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COVID-19: comunicación y dos equívocos frente a la ciencia

La actual experiencia pandémica por el COVID-19 ha presionado de múltiples maneras a las sociedades actuales, y nos ha colocado en una situación límite que, entre otras cosas, ha exigido recurrir al saber experto para afrontar diversas y complejas problemáticas.

Los economistas han estado discutiendo sobre el impacto de la pandemia en términos de la productividad de las sociedades, los gastos sociales y la afectación en los empleos; los sociólogos han discutido sobre las formas de control social, la desigualdades de género y las transformaciones en el mundo del hogar y el trabajo; los antropólogos han estudiado los imaginarios sobre la enfermedad y las estrategias comunitarias para afrontar la pandemia, mientras los biólogos han estudiado los cambios en los ecosistemas y las formas de relación entre diferentes especies ya sean estas animales, bacterias o virus.
 

Por su parte, los virólogos, epidemiólogos y farmacólogos han analizado de manera minuciosa la estructura y composición del virus SARS-CoV-2, el comportamiento de la epidemia y sus patrones de morbimortalidad y las posibilidades terapéuticas de una gran cantidad de sustancias químicas, mientras que los biotecnólogos han diseñado vacunas que han sido sometidas al escrutinio de un variado grupo de científicos que examinan su efectividad y su seguridad.
 

Hemos visto un impresionante despliegue científico-técnico que, por demás, ha sido ampliamente divulgado en los medios de comunicación. Vivimos un momento de intensa producción científica y de agresiva divulgación de esta, a una velocidad alucinante. Casi en tiempo real nos enteramos de la secuenciación genómica que se hace en los laboratorios en China, de los estudios clínicos que se hacen en los países europeos, del desarrollo de dispositivos de diagnóstico rápido en Estados Unidos y del seguimiento epidemiológico que realizan diversos países latinoamericanos1.
 

También hemos sido testigos de la intensa labor que se ha realizado para el desarrollo de una vacuna, y de la frenética carrera empresarial por posicionar en el mercado las diversas vacunas que hoy están disponibles2. Hemos presenciado la irrupción de epidemiólogos, químicos, biólogos y algunos otros científicos de laboratorio como protagonistas en programas de opinión y noticieros de televisión, y cada vez con mayor frecuencia escuchamos a los políticos y funcionarios del Gobierno usar términos muy técnicos. Esto, por supuesto, ha generado un reto frente a la manera de comunicar los resultados de la ciencia3.
 

Los medios de comunicación se han deleitado con todo tipo de noticias y han estimulado un voraz consumo de información que, por su descomunal volumen y su potencial efecto perjudicial, ha llegado a generar lo que suele llamarse infoxicación4. Y en medio de esta saturación y sobreexposición a la información –que incluye la información científica– se han reforzado, consciente o inconscientemente, dos equívocos frente a la ciencia, que no solo generan una innecesaria ansiedad entre el público sino una mala comprensión del trabajo científico.
 

Por un lado, se han utilizado las discrepancias y controversias entre científicos como una especie de entretenimiento morboso o como un gran escándalo, que pone en duda la honestidad de los investigadores. Esto no solo malinterpreta las disputas entre los científicos, sino que refuerza la equivocada idea de que en ciencia priman los acuerdos y las verdades inmutables.
 

Esta visión negativa de la disputa en ciencia termina siendo perjudicial para el estímulo de la educación científica y para la construcción de una sociedad tolerante con la diferencia. Por supuesto que los científicos son seres humanos como cualquier otro, así que los animan las mismas pasiones y pueden estar afectados por intereses personales, pero los desacuerdos entre ellos suelen deberse, en primera instancia, a que tienen experiencias diferentes, diseñan distintas estrategias investigativas, generan modelos alternos y llegan a conclusiones por vías distintas. Y todo esto es un estímulo para el desarrollo científico.
 

