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La economía activa es la de los trabajos de los cuidados

En la segunda parte trato de la importancia y necesidad de reconocimiento y valoración de los trabajos del cuidado y de la urgencia de que todos promovamos cambios trascendentales, sin que por ello estas reflexiones se constituyan en una agenda que, entre otras cosas, está por construirse.

La economía no está completamente paralizada, la economía está activa en parte, principalmente en las casas y eso se puede y debe contabilizar. Los trabajos que se están haciendo en las casas, principalmente por mujeres, son las que las economistas feministas han solicitado que sean reconocidas tanto desde el punto de vista económico como del reconocimiento social y su inclusión en las Cuentas Nacionales.
 

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En Colombia algo se ha logrado en este sentido, pues el 10 de noviembre de 2010, se aprobó la Ley 1413, por medio de la cual se regula la inclusión de la economía del cuidado en el sistema de cuentas nacionales, pero esto no ha significado verdaderos avances en la valoración de estos trabajos, a pesar de que la primera medición en Colombia, realizada por el Dane entre 2013 y 2014 (DANE, 2014), arrojó que “las actividades de cuidado realizadas por terceros equivalen al 19 % del PIB, muchísimo más que las contribuciones al PIB de sectores como el agrícola, 6 %, y el industrial, 11 %, y aun superior al aporte del sector financiero, 18 %” (López Montaño, 2017).
 

Si esto era así antes del confinamiento obligatorio, ahora debe haberse multiplicado varias veces, lo que significa que ahora más que antes los trabajos del cuidado están produciendo aportes al PIB bastante significativos.


Por otra parte, el ciclo del proceso económico incluye la producción, el intercambio, la distribución y el consumo1. La producción es consumo y el consumo genera producción. La producción requiere del consumo de materias primas para efectuarse y el consumo al realizarse genera producción; así, por ejemplo, el consumo de los hogares produce la fuerza de trabajo que se necesita para producir los bienes y servicios.
 

En la cuarentena, además de estarse consumiendo alimentos, ropa, electrodomésticos, servicios públicos y sociales, se está produciendo la fuerza de trabajo que se requiere para hacer los trabajos del cuidado, la educación virtual, el teletrabajo, el trabajo sanitario y el de distribución de bienes, aunque mucha de esa fuerza de trabajo no esté siendo utilizada en los otros sectores productivos por las restricciones sanitarias.
 

Pero también se está intercambiando, en algunos lugares, incluso en forma de trueque, y se está garantizando la distribución de los insumos que se requieren en los hogares con ingresos suficientes para comprarlos hasta cierto nivel.
 

Esto también significa, desde el análisis del proceso económico, la economía no está parada completamente porque se está produciendo, consumiendo, intercambiando y distribuyendo en función de las actividades básicas para el mantenimiento de la vida. En consecuencia, cualquier cambio en la economía o en las transformaciones que se tienen que hacer en la economía, tendrá que incorporar el reconocimiento y la valoración de los trabajos de los cuidados, tanto los hechos en casa como los que se hacen fuera de ella, como primordiales en el funcionamiento de un nuevo Acuerdo Social-Ambiental en el mundo que reemplace al actual orden económico mundial.
 

Todos podemos ser promotores de cambios trascendentes


Quizá la quietud, las restricciones y hasta el aburrimiento que nos impone la cuarentena, no nos permitan ver la gran oportunidad de cambios inéditos que tenemos por delante. Ya en América Latina y el Caribe en 2019 se estaban intensificando los estallidos sociales masivos por transformaciones económicas y políticas, entre ellos los de Haití, Puerto Rico, Perú, Ecuador, Bolivia, Chile y Colombia. Estos, aunados a las sucesivas protestas, marchas, paros, huelgas e intervenciones políticas desafiantes del statu quo que hicieron las comunidades afrodescendientes y los pueblos negros de las Américas, los pueblos originarios y el estudiantado, además de la movilización internacional de las mujeres por sus derechos, contra la violencia machista y por la defensa de la vida y los territorios, permitían augurar un 2020 de conflictividad social intensa.
 

A partir de la pandemia se hacen predicciones sobre el empeoramiento de las condiciones de la mayoría de la población del mundo. Estos análisis prevén la puesta en escena de las peores armas del sistema mundo capitalista moderno/colonial (imposición del fascismo social difuso, aumento del militarismo y vaciamiento de las democracias) y el triunfo del pseudosocialismo chino en la carrera tecnológica que garantiza su hegemonía en un nuevo orden mundial.
 

A su vez, esto implica poner en juego para el mundo el modelo de control social de ese país que va desde millones de cámaras que vigilan a las personas hasta el diabólico sistema de “crédito social” que otorga y quita puntos según el comportamiento correcto de sus ciudadanos (Zibechi, 2020) lo que no es más que el aumento del control autoritario sobre las personas con el uso de nuevas tecnologías.
 

Es posible que tengamos que pasar por estos y otros escenarios, pero lo que definirá el futuro de la humanidad en el largo plazo son las acciones, apuestas y movilizaciones de la mayoría de los seres humanos, que como nunca estamos enfrentados a una crisis de esta magnitud en simultáneo, por lo que tendríamos causas comunes a las que buscarles soluciones colectivas en el mismo horizonte de tiempo.
 

