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Urge aprovechar el bono demográfico que tenemos. (Cinco apuntes sobre el Censo 2018)

1. Una brújula para el país

Por definición un censo es la actividad estadística más importante de un país, aunque los ciudadanos no siempre alcanzan a dimensionar sus magnitudes porque hoy están más acostumbrados a escuchar las encuestas, que consultan solo a una parte y no al conjunto pleno de la población.

Los censos sirven, entre otras cosas, para determinar los presupuestos, para que los municipios se creen o desaparezcan, para establecer cuántos representantes a la Cámara pueden tener los departamentos, para guiar la distribución de los recursos para salud, programas de vacunación, educación y alimentación escolar que entrega el Estado a las regiones. En suma, un censo es, o debería ser, la brújula que orienta las políticas públicas de un país.

La Organización de las Naciones Unidas recomienda realizar los censos cada 10 años, en aquellos terminados en cero para generar comparaciones internacionales. A medida que se ha tecnificado el proceso de recolección de datos se han logrado mejoras que han permitido conocer con mayor precisión las características sociodemográficas de los habitantes de nuestro país.

Tanto los siete censos que se efectuaron en el siglo XIX (1821, 1825, 1835, 1843, 1851, 1864 y 1870) como el de 1905 preguntaban cuestiones básicas: nombre completo, origen, sexo, edad, estado civil, profesión, religión y si las personas sabían leer y escribir. Los responsables de esos censos, que eran los gobernadores, alcaldes y ediles, debían incluir información sobre el número de enfermos de lepra, los ciegos y los pobres de solemnidad, que era como se definía a las personas con menores recursos económicos y que, como tales, podrían llegar a beneficiarse de programas sociales, e incluso en algunos casos condonárseles las deudas.

A lo largo del siglo del siglo XX hubo varios cambios en los censos como resultado del empleo de instrumentos más precisos para capturar la información. Así, se fue tecnificando más la actividad, al tiempo que iban desapareciendo restricciones que existían para su realización y se iba profesionalizando la recolección y producción estadística de los censos. Por ejemplo, antes solo se censaba a quienes tenían el derecho a voto (las mujeres lo tuvieron hasta 1953) o a quienes eran aptos para el servicio militar, o incluso a quienes era autorizados por los mandos eclesiásticos.

2. Problemas que se pudieron prever

El censo de 2018 es fundamental porque permite tener un cuadro claro de la población colombiana en el siglo XXI y confirmar o desvirtuar las tendencias aparecidas en el censo de 2005, el último que se hizo en Colombia.

Así mismo permite establecer qué tanto se redujo la pobreza y qué carácter tuvo esa reducción, si fue algo que obedeció a lo sucedido en Bogotá, que concentró buena parte del crecimiento económico, o si se trató de una disminución que se dio a lo largo y ancho de todo el país, o si solo se concentró en unas regiones particulares.

Sin embargo hoy es claro que hubo fallas en su planeación que pudieron afectar varios de los resultados, entre ellas no haber tenido en cuenta situaciones que se pudieron prever con antelación, en la medida en que ya se sabía que iban a ocurrir.

Se puede mencionar el hecho de que su realización se programó en un periodo de ley de garantías, lo que dificultó los procesos de contratación de encuestadores y supervisores, entre otros. Además su ejecución se planeó en coincidencia con un cambio de Gobierno, con lo cual se cuentan tres directores del Departamento Nacional de Estadística (DANE) involucrados en la planeación, realización y presentación de los resultados del censo, con las dificultades que eso comporta en materia de continuidad y lineamiento de criterios.

Varios de los problemas técnicos se relacionan entonces con una mala programación, por haber planeado su realización en un momento en el que era muy probable que se presentaran las dificultades administrativas, como en efecto sucedió.

Como lo ha señalado el actual director del DANE, Juan Daniel Oviedo, el censo encontró otros problemas, como por ejemplo que a pesar de los acuerdos de paz firmados con las FARC los asuntos de orden público no se han superado en todo el territorio nacional y no se han censado zonas con amplia presencia de grupos al margen de la ley, como la frontera con Ecuador o el Catatumbo.

