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    Urge repotenciar la industria en América Latina

En lo que va corrido del siglo XXI, Argentina, Brasil, México y Colombia han sido los cuatro países de América Latina que realizan el 80 % de la producción industrial de la región.

Además han tenido un comportamiento similar de crecimiento del PIB total e industrial hasta hoy, y han sufrido los efectos de la crisis financiera internacional de 2008 y la del mercado de commodities o materias primas que empezó en 2013.

En la región, la actividad industrial vivió su época de oro en el periodo 1950-1980, estimulada por la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) que había promovido la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal); pero cuando esta fue abandonada en aras del libre comercio, la industria perdió participación en el PIB y en el empleo generado, tanto en la región como en los cuatro países principales.

El vacío dejado por la industria fue llenado por las actividades extractivas, las de servicios (en particular financieros) y las de comercio.

La estructura de la producción industrial de la región muestra predominio de las actividades intensivas en recursos naturales, que copan entre el 45 % y el 70 % del total; incluso Brasil y México, los más industrializados, han disminuido su intensidad tecnológica, al igual que Colombia.

Es evidente que la producción de bienes intensivos en conocimiento (alta y media tecnología) sigue siendo un campo lejano al interés empresarial y de política pública en la región, aunque Brasil –por su herencia de gobiernos desarrollistas– y México –dedicado a la maquila para Estados Unidos–, se muestran como campeones en el área.

Industria y trabajo

El rezago tecnológico de la industria regional se manifiesta en una caída de la productividad aparente por trabajador a niveles incluso inferiores a los de 2000, con la excepción de Colombia, que experimenta una tendencia creciente la mayor parte del periodo 2000-2015.

Como resultado, la brecha de productividad del trabajo industrial de Argentina, Brasil, México y Colombia, junto con el resto de América Latina, se ha ampliado hasta en 1,5 veces con respecto a la de Estados Unidos.

Lo anterior es especialmente grave en momentos en los que se plantea la irrupción de la llamada “cuarta revolución industrial”, la cual hace alusión a la transformación digital (robótica, inteligencia artificial, sensores, impresión 3D, nanotecnología e informática cuántica) que promete rápido crecimiento para los países que se logren montar en ella en el momento adecuado.

Así pues, en la región no se construye competitividad con base en aumentos de productividad, sino a partir de la represión laboral, que lleva a un bajo costo salarial por hora en la industria, lo que es más notorio en México y Colombia (alrededor de 5 dólares), pues para Argentina y Brasil el costo salarial aumentó levemente durante la segunda década del presente siglo (en rango de 10 a 20 dólares). Es de señalar que durante este periodo el costo salarial de EE. UU. ha quintuplicado el del promedio de los cuatro países.

En consecuencia, el salario de los trabajadores ha sido menor a su productividad, particularmente en Colombia y México, con márgenes hasta del 20 %, y también para los trabajadores de Brasil que, no obstante, obtuvieron ganancias entre 2008 y 2012, como resultado de las políticas redistributivas aplicadas por los gobiernos de Luiz Inácio “Lula” da Silva y Dilma Rousseff.

El fantasma de la devaluación

Con respecto al comercio exterior, México sigue siendo, por mucho, el país más abierto (exportaciones e importaciones en relación con el PIB) de los cuatro países analizados, mientras que el comportamiento de Brasil, con un mayor mercado interno, se muestra como el más cerrado.

El fin del superciclo de las commodities impactó directamente sobre el tipo de cambio en Argentina, Brasil, México y Colombia, aunque en grados diferentes, según las políticas internas adoptadas.

Así por ejemplo, el periodo 2000-2015 muestra a Colombia y Brasil con una fase de fuerte revaluación entre 2007 y 2012, que en el caso colombiano se tradujo en desestímulo para las actividades productivas, es decir una caída en lo que se conoce como “enfermedad holandesa”, término acuñado en economía para identificar las consecuencias negativas que sufre un país cuando experimenta un crecimiento inesperado en sus ingresos en divisas por exportaciones primarias.

Un caso aparte es el de Argentina, que sufrió una gran devaluación al eliminar la paridad cambiaria en 2002 (300 %), y más tarde el llamado “cepo cambiario”, que surgió en 2011 ante el incremento de la llamada “fuga de capitales”, por lo que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner restringió la venta de la divisa del dólar dentro del territorio nacional.

En diciembre de 2015, el presidente Mauricio Macri levantó el cepo y la devaluación llegó al 30 %. No obstante, este país experimentó superávit comercial casi todo el periodo (uno de los factores de su recuperación de la crisis de 2000), mientras México y Colombia fueron deficitarios todos los años en magnitudes de hasta el 7 % del PIB, en el caso de este último.

En relación con las exportaciones industriales, en México fueron crecientes y parecieron reaccionar de manera positiva al estímulo cambiario de la devaluación, mientras que en Argentina y Colombia la realidad refutó una vez más la fe oficial en la teoría que proclama el ajuste automático de los mecanismos de mercado.

Reorientar políticas productivas

En cuanto al destino de las exportaciones, es evidente el juego de poder internacional de China; de hecho en 2015 fue el principal destino de las exportaciones de Brasil (primero) y Argentina (cuarto), mientras que la dependencia mexicana del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se hace evidente con el agobiante 90 % de sus ventas externas a los EE. UU.

Algo similar sucede en Colombia, donde el mercado estadounidense sigue siendo el principal destino de sus ventas externas mientras que Venezuela cede ante la Unión Europea su importancia como su segundo socio comercial.

Otro escenario es el énfasis dado a las actividades extractivistas en países de la región latinoamericana, lo cual se verifica con las exportaciones primarias que, con la excepción de México, pasan a llenar los baches de las ventas industriales a partir de 2008.

En síntesis, todo apunta a que, si no se da un fuerte giro en la orientación de las políticas productivas de los países latinoamericanos, son muy escasas las probabilidades de que la región logre que la actividad industrial recupere su papel como la fuerza conductora del crecimiento que dinamice las economías con generación de empleo e ingresos.

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