Aprovechar esas condiciones nos da la posibilidad de crear formas compartidas de producción de vida, propiciar “la política de lo común”, que como lo concibe Federichi (2017), se refiere a personas interrelacionadas que habitan un ambiente del cual dependen. 
 

Es necesario poner en juego la acumulación de experiencias ganadas y la creatividad desplegada por los pueblos en movimiento a las que hacía referencia más arriba para proponer medidas colectivas, pero también para auditar el uso de los recursos públicos. “La batalla por lo público no es sino batalla por la redistribución de la riqueza” y en estos momentos debemos estar alertas sobre el destino y el monto de los gastos sociales, que deben conllevar a una reorganización necesaria y urgente del destino de los fondos públicos y de reorientación de la estructura tributaria”.
 

En este sentido algunos jefes de estado o presidentes han aplicado medidas de apoyo a la población que podrían considerarse de corte keynesiano, pero que los empresarios consideran insostenibles.


El falso dilema entre privilegiar la economía por encima de salvar vidas ha tenido consecuencias nefastas en aquellos países que optaron por la primera (Estados Unidos, Brasil y México, entre otros).  En realidad, son pocos los países que han asumido a fondo el compromiso de poner a su población en condiciones de aguantar la cuarentena porque no basta con decretar el aislamiento para toda la población dadas las tremendas desigualdades de clase, género, étnico/raciales, sexualidades diversas, procedencia nacional, religiosidades no hegemónicas, edad y muchas más, que no permiten efectividad en la aplicación de medidas homogéneas para condiciones diferentes. 
 

La cuarenta ha hecho estallar en la cara a quienes no querían reconocerlo las precarias condiciones de vida, trabajo y vivienda que soporta la mayoría de la población en América Latina y el Caribe, en donde, el 10 % de la población más rica concentra el 71 % de la riqueza2.
 

La explotación, desposesión y exclusión a la que ha estado sometida históricamente la población racializada en general y en particular la mayoría de las mujeres y las personas LGTBI, explica por qué son estos sectores los que están padeciendo más cruelmente las consecuencias de la cuarentena. Para quienes viven del trabajo informal quedarse en casa representa no tener ingresos para vivir el día a día.
 

Por las condiciones previas de discriminación de las mujeres, que llevan en muchos casos a la violencia física, psicológica, económica y patrimonial, para muchas de ellas, las casas no son un refugio donde pasar seguras el aislamiento preventivo. Los informes de las oficinas encargadas de atender estos casos en América Latina y el Caribe registran que se han multiplicado las denuncias por acoso, abuso, violaciones y demás formas de violencias de género, por lo que son urgentes las medidas para atender esta población.
 

En este contexto, a nivel internacional se abren paso las ideas de garantizar la Atención Médica Universal (AMU) y el Ingreso Básico Universal (IBU), o Renta Universal Básica (RUB). Esta última consistiría en aplicar un derecho para que cada persona desde su nacimiento reciba un aporte del Estado para cubrir en buenas condiciones sus necesidades. Se debería comenzar por aplicar esta medida a la población a la que históricamente se le han violado sus derechos, a partir de realizar análisis interseccionales de las necesidades para aplicar medidas que garanticen la equidad social, étnico/racial y de género, priorizando la atención a casos de vida o muerte como el de las mujeres y personas cuyas vidas corren riesgo en sus casas.
 

Garantizar el IBU podría ser el comienzo de una reestructuración que además conlleve a una redistribución de los ingresos en cada país, pero de igual manera, a una “reformulación radical de las relaciones Norte-Sur, en el marco de un multilateralismo democrático, que apunte a la creación de Estados nacionales en los cuales lo social, lo ambiental y lo económico aparecen interconectados y en el centro de la agenda”.
 

Podríamos empezar con la aplicación desde ya de la propuesta del gobierno de Costa Rica, avalada por el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, de “crear un conjunto de derechos para pruebas, medicamentos y vacunas, con acceso gratuito o licencias en términos razonables y asequibles para todos los países”
 

Ciertamente, en la respuesta coordinada a escala internacional de la pandemia y en el uso común y gratuito de la vacuna y medicamentos para contrarrestar el Covid-19 tendremos la primera prueba de hacia dónde nos encaminamos en la disputa abierta por el futuro de la humanidad.
 

La disposición, el compromiso y la generosidad de todas y todos cuenta para que el desenlace de la crisis sea a favor de que la vida, la paz, la equidad y la sustentabilidad imperen sobre la Tierra. Cada aporte personal cuenta. Tú, que has llegado hasta aquí conmigo, ¿qué propones?, ¿qué estás dispuesto a hacer? ¡Toma tu antorcha y adelante!

 


1 Estas cuatro fases del proceso económico son articulaciones de una totalidad, diferenciaciones de una unidad, que tienen un continuum que debe ser considerado al analizar cualquiera de ellas.

2 “Calculadora de la desigualdad” elaborada por la confederación de oenegés Oxfam y el portal peruano de periodismo de investigación Ojo Público, en América Latina y el Caribe, Citado por Rosa Muñoz Lima (2019).

Perfil

Yusmidia Solano Suárez

Profesora de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), Sede de La Paz. Investigadora social, magíster en Economía Agraria y doctora en Estudios de Mujeres y Género. Integrante de la Colectiva Feminista Emancipatoria, de la Red de Mujeres del Caribe y de la Red de Profesoras Universitarias.