Como lo han señalado varios historiadores y sociólogos de la ciencia, el desacuerdo en ciencia juega un papel importante en el propio desempeño científico. Algunas veces estos desacuerdos tienen un alcance muy grande y se generan las llamadas “revoluciones científicas”, pero otras veces las discrepancias tienen un alcance menor y conlleva ajustes en la manera de interpretar los datos, en los cálculos efectuados o en los instrumentos de medida. Y en varios campos los desacuerdos pueden durar mucho tiempo y no se resuelven fácilmente.
 

Así que no debería generar tanta desazón que los científicos no se pongan de acuerdo. Menos cuando se están explorando fenómenos nuevos como una epidemia de una enfermedad no descrita previamente, causada por un agente causal antes desconocido y generada por complejas dinámicas socioambientales. Lo que sí debe preocupar es que esas discusiones no sean explícitas, transparentes y públicas.
 

Por otro lado, la manera como se presentan las noticias y se suele entrevistar a los científicos puede inducir la idea de que la ciencia es un acúmulo de certezas, como si de boca de ellos debiera salir una única explicación. Pero el comportamiento de la mayoría de los científicos tiende a ser distinto. En general sus afirmaciones suelen ser cautas, su actitud dubitativa y sus escritos y charlas recurren a expresiones que refuerzan la idea de lo provisional o incierto. Por ejemplo, suelen usar expresiones como “tal vez”, “depende de”, “probablemente sea así” o “todo parece indicar que”.
 

Y esto es reforzado por el pensamiento probabilístico presente en muchos campos científicos. Este pensamiento se asienta en la convicción de la existencia del azar y, por tanto, en la comprensión de que hay grados de incertidumbre que se deben tener en cuenta. Esto conlleva cierto nivel de humildad frente al alcance del propio conocimiento científico.
 

El campo científico no es ajeno a la arrogancia, y existen varios ejemplos de científicos petulantes e inmodestos, pero la dinámica científica exige cierta precaución frente a lo que se afirma y se publica, toda vez que siempre habrá alguien que esté dispuesto a repetir los experimentos, hacer nuevas observaciones, rehacer los cálculos y controvertir los hallazgos. Por ello, la cautela se cultiva no como una virtud moral sino como un recurso de protección ante la crítica, y esto se manifiesta en los artículos científicos y demás publicaciones.
 

Si uno se desprende de la idea de una ciencia como conjunto de certezas y ajena a la controversia, podrá observar con otros ojos lo que está ocurriendo en esta época en que la ciencia ha cobrado gran visibilidad e importancia. Y no será algo inquietante ver en las noticias que varios artículos sobre la utilidad de algunos fármacos para enfrentar la enfermedad COVID-19 son criticados y sus autores se retractan. O que existen varias hipótesis acerca del origen de la epidemia, o que se necesitaron algunos meses para establecer que la vía principal de transmisión del Sars-Cov-2 son los aerosoles y, por ello, las medidas de bioseguridad deben contemplar con mayor vigor la ventilación de las casas, las aulas de clase y los recintos cerrados5.
 

Vista la ciencia de otra manera, esta situación de intenso debate entre los expertos no solo es alentadora sino estimulante, puesto que permite poner a prueba sus ideas y sus propuestas. Pero claro, la existencia de discrepancias no debe impedir que se tomen decisiones, y esas decisiones deberían tomarse manteniendo una actitud abierta ante las necesidades de toda la población y no solo atendiendo a los intereses de los grandes capitales, quienes financian la empresa científica. Pero esa es otra discusión que debe darse.

 


1 https://www.bbc.com/mundo/noticias-54190048

2 https://www.bbc.com/mundo/noticias-52472090

3 https://www.agenciasinc.es/Reportajes/El-coronavirus-baja-a-la-ciencia-de-su-pedestal-habra-una-crisis-de-confianza

4 https://www.gedesica.com/infoxicacion-en-tiempos-de-covid-19/

5 https://gacetamedica.com/opinion/la-contra/es-el-aire-la-principal-via-de-transmision-del-coronavirus-sars-cov-2/

Perfil

Juan Carlos Eslava C.

Profesor del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia (UNAL)