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Campesinos de San Isidro, ejemplo de defensa del territorio

Mediante un proyecto que combina lo estadístico y lo social, el estudiante Reinaldo Giraldo, del Doctorado en Agroecología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Palmira, lidera la creación de una ciudadanía ambiental que tiene como propósito la defensa del territorio campesino en dicho departamento. Como resultado, logró integrar el enfoque de las prácticas agroecológicas como forma alternativa de habitar, lo que dejó en la comunidad, entre otras cosas, un proyecto político que resalta los aspectos más característicos de la identidad campesina.
 

Entre 2010 y 2011, la comunidad de San Isidro fue tan duramente golpeada por la guerra, que un día, debido a los constantes enfrentamientos entre grupos armados, los habitantes del corregimiento huyeron hacia la zona urbana.
 

“Nosotros en comunidad decidimos abandonar el territorio por temor y por salvaguardar las vidas de cada una de las personas que viven acá”, cuenta Diana Patricia Uribe, habitante y presidenta de la Junta de Acción Comunal (JAC) de San Isidro. “Nos tocó abandonar todo el territorio, todo lo que veníamos construyendo, por un lapso de casi un mes; el corregimiento quedó en abandono absoluto, dejando todo así, como quien dice, a la suerte”, agrega.
 

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Sin embargo, a los campesinos colombianos no solo los amenaza la guerra, sino también el crecimiento económico y el afán por alcanzar una idea de progreso y desarrollo basada en el consumo y en la explotación de los recursos naturales les acompañan.


Según datos del Banco Mundial, en las últimas dos décadas la población rural en Colombia comenzó a disminuir de manera considerable, al pasar de 10.323.160 campesinos en 1999 a 9.543.470 en 2018, es decir una reducción de más del 7,5 % en 19 años.

Según este contexto, el doctorando Giraldo centró su investigación en la construcción de una propuesta de ciudadanía ambiental basada en prácticas agroecológicas de la Zona de Reserva Campesina de San Isidro.


Para el investigador, estos datos “tienen relación directa con los procesos de descampesinización en Colombia, pues las ideas de progreso y desarrollo actuales generan procesos de devastación, desilusión y destrucción de la madre tierra”.


Con dicha investigación se busca ayudar a que los campesinos se organicen con prácticas ecológicas y forjen una identidad basada en el cuidado y la protección del agua, el suelo, la biodiversidad y el manejo de lo que representa su cultura campesina. Tras la formalización de la figura territorial de Zona de Reserva Campesina, estas comunidades han buscado “habitar poéticamente como forma creadora para curarse desde lo colectivo de las herencias dejadas por la guerra”, resalta el investigador Giraldo.
 

Para la presidenta de la JAC de San Isidro, parte de esa cultura que se quiere rescatar se ve reflejada no solo en los relatos de cómo tuvieron que dejar sus tierras sino también cómo volvieron al territorio. Según cuenta, estando en el albergue, ya cansados y añorando sus tierras, decidieron reunirse con las autoridades para preguntar si les podían dar garantías para regresar: “solo queríamos volver, y si no teníamos ayuda nosotros lo haríamos ya bajo nuestra responsabilidad; no íbamos a dejar las tierras en un abandono. Los campesinos tenemos un arraigo a la tierra y a la producción, que es la esencia del campesinado”.
 

Con la firma del Acuerdo Final de Paz tuvieron un tiempo de tranquilidad; sin embargo, desde hace dos meses la tensión volvió a la zona porque “por el descontento que hay seguramente por parte de las FARC, hubo gente que regresó a retomar las armas… producto del incumplimiento por parte del Gobierno”, señala Diana Patricia, y agrega que solo queda acostumbrarse a convivir con esta realidad.

El trabajo y la lucha


Una de las luchas está relacionada con la construcción de una urbanización privada ubicada en La Buitrera (Palmira), la cual tiene dificultades con el agua: a los habitantes se les informó que una de las posibles soluciones para adoptar sería atravesar tuberías por su vereda para obtener agua de la quebrada Salsipuedes.

Pero la comunidad campesina se resiste, pues de esta quebrada sale el acueducto que abastece a los pobladores de San Isidro –cerca de 220 personas–, que trabajan arduamente para conservar la forma en la que tratan el agua. “Ellos cuidan las fuentes de agua, y a partir de ese cuidado se alimentan y se relacionan con ella sin necesidad de aplicarle cloro o de construir todo lo que implica la red de acueducto”, explica el investigador Giraldo.


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Para apoyar esas prácticas de defensa del territorio, el investigador trabajó cerca de dos años en la recolección de datos, visitas de campo y recopilación de información. Partiendo de ahí se da un proceso de construcción, concepto esencial en la investigación “acción-participación”, en la cual “el investigador no llega como experto a una comunidad a imponer una mirada desde el enfoque universitario y de investigación, sino que se discuten tanto los intereses comunitarios como los del investigador. Así se pudo concertar con ellos el trabajo”, agrega el doctorando.


Después de las reuniones se elaboraron indicadores y luego se aplicó análisis estadístico. Este proyecto de ciudadanía ambiental reúne en su metodología dos mundos que suelen caminar por rutas distintas: las ciencias exactas y las sociales. Aquí, estas se integran para el fortalecimiento de lo social y la transformación de la realidad de las comunidades rurales.


El proyecto también ha sido muy importante para la comunidad de San Isidro porque en un país donde la cultura campesina va quedando relegada, el campesino necesita de diversas herramientas y conocimientos para sobrevivir y salvaguardar sus territorios.


Como aprendizaje, les queda un grado de organización que permite gestionar sus territorios, cultura y recursos naturales. Además, un documento base que recopila información que no tenían plasmada, según cuenta la presidenta de la JAC. Y, más importante aún, les queda la certeza de que desde la academia también están trabajando para demostrar que existen formas alternativas y viables para habitar el territorio.


La comunidad rural pide ser escuchada, y el investigador nos guía a hacerlo pensando en que la naturaleza y lo humano son una misma cosa. Para él, esta es una unidad indivisible. Y es aquí donde nos deja un concepto clave en su intervención: la geopoética, que es “una forma de inscripción en la tierra y en la que la tierra también se inscribe en lo humano; donde la naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, y por su parte él también es naturaleza, entonces no hay forma de diferenciar entre uno y otro”, concluye.


Esa idea es la que deja plasmada con su trabajo con la comunidad de San Isidro y con la que busca darle valor a la Colombia campesina, desde el trabajo y el cuidado de la tierra.

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