Existe un tercer conjunto de dificultades que constituyeron retos para el censo, y son los derivados de problemas de formación y de la falta de “cultura estadística”, pues es claro que las escasas inversiones de los Gobiernos en ciencia y tecnología también afectan la formación de técnicos y científicos que puedan trabajar mejor el análisis de las cifras, como demógrafos y estadísticos. A esto se agrega que el DANE no necesariamente prioriza la contratación técnica, con implicaciones en la calidad del censo.

Además, los salarios que ofrece el DANE para los estadísticos no son los más competitivos del mercado laboral, lo que hace que la entidad no sea su principal contratante.

Finalmente, tanto los líderes como la población en general parecen desconocer la importancia que un censo tiene para la planificación y organización del país, otro reflejo de la falta de “cultura estadística”.

Esta misma cuestión pudo influir en que no se haya aprovechado el hecho de haber realizado el primer censo electrónico en América Latina, como fue el actual censo colombiano. La campaña de miedo que circuló en medios sociales, aunada a un error de seguridad que luego fue solucionado por el DANE, mermaron la confianza de muchos ciudadanos en referencia al uso que se iba a dar a esa información. Esto hizo que se recibieran cerca de la mitad de los registros esperados, lo que no ayudó a que el censo fuera más barato y más rápido.

3. La evaluación del censo y su cuestionario

Es una lástima que este censo no haya incorporado las preguntas que permiten estimar multidimensionalmente la pobreza, ya que esta es la única fuente que lo consigue en áreas pequeñas, pues ninguna encuesta de pobreza, por especializada que sea, tiene representación para municipios o fracciones geográficas menores.

Los resultados del censo se conocerán a finales de octubre. Solo a partir de entonces comenzaremos a entender si hubo un error en las proyecciones que se hicieron en el censo de 2005 o si hubo errores y problemas de subregistro en el proceso de 2018, o si sucedieron ambas cosas.

Cuando se entregue a la comunidad académica la base de datos en microdatos, se podrá conocer la consistencia de las cifras entregadas, lo cual tarda aún más tiempo pues el DANE debe cerrar todo el proceso de producción estadística para poder compartir estas cifras.

En todo caso, por la tradición nacional sabemos que el subregistro es alto en nuestro país, pues en algunas zonas de baja densidad poblacional existen dificultades para recopilar los datos porque su ubicación geográfica no facilita el acceso de los censistas, lo que técnicamente se conoce como un “sesgo de correlación”. Esto es, hay regiones que siempre quedan mejor medidas que otras porque la recopilación de información es más fácil: un centro urbano densamente poblado como Bogotá presenta mucho menos dificultades para recopilar la información que zonas despobladas y remotas.

En países con sistemas estadísticos más sofisticados, como Corea del Sur y Estados Unidos, no se aceptan tasas de subregistro superiores al 4 %. En algunas regiones de Colombia podríamos rondar entre el 15 y el 20 %, que es el estándar de los países pares en términos de economía, geografía y demografía.

El DANE deberá contratar una evaluación externa para que defina, en últimas, dónde estuvo bien o mal el conteo del censo. Para que tengamos los resultados de esa evaluación pueden pasar años, desde el momento en que se producen los datos consolidados, una vez se hagan los ajustes correspondientes.

4. ¿Qué nos dice este censo?

Aunque los medios de comunicación han destacado algunos aspectos como el envejecimiento de la población, en realidad el censo no nos está diciendo cosas extraordinarias en relación con las tendencias demográficas de Colombia que ya se vislumbraban desde 2005 e incluso desde el censo de 1993. Lo que quizá vale la pena subrayar es la velocidad con la que han ocurrido esos cambios.

