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Comunidad de Quininí aprende a valorar sus reptiles y anfibios

Los herpetos (entre ellos anfibios y reptiles) no se destacan precisamente por ser los animales más carismáticos. La fobia hacia estos es la segunda más común en el mundo después del miedo a las arañas, lo que supone un reto para la conservación de la gran diversidad que habita el territorio colombiano, donde se han identificado 616 especies de reptiles (115 endémicas) y 835 de anfibios (367 propias).
 

Comprender las percepciones de las comunidades locales hacia las especies con las que comparten su territorio y su relación histórica con la naturaleza son el punto de partida para generar estrategias educativas que rompan la barrera del miedo.
 

Hacia ese horizonte se dirigen los trabajos que desde 2015 realiza el Grupo Estudiantil de Herpetología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) en la Reserva Forestal Protectora Cerro de Quininí, ubicada en el municipio de Tibacuy (Cundinamarca).
 

Antiguamente el Cerro estuvo custodiado por los indígenas panches, quienes veían en esta “montaña sagrada de la Luna” (quininí) un espacio de adoración a sus dioses. Hoy es considerado como uno de los corredores biológicos más importantes del país.
 

El territorio se caracteriza por tener un ecosistema de bosque húmedo premontano, bosques de niebla y de roble, 17 oC, condiciones húmedas y una altura que va de los 1.500 a los 2.130 msnm. Gran parte de los habitantes de la zona vive de los cultivos de café; de hecho, el municipio es denominado como la “joya cafetera del Sumapaz”.
 

En 2017, los biólogos Uber Rozo y Jherandyne Castillo realizaron un muestreo con el propósito de identificar las especies que habitan el Cerro. Los animales que componen la herpetofauna tienen hábitos diurnos y nocturnos, así que, para hallarlos, tuvieron que recorrer cafetales, quebradas y áreas boscosas en las que la comunidad había reportado su presencia. Asimismo exploraron debajo de la hojarasca, los troncos y las rocas, y en otros casos recurrieron a árboles y arbustos.

Recientemente, con el apoyo del Programa de Gestión de Proyectos de Bienestar Universitario y de la Facultad de Ciencias de la UNAL, los investigadores Juan Camilo Ríos Orjuela, Nelson Falcón Espitia, Alejandra Arias Escobar, María José Espejo Uribe y Carol Tatiana Chamorro Vargas, llegaron a la zona para adelantar uno de los primeros estudios de etnoherpetología del país, es decir, analizaron las relaciones existentes entre la comunidad y la herpetofauna.


Para ello, realizaron 43 entrevistas y encuestas cortas que les permitieron evidenciar, por ejemplo, que algunos habitantes de la región relacionan los anfibios con tradiciones mágicas y religiosas –como su uso para fabricar amuletos o incluso la implementación de intestinos de ranas para suturar heridas–, y que la percepción varía según el origen y el género de las personas, siendo más positiva en ambientes rurales que en urbanos, y entre hombres que entre mujeres.


Al respecto, el biólogo Juan Camilo Ríos, uno de los fundadores del Grupo de Herpetología de la UNAL y quien actualmente está cursando su maestría en la Universidad de Sao Paulo (Brasil), afirma que, “en términos generales existe una relación positiva entre las comunidades y la herpetofauna de la región; sin embargo, una persona que vive en la zona rural es más consciente del medio natural que lo rodea, ha aprendido a vivir con estos organismos y es menos propensa a hacerles daño. Aún así las mujeres tienden a tener un comportamiento más negativo hacia los anfibios, lo que las hace proclives a atacarlos”.


Para el investigador Néstor Falcón, del Laboratorio de Ecología Evolutiva de la UNAL, los resultados de estos estudios que se adelantan desde hace un lustro permiten evidenciar, de primera mano, la manera como los programas de educación ambiental de la UNAL en la zona están contribuyendo a cambiar ciertos comportamientos negativos entre la población más joven, que antes parecían normales e incluso eran percibidos como un juego, como por ejemplo, apedrear lagartijas.

Los investigadores mencionan que “durante el trabajo con la comunidad se les explican las características de los herpetos en la región, ya que alrededor de estos animales hay muchos mitos, y por lo general las personas que se encuentran con alguna serpiente asumen que es peligrosa y la matan”. En las actividades se resalta la importancia de los reptiles y anfibios en el ecosistema, ya que algunos sirven como indicadores de conservación o son controladores de insectos y de plagas como los roedores.
 

Trabajo con la comunidad


El estudio también mostró que la población desconoce la biología de los herpetos; por ejemplo, 33 personas clasificaron ranas y sapos como anfibios; otras 6 dijeron que eran reptiles, y 22 más manifestaron que no saben qué tipo de animales son.
 

En ese sentido, el biólogo Ríos comenta que “lastimosamente en Colombia y el mundo la mayoría de las veces el trabajo científico se queda dentro de la comunidad científica y no llega a las poblaciones rurales, que es donde se necesita y donde se toman decisiones sobre biodiversidad”.
 

Una de las razones por las que es importante conocer la biología de anfibios y reptiles es justamente por el cuidado que se debe tener con algunas especies. Aunque la mayoría de los encuestados saben de la existencia de ranas venenosas, solo 2 declararon que es posible encontrarlas en Colombia.

De igual manera, aunque todos los encuestados reconocieron que en la región hay serpientes venenosas, solo 21 dijeron saber cómo es el tratamiento médico asociado con las mordeduras, como el uso de suero antiofídico y el traslado a servicios médicos municipales.
 

Tener certeza sobre qué se debe hacer en estos casos es esencial, si se tiene en cuenta que la ocurrencia de este tipo de accidentes es muy común en el país –más de 5.000 eventos ocurren al año– por la diversidad de serpientes que existe. De ahí que sea un tema que se debe incluir en las campañas de sensibilización.
 

Se trata de debilidades y fortalezas que deben ser la base para establecer planes de conservación locales y regionales, con académicos, políticos y las comunidades del lugar que, como la de esta región, se han apropiado de su herencia biológica y cultural para protegerla con entidades como la Asociación de Protectores de los Recursos Naturales y del Ambiente de Tibacuy (Aprenat), que les abrió las puertas a los académicos de la UNAL para adelantar esta y otras investigaciones en curso.

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