad, que, por supuesto implicó un cambio radical en sus proyectos de vida y reforzó los trabajos de cuidado como una obligación continua y permanente”, argumenta la investigadora.
 

Políticas efectivas


Una de las preocupaciones que revela la investigación es la falta de políticas para recompensar de manera justa a quienes dedican su vida a cuidar y la desigualdad que genera no reconocer el cuidado como un trabajo. Este último, “requiere verdaderas políticas sociales”.
 

“Para avanzar hacia el logro de unas verdaderas condiciones de igualdad social, no solo en el ámbito público sino también en el privado, es fundamental, romper con el mito de que “las mujeres no trabajan” y abandonar la idea maternalista del trabajo de cuidado, según la cual este obedece a una respuesta de los sentimientos producidos como consecuencia de la maternidad; así como de apartarlo del imaginario servil que lo acompaña y que le resta valor e invisibiliza la importancia que tiene para el desarrollo económico y social”, asegura.

En este punto, la profesora Yolanda Puyana, docente del Departamento de Trabajo Social de la UNAL, Sede Bogotá, coincide con la investigadora Rincón en que con esta actividad no solo se contribuye a mantener o preservar la vida de uno mismo y de los demás, sino que también se construye la riqueza de la sociedad.
 

“Hay que reconocer el cuidado como un trabajo, visibilizarlo, redistribuirlo y reducir la carga de trabajo de las mujeres. “Es necesario implementar políticas públicas efectivas que generen el valor correspondiente a esta actividad e incluir, por ejemplo, una mejor cobertura del sistema pensional que incluya en su visión el aporte de la economía del cuidado”, puntualiza la abogada Rincón.
 

“Yo soy muy laboriosa, ya no tanto porque las manos me flaquean, me duelen mucho. He tenido entradas de la costura, pero no tuve el espacio, el tiempo, porque cuidar de dos hijos no es fácil, y más cuando uno no cuenta con la ayuda de nadie… De lo que más me arrepiento es de no haber estudiado o mejor dicho de no haber trabajado, de no haber montado una microempresa de costura. No de haber dedicado la vida al cuidado de mis hijos, pues ellos son mi orgullo, me enorgullece ver las personas que son”.
María Angélica

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