Escudo de la República de Colombia Escudo de la República de Colombia
Periódico UNAL

Resultados de Búsqueda:

Periódico UNAL
Emocionalidad y elecciones: una discusión

En el contexto de los procesos electorales se da con mucha frecuencia una discusión con respecto a la comunicación entre candidatos y electorado, sobre lo que es más eficaz para obtener el respaldo ciudadano. Este debate, latente o explícito, no es el único en este escenario.

En el contexto de los procesos electorales se da con mucha frecuencia una discusión con respecto a la comunicación entre candidatos y electorado, sobre lo que es más eficaz para obtener el respaldo ciudadano. Este debate, latente o explícito, no es el único en este escenario.

 

Los publicistas de los candidatos, por lo general empíricos, asumen desde su propia perspectiva que es lo mismo “vender” un producto que un candidato, y aunque en los dos casos este lenguaje puede tener elementos comunes, en el segundo hay un tema de fondo, y es que se trata de la democracia y de la construcción de ciudadanía, lo que ubica de una manera distinta los procesos publicitarios. 

 

Claro, si la intención es simplemente “vender” y obtener un resultado electoral apelando a emociones básicas, quizá tengan razón algunos de esos personajes publicitarios. Pero en un proceso de decisión democrática para definir quién y cómo dirige una sociedad hacia determinados objetivos, haría falta un poco más de responsabilidad social.

 

La transmisión política es compleja porque tiene tanto de emocionalidad como de racionalidad, es adecuada en la medida en que no se reduce simplemente a la emocionalidad, ni tampoco es pura racionalidad. Sobre esto hay fuerte controversia. Por ejemplo, en 1974 el periodista norteamericano Joe McGuinnis escribió el libro (¿denuncia?) Cómo se vende un presidente, una deliciosa y atrevida crónica sobre cómo se construye desde lo banal un artificio para ganar una elección presidencial (en este caso el personaje era Richard Nixon). 

 

A partir del éxito de este libro ha existido una fuerte polémica sobre el papel de la emocionalidad en las decisiones de los votantes en las democracias, y si se trata solo de vender imágenes construidas. Por ejemplo, en 2016, cuando el propio gerente de la campaña del NO en el plebiscito por el Acuerdo Final de Paz informó que con el asesoramiento de un publicista brasilero se logró “enverracar” a buena parte de los votantes contra el Acuerdo, no importaba si fueran mentiras o exageraciones. 

 

A propósito de esta polémica entre emocionalidad y racionalidad existen interesantes posiciones, entre ellas la del escritor canadiense-estadounidense David Brooks –columnista en The New York Times–, quien en su libro El animal social (2012) sostiene que “la política es emocionalidad construida desde lo social y cultural”.

 

En entrevista con el diario La Vanguardia, de Barcelona, el especialista en política afirma: “aunque la política afecta la manera como viven las personas, su efecto es secundario. Las principales cosas que modelan nuestras vidas son sociales y culturales. Nuestra moral, nuestra psicología, es mucho más importante que lo que haga un político. Si se quiere explicar la movilidad social, o cómo se estructura el matrimonio, o cómo se estructura la vida de una persona –si tiene éxito, si es feliz o infeliz–, un 10 % es política y un 90 % es cultura, tradición, genética [...]”.

 

Señala además que: “lo que podría quedar claro (sin cerrar el debate) es que la emocionalidad se construye desde bases sociales y culturales, como ya lo dijimos. Los economistas son quienes han insistido en una racionalidad dominante en las decisiones. Pero insisto, sin cerrar el debate. En la medida en que la política, o mejor, la ciencia política, sea influenciada por la economía (como disciplina, pero aclarando una corriente de ella) habrá insistencia en la elección racional (rational choice) y si es influenciada por cierta corriente de la psicología (cognitiva) el enfoque será básicamente emocional”.

 

En contraposición a la tradicional concepción de las emociones como reacciones impulsivas o sin control y que no podemos dominar, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum propone una “visión cognitivo-evaluativade estas en el contexto de la política, es decir que estas son juicios o creencias que tenemos frente a determinados eventos, personas o situaciones, las cuales se pueden transformar para significar fuertes convicciones democráticas”.1

 

Lo que pretende Nussbaum es encontrar la positividad de las emociones para formar ciudadanos conscientes que contribuyan –a partir de fuertes arraigos– a fortalecer la vida democrática. Podríamos entender que implica que la vida democrática sea de cierta manera tan entronizada en la conciencia de los ciudadanos que produzca expresiones emocionales corrientes en la cotidianidad. 

 

Es así como construye el concepto de “ciudadanía compasiva”, o “emocionalmente preparada” para que la vida o las sociedades democráticas sean una cotidianidad. ¿Algo utópico? Si, en el momento quizás cobre de ingenua la formulación, pero nos plantea un tema de educación democrática (prácticamente inexistente), que es la forma de socializar, en el sentido sociológico, un profundo programa de educación democrática a todos los niveles de sociedad, no reducido a la ritualidad electoral, sino como una forma de vida, de convivencia social y política. 

 

El ejercicio de la democracia y la ciudadanía se debe convertir en un objeto pedagógico que responda a la declaración de los ministros de Educación y Planificación Económica de América Latina, quienes en una reunión de la Unesco celebrada en México manifestaron: “La educación es un instrumento fundamental en la liberación de las mejores potencialidades del ser humano para alcanzar una sociedad más justa y equilibrada, y la independencia política y económica no se puede realizar cabalmente sin una población educada que comprenda su realidad y asuma su destino”2. Tarea pendiente aún…

 

Un tema conexo son los algoritmos, tan utilizados para las comunicaciones masivas y que convierten a cada persona en un individuo-medio, aunque a veces es menos reductible, y esa es la versatilidad de los mismos algoritmos, que lleva a entendernos como seres muy repetitivos y confirmados, de ahí cierta predictibilidad conductual que tiende a ser reforzada, sin importar su valoración ética. 

 

El psicólogo experimental Steven Pinker, autor del libro La tabla rasa, tal vez nos recuerda que: “Igualdad no significa afirmar empíricamente que todos los humanos son intercambiables; es el principio moral de que los individuos no se han de juzgar ni limitar por las que son las propiedades medias de su grupo”.

 


1 Iván Pinedo, docente de la Universidad La Gran Colombia. “Martha Nussbaum y la educación de las emociones para una ciudadanía democrática”.

2 Citada en Mayordomo Alejandro (1998). El aprendizaje cívico. Barcelona: Ariel Educación.

Perfil

Víctor Reyes Morris.

Sociólogo y doctor en Sociología Jurídica. Autor del libro La anomia: Espacios, tiempos, y conflictos anómicos. Análisis de casos. Profesor de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia