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Colombia erradicaría plástico de un solo uso en 2030 ¿utopía o realidad?

Primero de enero de 2025. En las tiendas de barrio, los supermercados y las grandes superficies de Colombia ya no habrá plástico en las bolsas, los empaques de alimentos, las botellas, los filtros de los cigarrillos, los pitillos, ni en los envases de leche y aceite. En su lugar, las materias primas serán derivados de la yuca, el plátano, el arroz, la caña de azúcar y el fique, entre otros materiales de origen natural.

Este es el escenario que plantea el proyecto de ley, presentado por Harry Giovanny González y Juan Carlos Losada, representantes a la Cámara, “Por medio del cual se regula la fabricación, comercialización y distribución de elementos plásticos de un solo uso utilizados para el consumo de alimentos y bebidas”.

Con el objetivo de aterrizar la potencial ley en políticas públicas concretas, el proyecto contempla incluir en el Plan Nacional de Desarrollo, además, un enfoque de transición hacia modelos de economía circular, en los que el valor de los productos, sus materiales y recursos se mantienen durante el mayor tiempo posible y la generación de residuos se reduce al mínimo.

El representante González señala que “tenemos que encontrar incentivos para la investigación que nos permitan darnos a nuevos productos biodegradables. En ese sentido ya se ha avanzado, con los plásticos a base de la yuca, por ejemplo”.

En vez de degradarse, la mayoría de los plásticos se fragmentan y se van haciendo más difíciles de retirar de los océanos y ríos. Como microplásticos, estos residuos son ingeridos por los peces y pueden ingresar a la cadena alimenticia humana. Según la ONU, el 90 % del agua embotellada y el 83 % del agua de la llave contienen partículas de plástico, sin que todavía se sepa mucho sobre los impactos de estas trazas en el organismo humano.  

Sin embargo, la Asociación Colombiana de Industrias Plásticas (Acoplásticos) sostiene que la prohibición, para cualquiera de los productos estipulados en el proyecto de ley, representa un error, en la medida en que traería impactos ambientales y económicos negativos.

“Por ejemplo en el caso de la leche y el aceite, si se prohíbe el plástico, ¿en qué los vamos a envasar, en vidrio? En ese caso tendrían un peso mucho mayor y eso aumentaría las emisiones de CO2 en el transporte[…] Podrá haber sustitutos de algunas aplicaciones en otros materiales, pero seguramente van a tener implicaciones ambientales peores”, asegura Daniel Mitchell Restrepo, presidente de esta agremiación l.

El profesor Héctor Samuel Villada Castillo, vicerrector de Investigaciones de la Universidad del Cauca y quien lleva cerca de veinte años trabajando en materiales de sustitución, admite que los envases y empaques de estos insumos podrían costar hasta dos o tres veces más que los de plástico sintético. Pese a ello, sostiene que este precio extra es menor frente al que asume el planeta por la crisis ambiental provocada por el plástico.

El docente asegura que ya existen en el mundo alternativas sostenibles y a escala industrial de diferentes empaques, recipientes, vasos, platos, cubiertos y botellas. Estos productos, afirma, se están desarrollando con materias primas como la papa, el maíz, el sorgo, la yuca y el arroz.

Economía circular y prohibición

En vez de degradarse, la mayoría de los plásticos se fragmentan y se van haciendo más difíciles de retirar de los océanos y ríos. Como microplásticos, estos residuos son ingeridos por los peces y pueden ingresar a la cadena alimenticia humana. Según la ONU, el 90 % del agua embotellada y el 83 % del agua de la llave contienen partículas de plástico, sin que todavía se sepa mucho sobre los impactos de estas trazas en el organismo humano.  

En el informe “El estado de los plásticos: perspectiva del Día Mundial del Medioambiente 2018”, publicado por esta organización, se dice que los envases representan cerca de la mitad de los desechos de plástico de todo el mundo.

Los plásticos de un solo uso más encontrados son:

  • colillas de cigarrillos,
  • botellas de bebidas,
  • tapas de botellas,
  • envoltorios de alimentos,
  • bolsas de supermercado,
  • sorbetes y
  • agitadores.

Pese a esto, la administradora Alejandra Téllez, magíster en Medio Ambiente y Desarrollo de la Universidad Nacional de Colombia (UN) Sede Bogotá, asegura que la prohibición de las botellas plásticas no es la medida más efectiva por la función que cumplen estos productos, su costo y su potencial de reciclaje dentro de un sistema de economía circular.

“Las botellas de PET y sus tapas entran al ciclo del reciclaje fácilmente cuando se separan adecuadamente. Podemos utilizarlas, reutilizarlas o reciclarlas desarrollando otros productos con ese plástico. En la medida en que se prohíbe su uso, sin tener en cuenta la industria ya consolidada en producción y reciclaje, y sin tener opciones de reemplazo económicas, será más difícil que un proyecto de ley así logre acogida y alcance su cometido”, asegura la administradora, quien en 2011 elaboró un detallado análisis sobre la crítica situación debida a la contaminación por esta clase de productos, esenciales para la vida moderna. Asimismo, efectuó una revisión de las políticas públicas sobre el tema y evidenció que existen grandes retos para adquirir una consciencia más ecológica al respecto.

Según cifras de Fenalco de 2011, de las más de 6.000 toneladas de material que llegan a diario a Relleno de Doña Juana, en Bogotá, unas 840 toneladas son materiales plásticos, en su mayoría bolsas.

La magíster analizó un estudio adelantado por la Unidad Ejecutiva de Servicios Públicos (UESP) —actualmente Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP)— y la Universidad de los Andes sobre la caracterización y cuantificación de los materiales potencialmente reciclables presentes en los residuos sólidos de Bogotá.

En el estudio se estableció que en 2004, llegaban diariamente 5.200 toneladas de basura al Relleno Sanitario Doña Juana en Bogotá, de las cuales 3.588 (el 69 %) correspondían al sector domiciliario.

Según los resultados, en ese año llegaron 950 toneladas de material potencialmente reciclable. El 45 % (428 ton) correspondían a plásticos; el 23 %, a papel y cartón; el 15 %, a textiles; el 11 %, a vidrio; y el 6 %, a metales. De los plásticos que llegan al relleno, la mayor cantidad corresponde a PEAD (polietileno de alta densidad).

Cifras de Fenalco (citadas por la Secretaría Distrital de Ambiente en 2011) indican que, de las más de 6.000 toneladas de material que llegan a diario a dicho relleno, unas 840 toneladas son materiales plásticos, en su mayoría bolsas. Ante estas montañas de plástico, la administradora de empresas señala que las opciones más deseables son la minimización de residuos, la reutilización y el reciclaje. 

Para la magíster de la UN, en el proyecto se debería mantener la prohibición para “algunos” de los objetos en los cuales sería más fácil prescindir del plástico, como los pitillos, y resultaría más estratégico enfocarse en la responsabilidad extendida del productor para el caso de las botellas y los empaques de los alimentos.

“Tenemos que involucrar a las empresas de lleno en procesos de reciclaje y de cambio de hábitos de sus consumidores. Tenemos que hacerles entender a las compañías que su responsabilidad no se termina cuando venden el producto, sino que se mantiene hasta que este vuelve a la cadena productiva con el reciclaje o, si no es posible, cuando se hace una correcta disposición”, enfatiza.

El empresario Mitchell Restrepo también destaca la necesidad de promover en las empresas el concepto de responsabilidad extendida, y asegura que en Colombia y en el mundo se está avanzando en ecodiseño y tecnología para lograr que los empaques sean reciclables. Agrega que desde el gremio se trabaja en una campaña para sensibilizar a los consumidores sobre la importancia de disponer adecuadamente y separar sus residuos.

“Ya existe una solución en el consumo racional, la reutilización, y especialmente en el reciclaje. Las innovaciones en este campo se están dando a unas velocidades muy altas. Ahora, si se saca el producto del mercado no se va a llegar a esas soluciones porque no va a existir más el incentivo en el reciclaje. […] El camino es la innovación y no la prohibición”, argumenta.

Políticas para cada territorio

La magíster Téllez propone que el proyecto de ley permita que cada entidad territorial pueda aplicar medidas específicas de prohibición y de promoción de la economía circular de manera puntual, atendiendo las necesidades y condiciones del contexto local.

Agrega que en algunos municipios sería mucho más difícil establecer una política intensiva de reciclaje por la baja cantidad de material de residuos que habría disponible para reintroducir a la cadena productiva, por la dificultad para establecer plantas de aprovechamiento allí o por los gastos que significaría llevar el plástico a otros territorios debido a las distancias y a la falta de infraestructura de movilidad.

“En esos casos sería más pertinente prohibir el plástico en algunos productos y apostar por materiales alternativos. Un ejemplo de ello es San Andrés, en donde no hay planta de reciclaje y es costoso sacar el material de la Isla. En otros territorios sí sería mejor apostar por la economía circular”, asegura.

Aunque el representante González defiende la idea de que el proyecto de ley debe marcar una política pública nacional con unos estándares establecidos para todo el país, se muestra abierto a definir y concertar asuntos del proyecto con los diferentes actores involucrados.

“En las reuniones que hemos tenido no hemos notado una oposición radical por parte de comerciantes o industriales. Nos están pidiendo que el periodo de transición se concierte y que las alternativas que puedan surgir queden muy claras. […] Ese podrá ser de cinco, diez o quince años, pero no puede ser atemporal”, asegura.

La ONU, por su parte, manifiesta que esa transición hacia los materiales alternativos, al menos a nivel global, será un proceso largo. La solución a la crisis del plástico, sostiene, no es única ni genérica: “los Gobiernos, las empresas y los individuos desempeñarán un papel importante en el proceso de desenganchar a la sociedad de su dependencia a este material, que sigue causando estragos en el medioambiente”.

En algunos municipios sería mucho más difícil establecer una política intensiva de reciclaje por la baja cantidad de material de residuos que habría disponible para reintroducir a la cadena productiva, por la dificultad para establecer plantas de aprovechamiento allí o por los gastos que significaría llevar el plástico a otros territorios debido a las distancias y a la falta de infraestructura de movilidad.

Una visión más optimista frente a la transición hacia materiales alternativos es la del profesor Villada. Él afirma que estos insumos se pueden adaptar fácilmente a las tecnologías que por lo general se utilizan alrededor del plástico sintético, de manera que las empresas no tendrían que hacer grandes adquisiciones de maquinaria para ello.

No obstante advierte que los materiales “bio” deben ir acompañados por un proceso de capacitación del talento en las empresas, especialmente en los eslabones de transformación de las materias primas, de comercialización de los productos y de disposición final de los residuos.

Este es el caso de los sustitutos que se pueden reincorporar de vuelta al suelo para que allí se desintegren y sirvan como compost, proceso en el que resulta determinante contar con espacios y sustratos adecuados. “Hablamos de un ciclo de 360 grados, en el que [el material] sale de una planta, entra a un proceso de beneficio, se convierte en una materia prima y después de ser usado en diferentes sectores de la economía llega a una disposición final, se desintegra y se vuelve a incorporar al suelo”, concluye.

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