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Bosques quemados de la Orinoquia: ¿volverán a ser los mismos?

Un equipo de investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) monitorea estos ecosistemas afectados por los incendios para determinar si podrán recuperarse y qué transformaciones sufrirían.
 

Si bien el equilibrio de los ecosistemas entre sabana y bosque también depende de ciclos que se benefician con el fuego, pues este impide el establecimiento de árboles en zonas de pastos, la corta periodicidad con que han venido ocurriendo está rompiendo el equilibrio natural.
 

Por ejemplo, en algunas sabanas donde se han dejado de presentar quemas se acumula el pasto, el cual actúa como combustible, por lo que en caso de presentarse un incendio se haría más intenso y con mayor probabilidad de propagarse hacia el interior del bosque, lo que dejaría a la mayoría de especies sin posibilidad de sobreponerse.
 

Así lo explica la ingeniera forestal María Constanza Meza, quien junto con la profesora Dolors Armenteras y la colaboración de Tania Marisol González, Inmaculada Oliveras, Jennifer K. Balch y Javier Retana, realizaron un estudio de los bosques de galería de la Orinoquia afectados por incendios.
 

La investigación muestra cómo la penetración de fuego que se presenta en los bordes hacia el interior de los bosques ha tumbado el mito de que estos –por su humedad– detenían las llamas. De igual manera, muestra que los incendios aumentaron la cantidad de árboles caídos o muertos en pie, que representan mayor combustible, haciendo los bosques más propensos a incendios de mayor intensidad, situación que se acrecienta en condiciones de sequía extrema o cambio climático.
 

Puedes escuchar: Un llamado por la conservación de servicios ecosistémicos en la Amazonia.
 

Otro de los cambios en la composición de estos ecosistemas se asocia con la respuesta positiva de algunas especies, como la Palma jauari (macanilla) o Caraipa llanorum (saladillo rojo), lo cual puede deberse a que después del fuego la palma pudo regenerar abundantemente y colonizar el área quemada, o, en el caso del saladillo, su corteza más gruesa actuaría como barrera de protección de los tejidos internos.
 

La investigadora Meza señala que los incendios generan unos efectos en cascada: se abre el dosel (copas) de los árboles, cambia el microclima, llegan nuevas especies, cambian los árboles frutales para la fauna, lo que también implica que algunos animales se vayan y otros lleguen, y todo esto se refleja en cambios en los servicios de los ecosistemas, como sucede con el ciclo hídrico.
 

Por su respuesta al fuego, los ecosistemas se clasifican en 3 grupos:

-    los que no están influenciados por el fuego, que son áreas muy frías con mucha humedad o afloramientos rocosos;

-    los sensibles, aquellos que cuando se presenta un incendio, así sea leve, sufren la mortalidad de especies –la mayoría de bosques amazónicos, andinos, y en general bosques húmedos; y,

-    los dependientes del fuego, como las sabanas naturales de la Orinoquia, que tienen una serie de adaptaciones según su frecuencia, extensión y magnitud.


Sobre este último, la investigadora aclara que aunque sea dependiente del fuego, esto no significa que se deba quemar todo el tiempo.
 

Monitoreo en Bojonawi


Los investigadores tomaron como área de estudio la Reserva Natural Bojonawi –de la Fundación Omacha– en el Vichada, donde en 2015 se presentó un incendio de dosel que afectó severamente el bosque de galería al extenderse desde el suelo hasta las copas de los árboles.
 

“Las llamas penetraron hasta 300 metros al interior de los bosques, algo que no es usual en estas áreas, por lo cual se perdieron muchas especies de plantas y se redujo su diversidad forestal. Sin embargo, las especies que sobrevivieron pueden tener un poco más de tolerancia en respuesta a esta perturbación”.María Constanza Meza.

Los cambios en las condiciones microclimáticas del bosque, que pueden darse porque al caer los árboles se modifican las condiciones de sombra aumentando la temperatura, también implican el establecimiento de nuevas especies que sí sobreviven a las nuevas características.
 

