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Colombia, un país feudal

Colombia no deja de ser un país de contrastes: somos felices en medio de muchas violencias; somos amables a pesar de padecer una guerra por más de cincuenta años, y tenemos uno de los territorios más ricos en biodiversidad y recursos del mundo, pero con unos índices de pobreza altísimos.

Lo mismo sucede con las personalidades y los intelectuales que nos representan. Nos movemos en medio de la polarización respecto a la política, y sin embargo algo hace que ante ciertas situaciones los polos más extremos se alineen en la misma orilla. ¿Qué podría hacer que políticos de derecha e izquierda coincidan en defender las mismas causas? ¿Cuáles razones podrían hacer que personajes, ideológicamente distantes trinen en el mismo sentido haciendo indistinguible a su autor? ¿Qué motiva a intelectuales, empresarios y terratenientes, políticos locales reconocidos –otros no tanto pero con ganas de protagonismo–, autoridades eclesiásticas, abogados, profesionales, actores, cantantes y hasta instituciones y agremiaciones, dignos representantes del establecimiento, se pongan de acuerdo y emitan comunicados, escriban columnas de opinión, lancen trinos, preparen videos, compongan diatribas y hasta convoquen a eventos “académicos” y conversatorios de manera casi que simultánea defendiendo las mismas causas?
 

Para resolverlo y tratar de acercarme a un entendimiento he revisado la literatura y mis conceptos sobre economía y me encontrado algunas pistas que me permiten aclarar de alguna manera estos temas.
 

Todas las razones de confluencia me conducen al concepto de “feudalismo”, un sistema de posesión de la tierra sustentado en la tesis de que la ella sola es la medida de la riqueza de un hombre. La posesión de la tierra y su valoración extrema se convirtieron en la única fuente de riqueza, y trajo al clero y a la nobleza el poder para gobernar.


La sociedad feudal consistía en tres clases: clérigos, guerreros y trabajadores, estos últimos al servicio de los dos primeros. En el feudalismo, los clérigos y los guerreros que poseían la tierra estaban en un extremo de la escala social, viviendo a expensas del trabajo de los siervos, quienes estaban en el otro extremo.


Las razones que esgrimen nuestros contrapuestos representantes nacionales no es otra que la misma valoración extrema de la tierra, pero ahora, a diferencia de la época feudal, se basa en su defensa y cuidado. El respeto a la naturaleza se ve violentado por la llegada de otras actividades al territorio que ponen en entredicho su hegemonía y manejo absoluto. Uno de ellos es el control sobre los siervos, hoy en día llamados campesinos. Es preferible pagar “jornales” que salarios dignos y de altura que permitan desmontar ese sistema de castas que subsiste en nuestro país.


Lo que vemos en Colombia con la dificultosa implementación de los Acuerdos de Paz no es otra cosa que una lucha intestina por el control de la tierra: el conflicto armado por más de cincuenta años se sustentó en ello, y la muerte de líderes sociales no tiene otra explicación. En el mismo marco conceptual se puede entender la férrea oposición de insignes representantes del pensamiento nacional a la llegada de actividades económicas que reemplacen la tenencia de la tierra como eje fundamental de la detentación del poder, cualquiera sea la definición de este. Estoy hablando de actividades económicas diferentes a las centradas en la propiedad de la tierra: hablo de minería, infraestructura, vías e hidroeléctricas, entre otras.


Uno de los aspectos que llevó a la caída del sistema feudal fue la llegada del mercado y el comercio libre, el cual permitió aumentar la productividad y enriquecer a la población (o por lo menos a cierta disminución de la desigualdad social), todo esto reforzado por la revolución del pensamiento y la valoración de la inteligencia humana. La entrada de la ciencia fue un golpe de fuerza que dio por terminado un sistema basado en la valoración de un bien terreno.


El proyecto minero de Quebradona es un buen ejemplo de esto: todos aquellos que se han manifestado en contra, representando las diversas esquinas ideológicas, encuentran en la minería la disculpa perfecta para defender su apego a un sistema feudal y obsoleto basado en la valoración extrema de la tierra, y la llegada de una nueva actividad económica pone en peligro el Estado de bienestar que ellos consideran adecuado para sus intereses. Sus argumentos se basan en una visión parcializada de los sistemas económicos de corte capitalista, apoyándose en verdades a medias, lo que da a sus afirmaciones un cierto aire de verosimilitud. Pero se desprecia el valor del pensamiento, se desacredita la inteligencia, se descalifican los oponentes y se desvirtúan los argumentos propios de la ciencia, pues el pensamiento es su verdadero enemigo.
 

Es una triste conclusión, pues, aunque en Europa el sistema feudal medieval fue derrotado y le dio paso a la llegada del Renacimiento, centrado en la inteligencia, en Colombia seguimos siendo feudales, y mientras ello no cambie, estaremos anclados en el pasado y sin esperanzas de transformación, y centrados en la tierra como fuente inagotable de conflicto nacional.

Perfil

Oscar Jaime Restrepo Baena.

Profesor titular en la Facultad de Minas, Departamento de Materiales y Minerales, en dedicación exclusiva de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Medellín