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Degradación, la otra cara de las chagras o suelos indígenas

Las comunidades indígenas de la Amazonia saben muy bien esto: aunque se esfuerzan por conservar su soberanía alimentaria, en algunas zonas han empezado a evidenciar grandes inconvenientes en sus chagras, es decir su sistema de producción tradicional, en el que se basa la mayoría de su acceso a la proteína vegetal. Allí siembran yuca –principal cultivo de los pueblos del Amazonas–, plátano y frutales, entre otros alimentos.
 

Así mismo, desarrollan su seguridad alimentaria según el acceso a los recursos naturales que tienen; por ejemplo si es una comunidad rural cuenta con una muy buena extensión de territorio en el que tienen sus chagras sin mayores problemas.
 

Así lo explica Miguel David Fajardo Cano, magíster y estudiante del Doctorado en Estudios Amazónicos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, quien ha estudiado los sistemas de producción indígenas asociados con la seguridad alimentaria de las familias indígenas de dicha región y señala que las comunidades rurales no solo tienen grandes extensiones de territorio, sino también el bosque.
 

Esto les permite recolectar frutos como el açai y el chontaduro, cazar insectos como los mojojoys en las plantas de aguaje –muy consumidos por las comunidades– y salir al río a pescar, entre una amplia gama de posibilidades. Eso pasa a menudo en comunidades rurales.
 

Pese a esto, el investigador Fajardo revela que con el tiempo las chagras han venido demostrando que, de alguna manera, necesitan de atención y cuidado como si fueran un ser humano. Por ejemplo, en el día a día el cuerpo humano necesita de buena alimentación, un descanso eficaz, buena hidratación, fuentes clave de energía y tiempo, entre otros factores, para tener un buen rendimiento y realizar todas las actividades cotidianas.
 

De igual manera, las tierras que son utilizadas para cultivos necesitan de unas condiciones básicas para funcionar. En el caso de las chagras hay tres factores claves: nutrientes, espacio y tiempo. Si esto no se sigue se puede afectar el proceso productivo y la tierra puede presentar degradación de suelos: al deteriorarse, no hay recuperación de nutrientes y se genera improductividad.
 

San Sebastián: el reflejo de una realidad


La comunidad indígena de San Sebastián –ubicada a 2 km del casco urbano de Leticia (Amazonas)– es la más pequeña del departamento, y ante los ojos de un visitante parecería camuflada. Su fachada es similar a la de un barrio rural: tiene casas de barrio urbano, un parque de juegos pequeño y su propia cancha. En la parte trasera de esas casas es donde más se refleja y se conserva toda una tradición, pues allí están las chagras, ese pedazo de tierra querido y cuidado pero que empieza a ser el reflejo de una crisis inminente: una tradición que se ve cada vez más disminuida a medida que escasean sus cultivos.
 

En este pueblo viven alrededor de 1.000 personas (unas 190 familias), las cuales cuentan con 58 hectáreas de tierra en total. ¿Mucho? ¿Poco? Por cada familia hay alrededor de 305 m2, menos que una cancha de baloncesto. Ese es un espacio aceptable siempre y cuando lo que se busque no sea conservar una sostenibilidad de alimentos propios, tradición que forma parte de la cosmovisión de estas comunidades.
 

Con este espacio ya no se puede pensar en tener estos periodos de rotación extensos y necesarios.

Esto ha empezado a traer un problema de degradación: como no se da una recuperación de nutrientes, los suelos empiezan a ser cada vez más improductivos. A raíz de esto, el plátano y el maíz son los principales cultivos que se pierden.

Así como San Sebastián, varias comunidades de esta zona han empezado a enfrentar el mismo fenómeno: las comunidades del kilómetro 6, de La Playa, de San Antonio de Los Lagos, de San José del Río. Con el tiempo se hará más marcada la degradación de los suelos, generando problemas en la sostenibilidad de este sistema productivo, y por ende un riesgo para su seguridad alimentaria.
 

La creación y el cuidado de una chagra

“Generalmente una familia en una comunidad tiene chagras de hasta 1 hectárea y puede tener en simultáneo hasta cuatro chagras. Estamos hablando de extensiones realmente grandes de tierra, las cuales disminuyen la producción después de tres o cinco años, por lo que las familias deben rotar a otros espacios”, explica el investigador Fajardo.
 

Estas condiciones básicas de funcionalidad han mostrado un debilitamiento de los nutrientes del suelo, especialmente en las comunidades periurbanas –o que están en una zona de transición entre lo urbano y lo rural–, pues no solo no tienen acceso a todos estos recursos naturales del bosque que se tienen en la ruralidad, sino que son comunidades con territorios pequeños y mayores poblaciones.
 

Ocupaciones mixtas


El Gobierno no ha tenido la presencia deseada. En el caso de San Sebastián, las autoridades departamentales iniciaron una asignación de territorios en espacios mucho más alejados (a unos 25 km de Leticia) para que puedan cultivar. Pero no todas las personas de esta comunidad tienen vocación 100 % tradicional: no todos se dedican a pescar, cultivar o hacer artesanías, por ejemplo. Son una comunidad periurbana que mantiene una relación mucho más cercana con la capital y no quieren ser abandonados en una tierra lejana sin acceso a los servicios básicos.
 

Por eso sus habitantes han optado por las ocupaciones mixtas o dobles, es decir que al tiempo que se dedican a las chagras se emplean en trabajos de jornaleo, construcción o poda entre otras ocupaciones en la ciudad, además de vender los productos de sus chagras, o artesanías.
 

“Empezamos a notar que ellos están dejando de ser totalmente autosuficientes respecto a la producción de su alimento y están garantizando su seguridad alimentaria mediante la adquisición de productos en el mercado local, que ya está relacionado con los recursos económicos que puedan conseguir fuera de sus territorios”, señala el investigador Fajardo.
 

Agrega que “aunque resalta la recursividad de las comunidades indígenas de la región, es necesario seguir trabajando en alternativas que les ayuden a conservar sus tradiciones. Para aquellos que quieran mantener los cultivos en sus chagras, es importante empezar a pensar en el uso de abonos orgánicos que ayuden a devolver nutrientes al suelo de una manera más acelerada. Si esto no pasa, llegará el momento en el que estas tierras no produzcan más alimentos”.
 

A partir de su investigación, el magíster recomienda dos alternativas: por un lado, un abono fosfatado, elaborado con 70 % de residuos vegetales y 30 % de residuos de pescado, en el que el pescado aporta fósforo, de los elementos más escasos en los suelos del Amazonas. Por otro lado está el compost vegetal, elaborado 100 % de residuos vegetales, que aporta importantes concentraciones de potasio y fósforo al suelo.

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