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Cumbre de las Américas: mucho ruido y pocas nueces

El contraste entre la novena y la primera edición de la Cumbre –realizada en 1994 en Miami– no podía ser mayor. En ese entonces, con el fin de la Guerra Fría Estados Unidos se planteaba como el campeón de la globalización; el libre mercado y la promoción de la democracia liberal a nivel planetario lo consagraban como la superpotencia mundial sin rival.

 

A su turno, Latinoamérica dejaba atrás las dictaduras militares y se aprestaba a seguirle el paso a la locomotora norteamericana abriendo sus mercados, optimista ante las perspectivas de un orden internacional organizado, próspero y pacífico.

 

Casi tres décadas después el escenario es el opuesto: las consecuencias nefastas del neoliberalismo, la deriva de las democracias tanto en el Norte como en el Sur, la rivalidad con potencias extrarregionales, y, más recientemente, la desestabilización económica resultado de la pandemia y de la guerra de Rusia en Ucrania, han dado lugar a un entorno de desconfianza, decepción y conflictividad en los vínculos hemisféricos. Revisemos brevemente cómo se vio reflejado esto en la reciente IX Cumbre.

 

Reparando los vínculos

 

Para el gobierno Biden, la Cumbre era la ocasión propicia para recomponer las relaciones con América Latina luego del turbulento periodo de la administración de Donald Trump. La política agresiva e intempestiva –particularmente con la construcción del muro con México, la política antimigratoria y el discurso xenófobo y discriminatorio– hizo mella en los lazos hemisféricos. De hecho, en 2018 el entonces presidente de Estados Unidos no asistió a la VIII Cumbre, celebrada en Perú. 

 

En 2022 el mensaje del madatario demócrata se concentró en propiciar la buena vecindad, buscar consensos y fomentar la cooperación en la resolución de problemas comunes: migración, medioambiente, salud e intensificación de los vínculos comerciales. 

 

Joe Biden insistió en el lugar central de Latinoamérica en la política exterior estadounidense y en su intención en dedicarle mayor atención. Sin embargo, pese a sus declaraciones, la realidad apunta en otra dirección: la Cumbre estuvo precedida por una gira de Biden en Asia, una muestra de que los esfuerzos diplomáticos y los recursos de la administración demócrata se concentran ahora en la región del Asia Pacífico; el imperativo es contener, y en lo posible revertir el ascenso de China. A ello se suman la guerra en Ucrania, las sanciones a Rusia y la ampliación de la OTAN, las cuales han copado la atención de Washington en los últimos meses.

 

El lugar secundario que ocupa América Latina en la agenda del actual gobierno estadounidense también se evidencia en el carácter intempestivo que terminaron por adquirir sus propuestas en la Cumbre. Hasta último minuto se fueron agregando temas sin que hubiera una ambientación previa ni un trabajo conjunto con los dispositivos diplomáticos en la región. Así mismo, la polémica desatada por la inconformidad de algunos países debido a la exclusión en el evento de Cuba, Venezuela y Nicaragua, contravino la intención de la Casa Blanca de presentar su mejor cara frente a los vecinos.

 

La rivalidad con China

 

Estados Unidos ha planteado como norte de su política exterior el lema “América está de vuelta” (America is back), y es apenas lógico que esté buscando reafirmar el liderazgo en su tradicional zona de influencia. 

 

La cuestión es que no se plantea una fórmula alternativa, sino que simplemente se refuerza la narrativa de la administración anterior, según la cual la presencia de China en la región es una amenaza, no solo para la hegemonía y los intereses de Estados Unidos, sino también para los países latinoamericanos. 

 

En efecto, la superpotencia viene perdiendo terreno ante la intensificación de los vínculos comerciales entre el gigante asiático y las economías más grandes de la región. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), durante el último lustro China ha invertido un promedio de 10.000 millones de dólares en América Latina. 

 

De igual manera, China se ha vuelto el principal socio comercial de Brasil, Chile y Perú, y el segundo socio de Argentina. En la actualidad, el 40 % de las importaciones en la región provienen de China.

 

Alianzas y estrategias

 

Durante la Cumbre, Estados Unidos lanzó varias propuestas que, en efecto, le apuntan a asuntos prioritarios en la región. Uno de ellos es la crisis migratoria, frente a la cual Washington se propone detener la ola de migrantes hacia su territorio e insiste en el reconocimiento de la responsabilidad compartida. Los 20 países participantes en la reunión firmaron una declaración en la que se comprometen a detener la migración ilegal, promover el desarrollo en las naciones expulsoras y brindar apoyo a los países latinoamericanos que acojan refugiados.

En lo concerniente a medioambiente y cambio climático, se planteó impulsar la economía de la energía limpia en el continente a través de la iniciativa de Energía Renovable para América Latina y el Caribe (RELAC), cuyo el objetivo es alcanzar para 2030 el 70 % de energía renovable en el sector eléctrico de la región. Se planteó también una alianza de Estados Unidos con los países del Caribe para paliar los efectos del cambio climático, buscando mejorar la seguridad energética y reforzar las infraestructuras críticas.

 

Con respecto al tema sanitario, el hemisferio ha sido la región del mundo con mayor afectación, con más de 2,7 millones de fallecidos por la pandemia, lo que significa más del 40 % de las muertes reportadas en el mundo. 

 

Durante la Cumbre se lanzó la idea de crear un plan de acción integral cuyo propósito es reforzar los sistemas de salud de la región, y que entre los países coordinen acciones para hacerle frente a emergencias en el futuro. Se busca que este plan esté definido para la próxima Cumbre y se pueda implementar en 2030. También se propuso crear la Fuerza de Salud de las Américas, con el fin de formar a 500.000 trabajadores en los próximos cinco años.

 

En relación con la recuperación económica, América Latina ha sido una de las regiones del mundo más fuertemente afectada por la crisis del COVID-19, no solo en relación con las perspectivas de crecimiento, la interrupción de las cadenas de suministro y la creciente inflación, sino también respecto al deterioro en las condiciones de vida de la mayor parte de la población; en los últimos años se ha profundizado la desigualdad y millones de personas han caído en la pobreza. 

 

Para paliar estos problemas se lanzó la Alianza para la Prosperidad Económica de las Américas con el propósito de reforzar las cadenas de suministro, fomentar la innovación en el sector público y privado, incentivar las inversiones y avanzar en la participación en la economía formal. Se supone que la financiación de estas iniciativas provendrá de los bancos de desarrollo regionales.

 

Ahora bien, ¿se podrán hacer realidad todas estas iniciativas? Como señalábamos al principio, el entorno internacional no podría ser más adverso: una grave recesión económica global parece inminente, y la exacerbación de la confrontación entre las potencias afecta sobre todo a los países en vías de desarrollo.

 

De igual manera, la inacción y la falta de consensos mundiales sobre cuestiones apremiantes como el cambio climático y la seguridad alimentaria nos ponen a todos en riesgo. Lo irónico es que, precisamente por ello, es aún más necesaria y urgente la cooperación entre los países americanos.

Consejo Editorial