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Doscientos años de statu quo y rentismo

El adagio popular dice que “ha corrido mucha agua bajo el puente”, y eso es lo que ha pasado en Colombia en estos doscientos años: se tiene menos territorio, más población, estándares de calidad de vida diferentes, niveles educativos más altos, esperanza de vida superior, el envejecimiento dejó de ser una excepción y hay más propietarios, entre otros cambios.

Sin embargo algunos factores de cohesión social, aunque no han cambiado, sí tienen un barniz de modernidad: el control del Estado; la rotación de las élites; la legislación a favor del lobby; la dinámica de las “fuerzas vivas” y la diversificación de sus negocios; la concentración de la riqueza y del ingreso; y el predominio de los privilegios y la promoción de las actividades captadoras de rentas.

Hace dos siglos el país era extenso, rural, poco poblado, mal educado, segregado y con fuertes diferencias tanto sociales como étnicas y en la estructura de la propiedad. El censo de 1780 mostró que el territorio era habitado por un poco más de un millón de personas, distribuidas en cuatro áreas geográficas dispersas, así:

i) El grupo más numeroso y extendido (cerca del 70 %) ocupaba la cordillera Oriental de sur a norte, desde el nudo de los Pastos hasta el Catatumbo, con incipientes núcleos urbanos en Pasto, Popayán, Santafé, Tunja, Socorro y Pamplona, conectados por senderos indígenas convertidos en caminos reales y luego en la vía Panamericana.

ii) Un puerto de entrada y salida de la región, Cartagena de Indias, conectado al río de la Magdalena y a grandes sabanales para llegar hasta Honda, con un probable 10 % de la población.

iii) Una región agreste y minera, Antioquia, basada en el oro, que comenzaba a extenderse hacia cultivos y ganadería de pequeños propietarios, en lo que se conocerá después como la “colonización antioqueña”, con otro 10 %.

iv) La región más desarrollada, con haciendas y cultivos tecnificados que usaban mano de obra esclava afro e indígena, al norte de Popayán, su capital, con el otro 10 %.

Aunque el libre comercio –ideal reformista de la Independencia– permite tener un buen surtido en los supermercados, no creó las condiciones para fortalecer la industria y acceder al conocimiento de la Cuarta Revolución Industrial.

El tamaño geográfico de la Nueva Granada era mucho más amplio que el de la Colombia de hoy, pero concentrado económicamente en cuatro áreas identificadas: la actividad principal era agrícola, con algo de pastoreo y artesanía, destinada a cubrir el mercado interno, mientras el nexo con el resto del mundo eran el oro y la minería, que pagaban las importaciones de bienes suntuarios, la compra de esclavos y los impuestos a la Corona.

Dos siglos de desigualdad

Las relaciones de poder eran consecuencia de la estructura de propiedad y los nexos familiares con los representantes de la monarquía española. Después de tres siglos de coloniaje, los descendientes criollos querían asumir el control sin perder las relaciones con la metrópoli (España), gobernar con el Rey pero sin él, y eso fue el grito de Independencia.

Detrás de ese grito estuvieron comerciantes criollos, prestamistas, dueños de haciendas y controladores de minas, cada uno en defensa de sus intereses y buscando ampliar sus actividades; de esos segmentos salió la oficialidad del ejército republicano, mientras la soldadesca la componían peones de finca, esclavos y aprendices de oficios, la mayoría analfabetos. Esas nuevas élites gobernaron manteniendo las relaciones de propiedad y segregación social.

Doscientos años después, el país tiene fronteras depuradas, sigue siendo extenso y sin control del territorio; los latifundios no han desaparecido y son la base de la estructura de propiedad en la tierra útil, mientras sus propietarios se volvieron comerciantes, industriales, banqueros y tenedores de licencias mineras, todo lo que originó la desigualdad en riqueza e ingresos.

Ahora somos 48 millones de habitantes mal contados, ocupando prioritariamente el 50 % del territorio, desde la cordillera Oriental hasta las costas, en más de 30 centros poblados de concentración urbana superior a las 100.000 personas y 6 que superan el millón.

Las actividades productivas se diversificaron y las relaciones con el resto del mundo se ampliaron, más comercio e intercambios de inversión. Aun así el país sigue siendo minero-exportador, pasando del oro mineral al “oro negro”.

Detrás de ese grito estuvieron comerciantes criollos, prestamistas, dueños de haciendas y controladores de minas, cada uno en defensa de sus intereses y buscando ampliar sus actividades; de esos segmentos salió la oficialidad del ejército republicano, mientras la soldadesca la componían peones de finca, esclavos y aprendices de oficios, la mayoría analfabetos. Esas nuevas élites gobernaron manteniendo las relaciones de propiedad y segregación social.

Las estructuras productivas y de personas ocupadas son asimétricas, los sectores financiero y minero, que son los que más participan en el PIB, son los que menos oportunidades de trabajo generan; los dos tienen una hipotética alta productividad, que no es otra cosa que la administración y explotación de unas rentas amparadas en la ley: las utilidades del suelo minero en función de concesiones y altos precios, y las rentas derivadas de tasas de intermediación elevadas, construidas con el prurito de actividad esencial, en la que los banqueros nunca pierden y los riesgos corren por cuenta de los ahorradores. Las normativas favorecen esas concesiones y le otorgan beneficios adicionales a los cuatro grandes “cacaos” del sector financiero, en el que no hay mayor competencia porque las ganancias son de ellos y las pérdidas se socializan.

País latifundista

La canasta alimenticia es resultado de la producción del minifundio; 6 millones de hectáreas con 3 millones de campesinos entregan el portafolio de frutas y verduras que nutren la mesa de los colombianos; de allí también salen la leche y la carne de los mercados populares.

El latifundio tiene ganadería extensiva y pastos, algunos son eficientes y hasta exportan, la mayoría espera que la tierra se valorice para venderla bien. Aunque el libre comercio –ideal reformista de la Independencia– permite tener un buen surtido en los supermercados, no creó las condiciones para fortalecer la industria y acceder al conocimiento de la Cuarta Revolución Industrial. En definitiva, Colombia sigue siendo un país de latifundistas ineficientes, comerciantes, banqueros prestamistas y explotadores de licencias mineras.

En estos doscientos años la estructura del poder se ha rotado entre las élites de esos mismos grupos y las mismas familias extendidas, con herederos de cada generación alternando entre las del Cauca, la agreste Antioquia y el Eje Cafetero, uno que otro cartagenero y las dinastías oriundas de la cordillera Oriental. Aunque todos posan de emprendedores y empresarios talentosos, la fuente del éxito es la puerta giratoria con el Estado, al que controlan de manera directa haciéndose elegir, o de manera indirecta financiando campañas y cobrando favores.

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