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Un coronavirus ha implosionado al mundo: ¿y China qué?

El mundo está al revés por un adminículo minúsculo imposible de ver y prever. El nanovirus invisible ha hecho tambalear las fortalezas “indestructibles” de un mundo soberbio e injusto. El jaque mayor ha sido al sistema político dominante: el aciago neoliberalismo, que en menos de medio siglo ha debilitado al Estado como fuente y garantía de servicios sociales como la salud pública, en el banquete de las privatizaciones para nutrir el interés privado.
 

Las bombas nucleares y el armamento que recurrentemente amenazan al mundo con destruirlo reposan en las caletas de los poderosos, sin que los puedan utilizar para exterminar el adminículo. Una paradoja certera: un virus invisible desafiando a los soberbios gobernantes de la poderosa e inútil tecnología bélica del siglo XXI. Aun así, los gastos militares de las potencias no cesan en medio de la pandemia, ningún país los ha recortado.
 

La inteligencia del presidente de la primera potencia occidental –Donald Trump– se esfuma junto al desdén para enfrentar el virus, y con su negacionismo logra expandirlo en el país e introducirlo hasta la Casa Blanca. Una situación similar vivió en carne propia el primer ministro británico, Boris Johnson, quien no acató las recomendaciones de los expertos y terminó internado en una clínica durante tres semanas hasta superar la enfermedad. Con más de 40.000 decesos, Gran Bretaña es el segundo país en fallecidos por el COVID-19; y China, donde inició esta hecatombe, declaró la epidemia como controlada, a pesar de los casos registrados por el rebrote del virus.
 

La diplomacia en tiempos de coronavirus


Siendo un problema universal, ni las teorías ni los analistas internacionales han ayudado a explicar qué es lo que pasa ni lo que viene: las teorías de las relaciones internacionales son prisioneras del modelo de cada autor y se diluyen al intentar explicar la crisis. Los presagios literarios y cinematográficos quedaron cortos pero los clásicos nos siguen aportando luces para acercarnos a la realidad y el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe nos ofrece en boca de Mefistófeles esa sentencia: “gris es toda teoría y verde el árbol de oro de la vida”.
 

Puedes ver: El gran error de Estados Unidos frente a la crisis mundial.
 

La enseñanza es que la hecatombe actual es inédita: es la primera gran pandemia en la que todos los gobiernos y pueblos del mundo son conscientes de que un caos está arrasando los soportes largamente construidos y cada uno es sujeto y parte de la respuesta al problema, o víctima.


Vivimos momentos convulsos. Nunca, ningún pueblo o civilización, a pesar de las múltiples guerras, catástrofes y crisis se había visto obligado a frenar en seco su marcha productiva, cerrar sus ciudades, fronteras y parlamentos y recluir en sus casas al “homo deus”. Es una hibernación total sin pistas de cómo despertará este calamitoso y enredado globo.

Estados Unidos tiene un número mayor de muertos por coronavirus que los sumados en Vietnam, Pearl Harbor y las Torres Gemelas; la mayoría de ellos son latinos y negros, lo cual evidencia que los pobres, además de los ancianos, son el segmento social más afectado en ese país y el mundo por el COVID-19.
 

Lo único claro, además del pánico y la zozobra imperantes, es la fragilidad de un mundo erigido sobre guerras, armas nucleares y chequeras multimillonarias de unos pocos poderosos versus las dos terceras partes de la humanidad en la pobreza y el hambre.


“Solo sabemos que saldremos más pobres, más endeudados y más asustados”, dice el historiador Adam Tooze de la Universidad de Columbia, quien vaticinó que en estas condiciones de incertidumbre radical son más probables los terremotos sociales y políticos.


De la globalización a la zozobra mundial


El relato dominante desde hace décadas contaba que la Globalización cabalgaría triunfante por la faz de la Tierra: en los 90s, con la caída del comunismo ruso, quizá hubo una globalización económica, financiera y en alguna medida tecnológica, pero no se tenía en cuenta a los seres humanos, ni las instituciones, ni las ideas.
 

Pero fue la crisis financiera de 2008 la que empezó a deshilachar la convicción reinante en Europa y Norteamérica de que el modelo occidental de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado, inexorablemente bordaría la historia. No fue así, la globalización occidental tenía límites y sus cimientos se estremecieron. La recuperación de Estados Unidos de esa crisis trajo consigo la dificultad de seguir como hegemón mundial ya que China, Rusia y otros estados se oponían con una propuesta multilateral frente a su supremacía.
 

