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Vocación agrícola diezmada acelera pérdida de identidad en sanandresanos

Cuando se describe la “tierra” de San Andrés como una porción de terreno se habla de su origen volcánico/arrecifal emergido, de sus 27 km2 de área, o de la presencia de arena en la costa este y de rocas en la oeste. Pero cuando se hace referencia al “paisaje” de San Andrés, probablemente se hable de sus playas –cada vez más reducidas–, de las casas en madera estilo bugalow (similares a una cabaña), o de los siete colores atribuidos a su mar.

En esencia, cuando se hace referencia a la tierra, el propósito es detallar cualidades físicas, pero al hablar del paisaje, se hace mención a aquello que parece relevante o estético, o que es importante resaltar por su valor emocional.

Precisamente el valor estético o emocional, a diferencia de la tierra como entidad física, es lo que permite hablar del paisaje como una imagen mental creada a partir de lo que se aprende de la familia y de la propia experiencia, los eventos históricos y la imaginación. A menudo dicho paisaje permanece igual dentro de las mentes, incluso después de que la tierra ha cambiado de manera radical. Tal discordancia entre la tierra y el paisaje no es una situación ajena para los habitantes de la isla de San Andrés y tiene serias implicaciones en el modo y la calidad de vida de sus habitantes.

San Andrés como paisaje histórico

El hecho de que en la Isla parte de la construcción de paisaje esté influenciado por el ámbito histórico se hace notorio en el contexto del Caribe. Desde el siglo XVI el modelo de plantación esclavista impuso sobre el territorio insular un paisaje imaginado de tierras aisladas, de aparente pequeña escala y circunscritas geográficamente.

En el caso de San Andrés este imaginario fue poco útil, ya que la conexión marítima y la extensión del territorio pronto hicieron insostenible el modelo de plantación. Los registros coloniales dejan ver que fue un punto de extracción maderero –hasta que se acabó la madera–, de plantación de policultivo –hasta que el sistema fracasó en el Caribe–, y de monocultivo de coco –hasta que las plagas iniciadas por la saturación y la baja internacional del precio del fruto acabaron con el modelo–.

Han sido muchas las formas en que el paisaje de la Isla ha sido imaginado por diversos actores. Sin embargo, en razón tanto de su transformación física –causada por modelos insostenibles– como de factores externos, estos han tenido que ser reconfigurados, por lo general bruscamente, dentro de las mentes de sus habitantes.

En 2011, el proyecto “Caracterización socioespacial de la isla de San Andrés”, de la Universidad Nacional de Colombia Sede Caribe, se enfocó en documentar la reconfiguración, ciertamente forzosa, más reciente de la Isla, es decir aquella ocurrida desde las políticas de “colombianización” en los años cincuenta del siglo XX.

La iniciativa comprendió tres meses de trabajo etnográfico intensivo acompañado de entrevistas semidirigidas con hombres y mujeres raizales de las familias Pomare, Williams, James, Corpus, Hooker, Pusey, May, Brian, Smith y Powell, con propiedad en la isla desde antes de la década de 1950. Para las entrevistas se construyeron preguntas tipo o guía que no son planteadas al pie de la letra (como una encuesta), sino que constituyen temas de conversación, que para el caso de este trabajo fueron, entre otros, la herencia, el trabajo con la tierra, los problemas conexos y los eventos de pérdida y transformación, de tal manera que se entablaban conversaciones alrededor de estas preguntas tipo.

La Isla como memoria y vivencia

Después de que la abolición de las plantaciones esclavistas llegara a la Isla, el patrón de distribución de la tierra se basó en la alocación de áreas por familias. Este sentido de “tierra de familia” generó –como en otros lugares en el Caribe– una identidad arraigada en la tierra y un sentido de pertenencia para sus habitantes, que, a pesar de circular continuamente fuera de la Isla, mantienen el vínculo con el paisaje como un lugar a dónde regresar.

Asimismo, las tierras de familia cobraron una vocación agrícola de subsistencia, que se suplementaba con los recursos marítimos y los beneficios del comercio logrado gracias a la tendencia itinerante de sus habitantes.

