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Arrecifes coralinos blindan y alimentan a San Andrés

Los arrecifes protegen la vida de unas 75.000 personas que habitan las islas y el territorio mismo, pues actúan como una fortaleza que envuelve la estructura insular, y también como una reserva de peces para la alimentación de sus habitantes.
 

Desde 1997, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe evalúa la ecología y los recursos pesqueros dentro de un programa de investigación que incluye la valoración de los servicios ecosistémicos, enfocándose en la protección costera y la seguridad alimentaria que garantiza el arrecife.
 

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los servicios ecosistémicos son los muchos beneficios que la naturaleza le aporta a la sociedad mejorando su salud, economía y calidad de vida; ejemplo de esto es que proporciona alimentos nutritivos y agua limpia; regula las enfermedades y el clima; apoya la polinización de los cultivos y la formación de suelos, y además ofrece beneficios recreativos, culturales y espirituales.
 


Arrecifes guardianes


A pesar de ser un referente turístico, en 2020 no solo se desconoce la importancia geoestratégica, económica y ecológica del único departamento insular del país, sino también el valor de los servicios que prestan sus arrecifes coralinos, los cuales representan el 77 % del territorio colombiano.


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Por estar ubicado en un sitio vulnerable a huracanes y tormentas tropicales en el Caribe, la barrera coralina del Archipiélago es la primera línea de defensa para frenar el ímpetu de las olas, protegiendo tanto la vida humana como el territorio. No obstante, estas estructuras naturales de protección no se han cuantificado funcionalmente.
 


Por eso en 2017 el biólogo marino Julián Prato –en su proyecto de tesis para el Doctorado en Ciencias - Biología, línea Biología Marina, de la UNAL Sede Caribe– planteó tres líneas de investigación sobre los efectos y la importancia de la complejidad de la barrera arrecifal (rugosidad) para proveer servicios ecosistémicos de protección costera, para lo cual se instalaron sensores que miden la altura de la ola dentro y fuera de la barrera coralina y así poder cuantificarla.
 


“Llevamos tres años midiendo en campo cómo olas de 4 m quedan de 50 cm, reduciendo casi en 95 % su energía al chocar con el arrecife. Con el fin de predecir posibles escenarios, aplicamos modelos para evaluar la atenuación del oleaje o la altura de las olas y entender mejor cómo la barrera coralina disminuye su energía”, explica el doctorando Prato.
 

Por su parte el ingeniero civil Juan David Osorio, magíster en Recursos Hidráulicos y doctor en Ciencias del Mar de la UNAL Sede Medellín, adelanta desde 2019 su proyecto de posdoctorado1 con San Andrés como caso de estudio, el cual “busca desarrollar y aplicar metodologías que mejoren el entendimiento del rol de los arrecifes frente a la acción del oleaje y sus servicios ecosistémicos, entre ellos –desde el punto de vista físico o hidrodinámico– cómo las barreras de coral ayudan en la protección costera, reduciendo la erosión o nivel de inundación”.
 

El hecho de identificar la barrera de San Andrés como una estructura capaz de disipar la energía de las olas en un alto porcentaje –más del 95 % en la barrera– favorece la idea de apoyar proyectos de restauración que contribuyan a tener un arrecife sano: “esto garantiza la posibilidad de contar con un sistema de playas más sano, menos erosionado, lo cual implica aumento del turismo”, agrega el investigador David Osorio.
 


Así mismo, el profesor Andrés Osorio, de la UNAL Sede Medellín –director de la Corporación Centro de Excelencia en Ciencias Marinas (CEMarin) y director de tesis del doctorando David Osorio–, manifiesta que con estas investigaciones se empieza a entender cómo las dinámicas de flujo de las olas actúan sobre el coral que configura el arrecife.


“El hecho de que exista el coral hace que las olas rompan sobre la estructura natural con mayor turbulencia y generan mayor liberación de energía creando un primer servicio: atenuación de las olas. Si hubiera un evento extremo como un huracán y el arrecife no existiera, las olas inundarían la costa y los daños sobre esta serían mayores”, indica el profesor Andrés Osorio.
 

El proyecto de complejidad estructural de los arrecifes en San Andrés pretende medir y modelar tanto las variables climáticas –en este caso las olas y el nivel del mar– como las corrientes, para determinar cómo interactúan con el arrecife.


“Tenemos que medir la batimetría o topografía del fondo del mar, estructura y forma del arrecife, especies que están ahí, y cómo interactúan con el oleaje, el nivel del mar y las corrientes. Lo complementamos con modelado matemático para entender este gran contexto de servicios ecosistémicos, pero nos concentramos en entender la física matemática de las olas y corrientes alrededor de un arrecife”, agrega.
 

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Arrecifes que dan de comer


La segunda línea de investigación del doctorando Prato aborda la biodiversidad y la provisión de alimentos, la cantidad de peces (o biomasa de peces) que hay en los arrecifes según ciertas condiciones, de ahí la importancia social y natural de los ecosistemas. También trabaja en analizar cómo los arrecifes con cierta rugosidad –con mejor condición de salud– proveen más refugio e implican más disponibilidad de pescado y mayor provisión de alimentos para consumo o comercialización.
 

 

 


“Cuando los arrecifes están sanos son más complejos, forman estructuras tridimensionales como rocas y cavidades, y los corales proveen refugio a muchos organismos como peces y langostas; con el deterioro, el arrecife se aplana o se muere y empieza a erosionarse, haciendo que  esos refugios se pierdan”, señala el investigador.
 


Invertir en arrecifes dadores de vida


La tercera línea de investigación del doctorando Prato es la valoración económica de servicios ecosistémicos del arrecife, la cual es codirigida por el profesor Peter Schuhman, de la Universidad de North Carolina (Estados Unidos).
 


En este aspecto, el investigador se enfoca en explicar cuánto es el aporte a la economía y al bienestar humano de esos servicios, de tener unas barreras coralinas en buen estado: “cientos de empresarios se benefician y miles de empleos en el archipiélago se generan gracias a esos servicios”.
 


“En este punto se evalúa cuál es el beneficio real para las comunidades, ya que cuando se reconoce puede influir más en la toma de decisiones para que se invierta más en proteger eso que da alimento. ¿Por qué invertir en proteger un arrecife de coral? Porque nos da la vida; en la medida en que no protegemos los ecosistemas, perdemos vida, perdemos humanos”, concluyó el investigador Osorio sobre este trabajo realizado con el apoyo de Colciencias, la UNAL Sede Caribe y la financiación de la corporación CEMarin.


La profesora Adriana Santos Martínez, directora de la UNAL Sede Caribe, señaló que “las ciencias del mar son cruciales para el futuro de la humanidad; viene la Década de los Océanos (2021-2030) y la Misión de Sabios en este tema, debemos crecer la comunidad académica de la Universidad Nacional dedicada a estos temas”.


Además destacó que con el programa buscan valorar los servicios que aportan los ecosistemas costeros, de playa, manglar, pastos marinos, oceánico y arrecifes, desde una mirada integral y multidisciplinar que articule la ciencia, para hacer propuestas como esta, de manejo sustentable.

 


1 “Estudio sobre la complejidad estructural de los arrecifes y su interacción con las variables físicas y los servicios de protección costera ante escenarios de variabilidad y cambio climático. Caso de estudio: Isla de San Andrés”.

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