A muchos países la pandemia les llegó sin previsión Gobiernos de derecha de Europa y América no actuaron a tiempo y privilegiaron la visión neoliberal frente al enorme reto que tenían: para contener la pandemia hay que sacrificar la economía. Optaron por la segunda y no por el estricto confinamiento con testeos y ayudas médicas para salvar vidas.
 

En marzo, Alemania decretó la prohibición de exportar artículos de protección médica al resto de la Unión Europea (UE). Italia tuvo que dirigir su petición de ayuda a China, Cuba y Venezuela, después de que “ni un solo país de la UE” respondiera a sus peticiones. Las prohibiciones exportadoras de la UE fueron citadas por el presidente serbio Aleksandar Vučić en una carta al Presidente de la República Popular China, Xi Jinping, en la que le pedía ayuda a gritos: “la prohibición nos ha llegado de la misma gente que nos aleccionaba diciendo que no debíamos comprar productos chinos”.

Si Trump conserva su poder o no, la situación de Estados Unidos en el mundo está marcada por el declive de su supremacía, “American first”. “Lo que se está desmoronando a toda velocidad, no es solo la hiperglobalización de las últimas décadas, sino el orden mundial implantado tras el final de la II Guerra Mundial. El virus ha roto un equilibrio imaginario y ha acelerado un proceso de desintegración en marcha desde hace años”, afirma el filósofo y político británico John Gray.
 

Las implicaciones del COVID-19 para la gobernanza mundial han sido impactantes y se expresan en tres direcciones:

  1. La ruptura cada vez más amplia entre Estados Unidos y China.
  2. Se profundizará un retroceso desorganizado de la globalización en el que el mando lo están tomando los Estados nacionales en vez de las organizaciones internacionales.
  3. Asistiremos a la reafirmación de las tendencias nacionalistas que cabalgan sobre la idea de que solo habrá protección si se refuerza el propio Estado.
     

Bueno, bastó que el adminículo mencionado apareciera en escena para que regresáramos a un mundo de Estados, no de instituciones plurales en un mundo globalizado. La pandemia nos condujo a una situación hobbesiana donde la pauta es: ¡sálvese el que pueda!
 

Estados Unidos vs. China


La “guerra comercial” que supone el enfrentamiento entre Estados Unidos y China se ha disparado con la crisis del coronavirus. En realidad, no es otra cosa que la estrategia del país norteamericano para detener el ascenso del poder económico chino y la influencia del país asiático en el mundo. Y mientras más pacíficamente lo hace este, más se exacerban los recelos y la decadencia estadounidense muestra su peor cara.
 

Dichos países llegaron a un entendimiento en enero de 2020 para implementar la Fase 1 (AF1) de un acuerdo para ponerle fin a la guerra comercial desatada por Trump. Ese “armisticio comercial” no era un acuerdo que resolviera las diferencias existentes.
 

El problema de fondo nunca se ha planteado abiertamente por parte de Estados Unidos, que pretende doblegar a toda costa a China obligándola a modificar el modelo económico y político basado en la supremacía del sector estatal, la activa intervención del Estado en las políticas públicas, la regulación del capital privado y una planificación que controla el mercado que está en manos del Partido Comunista Chino (PCCh).


El blanco de las sanciones ha sido la empresa china Huawei, quien posee el 34 % de las patentes del mundo para el sistema 5G, indispensable para el desarrollo de esa conectividad en los grandes países. Sin embargo, la agencia de noticias Reuters asegura que el Senado discute actualmente las condiciones para un acuerdo con Huawei.
 

Los gobernantes y analistas –no solo americanos– pecaron desde siempre cuando aseguraron que el libre mercado abriría milagrosamente las puertas de la democracia y le garantizaría a Estados Unidos la intromisión directa en los asuntos internos de China; por el contrario, esta mantendrá contra viento y marea su “modelo socialista con características chinas”, y este, mas no el déficit comercial norteamericano, es la cuestión clave que enfrenta a las dos potencias.
 

La tregua comercial, que hacía pensar en una pausa hasta las elecciones de noviembre, se esfumó. Además de la crisis económica, tecnológica, diplomática, militar y estratégica, dicha espiral se ha reforzado con las amenazas de Estados Unidos de cobrar forzosamente indemnizaciones por el “virus de Wuhan”.


Puedes leer: Coronavirus, un duro golpe para las industrias internacionales.
 

