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Venezuela, la tormenta perfecta

Aunque la situación en Venezuela aún es incierta, la coincidencia de factores tanto internos como externos hacen pensar que los esfuerzos del régimen por mantenerse no son suficientes para contrarrestar las fuerzas que se le oponen.

¿Cuáles son esos factores? En primer lugar, la debacle económica y la pauperización de la mayor parte de la población. La caída de los precios del crudo a partir de 2014, la mala gestión de la industria petrolera, y la adopción de políticas económicas equivocadas han generado una hiperinflación galopante, el desabastecimiento generalizado y estupor ante la quiebra de uno de los países otrora más ricos de América Latina.

A ello se suma la oleada de refugiados y migrantes que diariamente atraviesan las fronteras huyendo de la precariedad, la violencia, el miedo y la desesperanza. El éxodo venezolano que empezó hace más de una década se aceleró a partir de 2017. La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) calcula que en 2018 un promedio diario de 5.500 personas abandonó el país. Esto configura el escenario de una crisis humanitaria sin precedentes en la región.

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Otro factor es la –ahora abierta– deriva autoritaria del régimen. Muestra de ello ha sido la usurpación de las funciones de la Asamblea Nacional, elegida en 2015 y en la que las fuerzas opositoras obtuvieron la mayoría. En su reemplazo, el régimen convocó a una Asamblea Constituyente encargada de redactar una nueva Constitución, la cual, desde 2017, ha asumido facultades plenipotenciarias por encima de los demás poderes públicos del Estado.

En el mismo sentido, las elecciones presidenciales para el periodo 2019-2025, llevadas a cabo en mayo de 2018 y en la que resultó reelegido Nicolás Maduro, fueron denunciadas por irregularidades durante la convocatoria y el proceso electoral; tanto la mayoría de la oposición como varios organismos internacionales señalaron que no hubo garantías para tal proceso, debido a la inhabilitación de candidatos, el impedimento de participar de partidos opositores y la compra de votos.

Un elemento adicional del panorama político interno ha sido la convergencia de la mayor parte de los sectores opositores en torno a la figura de Juan Guaidó, actual presidente de la denostada Asamblea Nacional, y recientemente autoproclamado presidente interino. Hasta hace poco, la fragmentación de las fuerzas políticas opuestas al chavismo y sus luchas intestinas le habían restado credibilidad a cualquier alternativa viable al actual gobierno. El reciente consenso político, por precario que pueda parecer, es una condición indispensable para mantener la presión y el respaldo internacional al cambio de régimen.

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Pulso en la frontera

De otra parte, otros vientos también soplan en la escena internacional haciendo imperativa una acción decidida ante el desplome del país caribeño; ello contrasta con las vacilaciones, la retórica infructuosa y el antagonismo ideológico que años atrás preponderó en los foros intergubernamentales y los organismos internacionales.

La capacidad de atracción del régimen chavista ha ido menguando al mismo ritmo de los recursos para mantener las lealtades de los aliados de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y el acuerdo de cooperación energética Petrocaribe. Pero no se trata solo de dádivas y de compromisos; el desastre en el que ha resultado el experimento del socialismo del siglo XXI ha desencantado a quienes pusieron en él sus esperanzas de justicia social, igualdad y democracia. Una vez más, la utopía política ha sido víctima de las realidades de sus ejecutores.

Entre tanto, la llegada de gobiernos de derecha en la región –varios de ellos apalancados en el temor a caer en las fauces de ese fantasma denominado “castrochavismo”– logró establecer un frente común por medio del Grupo de Lima. Más recientemente, el Grupo de Contacto, promovido por la Unión Europea con Uruguay, Ecuador, Bolivia y Costa Rica, se ha planteado encontrar una solución pacífica y democrática a la crisis, a través de nuevas elecciones.

En cuanto a Estados Unidos, pese a la obsesiva denuncia de la “agresión imperialista” por parte de Maduro, lo cierto es que Washington había mantenido una posición más bien cautelosa hacia Venezuela. Desde 2015, el gobierno de Barack Obama implementó sanciones prohibiendo el ingreso a territorio estadounidense de funcionarios del régimen y congelando sus bienes y cuentas bancarias.

No obstante, tales medidas no afectaban directamente al sector petrolero, verdadero sostén de la economía venezolana. Más recientemente, los halcones de la administración Trump se han mostrado dispuestos a tomar cartas en el asunto aumentando la presión al régimen chavista e incluyéndolo en la llamada “troika de la tiranía”, junto con Cuba y Nicaragua.

En 2018 se adoptaron medidas que prohíben realizar transacciones con cualquier tipo de moneda digital emitida por el Gobierno venezolano, y se estableció una restricción contra las exportaciones de oro. A principios de este año Washington ordenó cancelar las órdenes de compra a Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA) y ceder el control de su filial Petroleum Corporation (CITGO) y de cuentas bancarias del Estado venezolano en su territorio al Gobierno de Transición de Guaidó. A ello se ha sumado el envío de ayuda humanitaria que ha convertido la frontera colombo-venezolana en el epicentro del pulso entre Trump y Maduro.

Se mantiene la incertidumbre

Este mayor involucramiento estadounidense se explica no solo en la agudización de la crisis interna venezolana y la diseminación de sus efectos sobre la región, sino también en la influencia de los sectores anticastristas y el exilio venezolano en Florida en el gobierno Trump.

Liderados por los congresistas Marco Rubio y Mario Díaz-Balart, tales sectores están impulsando una estrategia a varias bandas: forzar la salida de Maduro (utilizando los medios que sean necesarios); respaldar la instauración en Caracas de un gobierno favorable a los intereses estadounidenses, en particular a la industria petrolera; ahogar el último aliado y soporte del régimen cubano, y con ello intensificar el aislamiento producido por el embargo económico frente a la Isla; y de carambola reforzar la posición de los republicanos en un estado clave como Florida, ante las elecciones presidenciales del próximo año.

La convergencia de todos los factores en la actual coyuntura ha dado lugar a una especie de “tormenta perfecta” que podría arrasar con el régimen chavista; sin embargo, como lo advierten los climatólogos, así como tales fenómenos no pueden ser anticipados, tampoco se puede saber qué dirección tomarán. Los vientos que soplen desde Rusia, China, e incluso Cuba, pueden terminar por inclinar la balanza en el sentido opuesto, y esos movimientos tampoco pueden ser pronosticados. En todo caso, suceda lo que suceda, esta tormenta, sin duda, ya está afectando el clima político colombiano.

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