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El COVID-19 y la industria farmacéutica nacional

Los colombianos se preguntan por qué en el país no se han presentado propuestas para el desarrollo y la producción de una vacuna contra el nuevo coronavirus sars-cov-2. La razón se encuentra tanto en la debilidad que tiene la base productiva como en la tradicional desidia de los diferentes gobiernos para canalizar recursos hacia el apoyo de la investigación científica y tecnológica, en particular desde hace tres décadas, cuando se abandonó la estrategia de crecimiento económico basada en la actividad industrial. ¿Existe alguna alternativa?


Hasta el estallido de la crisis de la deuda externa en la década de 1980, la industria farmacéutica química desempeñó un papel importante en algunos países latinoamericanos para proveer a su población de medicamentos en ciertas ramas de la actividad terapéutica.
 

No obstante, con la negociación de la deuda vinieron condiciones impuestas por la banca multilateral de apertura de las economías y levantamiento de la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones. Esto significó que México, Chile y Colombia abandonaran en distintos momentos el apoyo al desarrollo de una industria nacional, con lo cual empezó el marchitamiento del sector farmacéutico local. La excepción la constituyeron Argentina y Brasil, que además tampoco entraron en la onda de las negociaciones de tratados de libre comercio en la década de 2000.


En Colombia, el desarrollo industrial sufrió un retroceso desde comienzos de los años noventa, cuando empezó el proceso de apertura económica en el gobierno de César Gaviria. De participar con un 25 % del PIB y una porción similar en la generación de empleo nacional, rápidamente descendió a un 12 – 14 %, niveles no superados en las décadas posteriores. En esos términos se puede hablar de un fenómeno de “desindustrialización neta”, pero también relativa en algunos sectores, como el farmacéutico, por ejemplo, en el que muchos laboratorios internacionales salieron del país o se dedicaron a la comercialización, y muchos de capital nacional cerraron o fueron vendidos al capital extranjero.
 

Dependiente de importaciones


El gráfico 1 muestra la aguda caída del peso relativo de la producción farmacéutica en el país con respecto a la producción industrial total. Si se tiene en cuenta que la actividad manufacturera en su conjunto venía descendiendo, es claro que el desplome farmacéutico fue aún más profundo.

Como consecuencia, el sector depende cada vez más de las importaciones de medicamentos como productos finales, con mínima agregación de valor en procesos de empaque y distribución en el país, lo que configura una balanza comercial farmacéutica crecientemente deficitaria (gráfico 2).

Según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, el tamaño del mercado farmacéutico colombiano en 2018 era de 14,5 billones de pesos, que se abastece en un 58 % de producción en el país (8,4 billones de pesos) por parte de laboratorios extranjeros y nacionales.
 

La industria de origen local


En los años ochenta existían en Colombia alrededor de 300 laboratorios de capital nacional, pero paulatinamente fueron cerrando o siendo vendidos a laboratorios multinacionales, al punto de que en la actualidad el principal gremio que agrupa estas empresas cuenta con solo 19 afiliados.


Los laboratorios nacionales producen ciertos medicamentos básicos para abastecer el mercado, pero algunos también realizan procesos de producción (maquila) para laboratorios multinacionales. Estimaciones realizadas por la Fundación Ifarma indican que, en conjunto, los laboratorios de capital nacional cubren un 40 % de la producción local.


En el contexto internacional, desde décadas atrás se observa un continuo movimiento en la propiedad de los laboratorios farmacéuticos transnacionales, en procesos de fusión, de adquisición y de toma agresiva por algunas empresas, con lo que se constituye en un sector cada vez más concentrado. Estas empresas farmacéuticas se mueven en torno a la configuración de portafolios de patentes –fuente de grandes ganancias monopólicas– leitmotiv del modelo de investigación vigente en el campo de la salud.


Las prioridades de investigación quedan así marcadas por la rentabilidad, ligada a la amplia demanda de la población y esquema sanitario de los países sede de dichas empresas. En tales condiciones, cada vez es más difícil la emergencia de laboratorios de origen local que desarrollen productos para atender las necesidades en salud de la ciudadanía, por no contar con un marco institucional que le apoye en desplegar capacidades de producción, tecnológicas y de innovación.
 

Situación frente a la pandemia


La llegada de la pandemia del COVID-19 al país demostró la debilidad en que se encontraba su aparato sanitario para atacar de manera eficiente y eficaz un problema de salud pública que requería de un sistema de salud integrado, pero también de infraestructura productiva que respondiera a las necesidades que se generaron.


En este caso no se trata de escasez de talento humano. El país cuenta con personal científico y técnico capaz de adelantar la producción de vacunas; sin embargo, el aparato productivo y el de investigación, desmantelado por la onda neoliberal de los años noventa, como fue el caso del Instituto Nacional de Salud, no cuentan con las condiciones necesarias para desarrollar investigación que plantee la formulación y realización de una vacuna a lo largo de todas las etapas que ello requiere, su aplicación y permanente evaluación.


Para revertir esta situación se requiere de un cambio en las prioridades de la dirigencia nacional, en el sentido de plantear una estrategia de desarrollo científico y tecnológico, con los esfuerzos presupuestales que ello demanda. Mientras tanto, cabría utilizar recursos financieros existentes, como los del Fondo de Investigación en Salud, creado en 2001, que se alimenta de dineros provenientes del 7 % de las rentas obtenidas por la explotación del monopolio de algunos juegos de azar. Con esa base y el liderazgo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación se podría conformar un consorcio de universidades e institutos, con investigadores locales e invitados extranjeros. Incluso se podría pensar en el concurso de empresarios de la industria farmacéutica de capital nacional.


Nuevamente, como en muchos aspectos de la vida nacional, es menester que la voluntad política y la mentalidad estratégica vayan más allá del facilismo del momento (que no da para más que plegarse a esquemas de ganancia a través del mercado) planteando metas ambiciosas en busca de un proyecto que permita establecer la soberanía farmacéutica para el país.

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