El equilibrio de este imaginario de paisaje se empezó a ver afectado con los proyectos de urbanización desarrollados desde 1953, cuando el gobierno de Rojas Pinilla aprobó los primeros planes de infraestructura para integrar la Isla en un modelo de turismo de alto nivel y comercio libre de impuestos. El presidente incluyó, entre otras, la construcción de un aeropuerto con vuelos comerciales directos, la exterminación de la plaga de ratas que aquejaban la Isla y la instalación de letrinas, entre otros elementos que innegablemente transformaron la imagen mental de paisaje agrícola que existía entre los pobladores hasta el momento.

Según evidencian las entrevistas realizadas en campo, esta construcción gubernamental del paisaje isleño como paraíso –tanto turístico como fiscal– chocó fuertemente con el paisaje agrícola, pesquero e identitario de sus habitantes, en particular a partir de la decisión administrativa de comprar terrenos a la fuerza e incentivar a los colombianos continentales a urbanizar North Point –una de las zonas más comerciales hoy–, lo que a su vez conllevó una aguda sobrepoblación y creciente demanda de tierra. Además también arribaron los problemas de desempleo, inseguridad y desigualdad que aquejan a las ciudades emergentes.

Como respuesta, y con desespero, muchos propietarios vendieron sus tierras, con lo que creció el problema de la subsistencia agrícola. De esta forma, el paisaje de los habitantes locales, en donde se le daba dicho valor, se encontró en fuerte desventaja frente a un sistema que daba prioridad a la economía de servicios, principalmente turísticos.

En la actualidad, menos de 53 % de la propiedad de la tierra permanece en manos de la población raizal, de modo que con más de 75.000 habitantes en apenas 27 km2, la vocación agrícola se ha visto diezmada drásticamente.

La inclusión en la nueva propuesta de economía turística es igualmente precaria, ya que el énfasis en la estrategia de hoteles “todo incluido” ha llevado a que los capitales circulen directamente del turista a las multinacionales, sin que la población de la Isla (que provee los recursos y recibe los desechos de los hoteles) se beneficie en gran parte del proceso, excepto marginalmente en términos de generación de empleo. Un fenómeno adicional que tiene lugar es la creación de un paisaje propio en la mente de turistas y visitantes. Esta visión parcial y más bien idealizada es impulsada, en principio, por los medios de comunicación y las cadenas hoteleras. Aquí predomina la “percepción emocional”, mientras que la adaptativa percepción utilitaria del paisaje de los locales está casi por completo ausente en los turistas.

Lo anterior ha generado una ruptura evidente entre el paisaje imaginado por los habitantes locales y la tierra que habitan hoy. Aunque varios de los propietarios tradicionales aún practican la agricultura y la pesca, la mayoría de ellos son conscientes de que el volumen de producción no es suficiente para subsistir y admiten hacerlo más por un vínculo emocional con la tierra, es decir como una manera de dar continuidad al paisaje imaginado.

La única actividad que le ha permitido a la población local restante mantener un arraigo ha sido, paradójicamente, la tendencia itinerante antes mencionada. Las extensas redes de la población con otras islas del Caribe, y más allá, ha permitido en varios casos mantener un nivel de actividad económica suficiente para no recurrir a la venta de predios.

Sin embargo, cuando lo opuesto sucede y la tierra es vendida o subdividida en partes muy pequeñas, la identidad con la Isla tiende a desvanecerse ya que, como se mencionó, es en ella donde se encuentra la familia, núcleo del paisaje identitario con la Isla.

Cabe argumentar que aunque el turismo ha parecido beneficiarse en el corto plazo del cambio territorial de los últimos cincuenta años, los efectos económicos, sicológicos y sociales de la transformación del paisaje y el cambio territorial causado por las políticas públicas dirigidas a este sector llegarán a tener un efecto negativo en largo plazo. La pérdida de identidad en la Isla fácilmente puede llevar a un desinterés en el trato al turista y una pérdida del atractivo turístico en sí mismo.

En este sentido, la pérdida de tierra es un problema tanto económico –por la subsistencia basada en la agricultura y la pesca– como sicológico, en términos de la ruptura del paisaje y los valores emocionales ligados a él, además de un problema social por cuanto los vínculos que permiten la subsistencia de la población a través del lazo familiar y las redes sociales en el Caribe se debilitan como consecuencia.

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