Sin dudar, Trump –acosado por la letalidad de la crisis y la inminencia de las elecciones– continuará botando fuego contra China, pues es su manera de obtener imagen y sufragios, culpándola de todos los males anteriores y venideros. Pero China no tiene sus manos esposadas. En The Irish Times, diario de Dublín, el principal comentarista político, Fintan O’Toole, subrayó: “el mundo ha amado, odiado y envidiado a Estados Unidos. Ahora, por primera vez, nos da lástima”.


China da la cara al mundo y continúa sus planes


Este país actuó con firmeza cuando comprendió la magnitud de la tragedia del virus. Estableció una estricta política de contención en el foco inicial fijando en cuarentena a 42 millones de personas en la provincia de Hubei, en la China Central. Intercambió información con el resto del mundo y con la Organización Mundial de la Salud (OMS), ayudando a todos a prepararse para la crisis. Fue un tiempo-espacio valioso. Esa experiencia permitió que Corea del Sur, Taiwán y Asia Oriental enfrentaran con éxito el contagio. Las mentalidades colectivas, las prácticas precisas de los Gobiernos y la lucha contra la pandemia como prioridad gubernamental fueron la estrategia de Oriente para controlar el virus.
 

Hoy, tanto la geopolítica como la marcha de la economía mundial están en manos de estos dos actores. El mundo se juega su futuro en el Pacífico con Estados Unidos y China mirándose tête à tête. China, sin embargo, saldrá de la crisis del COVID-19 más fortalecida.


Después de siglos de demonización a China, es predecible que Estados Unidos y Occidente no acepten ni se adapten a la realidad de verla protagonizar como potencia del orbe, un ascenso pacífico sostenido. Desde 2013 China tiene una política mundial conocida como la Nueva Ruta de la Seda, y desde que se anunció la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), 136 países y 30 organizaciones internacionales han firmado documentos de cooperación con la Iniciativa. El país dirigido por Trump la veta, Japón lo secunda y Colombia también se excluye.


Para China, el multilateralismo es la solución a los problemas globales y su pilar esencial es la construcción de una comunidad de futuro compartido que pretende materializar a través de la IFR.


Además, China ha asumido el liderazgo global en el combate contra la pandemia y esto molesta a Occidente. Suministros, médicos y donaciones se reparten por el mundo. El país ejerce su responsabilidad global por primera vez, y junto a Cuba representan la solidaridad y el ideal de un mundo colaborativo casi en solitario. Y esta política es motivo de discursos suspicaces por parte de quienes no han enfrentado la pandemia con decisiones estrictas.


Son muchas las críticas que se le pueden hacer al gobierno de China: hay problemas con el tratamiento a varias etnias, discrepancias frente a los derechos de la población, dificultades con la reunificación del país; pero aparte de que no es la crisis actual, hay que reconocer que el Gobierno chino enfrentó sin titubeos ni mezquindad los desafíos del coronavirus en un país de 1.400 millones de seres humanos.


De la misma forma ha encarado la solidaridad y el apoyo a cientos de países sin haber resuelto definitivamente la crisis en su país. Los balances del mundo no se harán por episodios, eso es engañoso. De esta crisis emergerá una nueva silueta de los países, no por demócratas o dictatoriales, sino por los resultados de la política que tuvieron, por las consecuencias de las decisiones que tomaron sus Gobiernos. Y los muertos también hablarán.


Puedes ver: ¿Cómo predecir el comportamiento de una epidemia con estadística?.
 

El régimen chino no es perfecto, paradigmático, ni un modelo acabado: la gobernanza china tiene varios defectos y también procedimientos que se deben superar; pero ante el espectáculo irresponsable de Trump, Johnson y Jair Bolsonaro, entre otros mandatarios, es bueno reconocer que todavía hay Gobiernos que anteponen los seres humanos al inefable negocio.


Al político ruso Mijaíl Gorbachov le implosionó un imperio en sus pies, la antigua Unión Soviética. Algo aprendió, y hoy alerta:
 

lo menos que podrían hacer los dirigentes de las grandes potencias sería recortar el gasto militar para financiar la seguridad humana y colectiva, repensar todo el concepto de seguridad y enfocarlo hacia los retos del siglo: proporcionar alimento, agua, un medio ambiente limpio y asistencia sanitaria.


El primer paso hacia una “nueva civilización” podría ser un recorte del 10 o el 15 % del gasto militar, sugirió Gorbachov.


Trump piensa en la otra dirección: se dedica a dirigir la presión contra el adversario con el riesgo de convertirlo –con su paranoia– en objetivo militar. No estaríamos lejos de un desastre nuclear, al lado del cual el COVID-19 sería un juego de niños.

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