En Colombia ha sido muy rápida la transición demográfica, es decir el paso de altas tasas de fecundidad y altas de mortalidad a bajas tasas mortalidad y de fecundidad. En Europa Occidental ese proceso tomó 200 años, mientras que en Colombia solo 20, es decir casi el mismo tiempo que la transición demográfica más breve del mundo, que fue la de Irán, que tardó 15 años. Otros países de América Latina también vivieron rápidamente esa transición, pero igual fue un proceso de entre 5 y 15 años más largo que el de nuestro país.

Uno de los resultados de esta transición demográfica es que, entonces, contamos con más gente viviendo mayores edades. Nuestra estructura poblacional, como se veía desde 2005, ya no tiene forma de pirámide sino de diamante, porque la mayor parte de la población está en las edades productivas, con mayor proporción entre los 15 y 35 años.

Otro de los efectos de la transición demográfica es la caída de la fecundidad. Desde 2015 Colombia tiene tasas de fecundidad por debajo de la de reemplazo. Precisamente por eso es posible que la proyección que hizo el DANE en 2005 no haya tenido en cuenta esta reducción de la tasa de fecundidad. Y quizá esa es una de las cuestiones que explica que seamos un poco menos de 50 millones, en una cifra que según el director del DANE está entre los 47 y 48,5 millones.

De otro lado, Colombia tiene una particularidad, resultado del conflicto armado, que se refleja en las altas tasas de homicidios que tuvimos a finales de los ochenta y los noventa. del siglo pasado. A esa situación debe añadirse el incremento reciente en accidentes de tránsito. La muerte ocasionada por ambas causas de mortalidad entre los jóvenes de 20 a 30 años hizo que perdiéramos la ganancia que tuvimos por la transición demográfica, y por lo tanto retrocediéramos a los niveles de mortalidad que se tenían 30 años atrás para esas edades.

Un tercer punto que teníamos pendiente por conocer era si el proceso de urbanización iba a llevar a que tuviéramos el 90 o el 80 % de la población habitando las ciudades. Llegamos a niveles por encima del 80 %.

Ese fenómeno se dio en paralelo a lo que podríamos llamar la “latinoamericanización” del país; es decir que antes la población en Colombia estaba distribuida en otras ciudades de tamaño importante fuera de la capital del país y hoy –como en el resto de los países de la región– la capital concentra casi el 20 % de la población nacional. De hecho Bogotá se ha convertido en una de las ciudades más densamente pobladas del planeta.

Igualmente será importante conocer cómo evolucionó la pobreza según regiones, edades y géneros. Saber, en suma, si efectivamente los cambios socioeconómicos de las últimas décadas contribuyeron a un revolcón social.

Por supuesto que las cifras de emigración también se esperan con interés, en especial porque los registros administrativos (de nacimiento, expedición de cédulas, datos de salida del país) no siempre reflejan con exactitud lo que ocurre realmente con estos movimientos de la población.

5. Aprovechemos el bono demográfico

Lo que el censo de 2018 va a ratificarnos es que estamos viviendo eso que muchos llaman un “bono demográfico”, que no es otra cosa que la proporción de los que están en edades productivas hoy es mayor de los que son dependientes, niños, adolescentes y adultos mayores. Sin embargo esto cambiará en cerca de dos décadas y no se ha tomado conciencia de la importancia de aprovechar este bono demográfico que da un impulso al crecimiento económico y que se está desperdiciando mientras los trabajadores jóvenes no hagan sus aportes para la pensión en la vejez.

Quizá una de las principales cosas que nos confirma el censo es que estamos en pleno bono demográfico, pero necesitamos que la gente tenga trabajos formales y que ahorre para su pensión para no desaprovecharlo, lo mismo que el bono de género, pues las mujeres tienen mayores años promedio de educación que los hombres, pero como no existe una política en cuidado de la primera infancia, las mujeres tienen dificultades para trabajar. Si se liberara el tiempo para poder a trabajar, tendríamos un espacio para que más personas estuvieran cotizando, ahorrando e impulsando la economía.

La transición no empezó ayer. Por eso, aprovechamos el bono demográfico o lo desaprovechamos y ponemos en riesgo buena parte de nuestro futuro económico y social. No hay más opción.

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