Equilibrio natural


Los paisajes de la Orinoquia presentan varias formaciones de sabana, inundadas de manera permanente y estacional, de llanura alta, bosques ribereños o de galería, bosques de palmeras y vegetación pantanosa.
 

La vegetación de sabana predominante está compuesta por gramíneas o pastos C4, especialmente de las familias Poaceae y Cyperaceae, en asociación con algunas plantas leñosas dispersas. Este ecosistema se puede considerar resistente al fuego, ya que se encuentra involucrado en su dinámica natural.


Puedes ver: Deforestación en el Caribe ha alcanzado niveles alarmantes.
 

“La susceptibilidad de los bosques a las llamas depende de su régimen natural de incendios y el estado en que se encuentran”, explica la investigadora Meza y agrega que, “por ejemplo, los más degradados, que presentan árboles más secos, tienen mayor vulnerabilidad”. A estas situaciones se suman las prácticas de manejo, que pueden propiciar estas conflagraciones.
 

En las zonas de transición sabana-bosque de la cuenca del Orinoco en Colombia y Venezuela, la intensidad del fuego es mayor porque en los bordes donde tienen mayor incidencia de los vientos la vegetación se reseca, de manera que en los primeros metros hay menos humedad y mayor vulnerabilidad a las llamas.

Parcelas en estudio


En la investigación se delimitaron 18 parcelas de vegetación de 0,1 ha (100 x 10 m) en tres condiciones diferentes de incendio posterior al ocurrido en 2015; 6 parcelas estaban ubicadas en bosques sin quemar, otras 6 en bordes quemados y 6 más en interiores quemados (a más de 100 m del borde).


Como evidencia del fuego se tomaron las cicatrices de quema identificadas visualmente en los troncos de los árboles. En cada parcela, el equipo investigador identificó todos los árboles maduros vivos y muertos (es decir, tallo muerto y sin rebrote) con un diámetro a la altura del pecho (DAP) menor o igual a 10 cm.


La presencia de árboles muertos en bordes quemados (21,76 %) casi duplica la del interior quemado (13,08 %), en tanto que la biomasa aérea (AGB) de los no quemados (176,9 mg/ha) fue más del doble que la de los bosques quemados del interior (74,4 mg/ha) y cuatro veces mayor que la de los bosques quemados en el borde (41,3 mg/ha).
 

Aunque las especies tolerantes al fuego en general presentaban cortezas más gruesas, densidades de madera más altas y mayor contenido de materia seca de las hojas, ningún patrón de respuesta al fuego se asoció solo con rasgos funcionales –características físicas y químicas–, detalla el equipo investigador.
 

A pesar de que la evidencia proporcionada en este estudio no es suficiente para concluir que el fuego contribuye a un estado estable alternativo, sí sustenta que provoca un cambio significativo en la estructura y composición de estos bosques, aseguran los investigadores.
 

El estudio destaca la importancia de implementar prácticas efectivas de prevención y extinción de incendios a escala de paisaje, ya que en el país solo se da la prohibición.


El trabajo llevó al grupo de investigación a plantear que el borde quemado del bosque de galería tiene una menor diversidad de tallos adultos sobrevivientes y una mayor riqueza de especies en regeneración inicial (de árboles, arbustos y pastos), que el bosque interior quemado y sin quemar.


“Más que prohibir, se debe hacer un manejo integral, lo que implica tener la base ecológica, caracterizar bien la dinámica de incendios, saber cuáles son las prácticas de incendios de las comunidades y así evitar que se pierda el equilibrio de los bosques de la Sabana”, señala la investigadora Meza.


Por último, recalca que existe una clara necesidad de adelantar estudios detallados para cuantificar la extensión de estos bosques de galería, y ciertamente para monitorear si se están contrayendo o cambiando a otro estado.


Consulta aquí la investigación completa: 
https://www.researchgate.net/publication/348839833_Fire_threatens_the_diversity_and_structure_of_tropical_gallery_forests 

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