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Tras las lógicas de la violencia insurgente

¿Es posible alcanzar la paz sin entender los mecanismos violentos que perpetúan el conflicto armado en Colombia? Desde 2016, cuando se firmó el Acuerdo de Paz con las FARC-EP, han sido asesinadas selectivamente 1.603 personas, entre líderes sociales y firmantes de este.

 

Según cifras del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), desde esa fecha, y hasta el 24 de abril de 2022, el país ha sido testigo de 302 masacres. Así mismo, el Observatorio de Memoria y Conflicto señala que entre 2017 y 2021 se registraron 1.165 acciones bélicas, en las que se han visto afectadas 611 personas, la mayoría combatientes de los actores armados en conflicto.

 

Esta es apenas una muestra de cómo el conflicto armado se sigue manifestando a través de modalidades violentas específicas. Al respecto, el Observatorio de Memoria y Conflicto distingue 11 modalidades relevantes para el caso colombiano: asesinatos selectivos; desaparición forzada; acciones bélicas; secuestros; daños a bienes civiles; reclutamiento y utilización de menores de dieciocho años; violencia sexual; uso de minas antipersona y municiones sin explotar; masacres; ataques a población; y atentados terroristas.

 

Estas modalidades, unas más orientadas hacia objetivos militares y otras hacia objetivos civiles, han formado parte del repertorio de los actores armados que han participado activamente en el conflicto colombiano. Sin embargo, cada actor las ha utilizado en una intensidad distinta. Si indagamos sobre las tres principales modalidades utilizadas por los protagonistas de la violencia colombiana entre 1958 y 2021, obtenemos lo siguiente:

La tabla 1 muestra marcadas diferencias en los repertorios de violencia de los principales actores armados. Mientras que los agentes del Estado concentran sus acciones en modalidades violentas contra combatientes, las de los paramilitares se centran –casi exclusivamente– en modalidades violentas contra civiles. Por su parte, las guerrillas ejecutan modalidades tanto contra combatientes como contra civiles y tienen un repertorio menos concentrado en pocas modalidades.

 

Ya que la violencia insurgente articula modalidades violentas contra combatientes y civiles, quizá deberíamos empezar por allí para comprender la violencia política en Colombia. Es decir, si nos concentramos en la violencia que ejercen los agentes podríamos entender mejor las modalidades contra combatientes, mientras que si nos centramos en la violencia paramilitar ganaríamos en entendimiento de las modalidades contra civiles.

 

Sin embargo, en los conflictos armados, incluyendo el colombiano, las modalidades violentas contra combatientes y contra civiles se articulan entre sí. Esta articulación retroalimenta la violencia política y prolonga el conflicto armado. O sea, para desentrañar el mecanismo que sigue perpetuando la violencia en Colombia hay que entender mucho mejor las lógicas que articulan las modalidades violentas insurgentes.

Modalidades violentas de grupos insurgentes

  

Entender la articulación de las modalidades violentas que despliegan las insurgencias implica ir más allá de los análisis sobre la legitimidad de las justificaciones para levantarse en armas.

 

Independientemente de su legitimidad, el hecho indiscutible es que los grupos insurgentes no ejercen violencia en abstracto sino a través de unas modalidades específicas. No basta con abrir las cajas negras de la violencia para reconocer que las modalidades importan, y mucho.

 

También es necesario considerar la forma en la que estas modalidades son desplegadas por las insurgencias en el territorio. Esto es importante porque estas maneras tienen afectaciones diferentes sobre las comunidades y los territorios que habitan.

 

Dichas afectaciones deben ser el eje en el diseño de políticas públicas. Es decir, un Gobierno no debería impulsar el mismo paquete de programas y proyectos en un territorio contaminado por minas antipersona, que en una comunidad en la que su tejido social ha sido desgarrado por el sucesivo asesinato selectivo de sus líderes sociales, o en una población en la que se busca el restablecimiento de derechos luego de una masacre.

 

En efecto, estas modalidades violentas no han sido utilizadas por las insurgencias de manera homogénea a lo largo y ancho de Colombia. Así, el principal escenario del conflicto armado insurgente ha sido Antioquia, que concentra el 18,7 % de los casos, superando ligeramente la proporción de casos registrados en los tres departamentos que le siguen: Cauca (6,3 %), Meta (6,1 %) y Santander (5,5 %).

Según la tabla 2, pareciera que los repertorios de violencia insurgentes en Antioquia y Santander se asemejan entre sí, lo que podría atribuirse a la relación de vecindad geográfica entre estos dos departamentos.

 

También pareciera que el repertorio insurgente es similar en Cauca y Meta, departamentos que no guardan relación geográfica. Esto muestra la importancia de considerar tanto la heterogeneidad de la violencia insurgente que se manifiesta en patrones geográficos diferenciales como las relaciones geográficas que caracterizan la violencia insurgente. 

 

Es fundamental reconocer, tal y como lo vienen mostrando las audiencias adelantadas por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que la forma concreta como estos repertorios violentos se han desplegado y utilizado son el resultado de decisiones organizacionales en el marco del conflicto armado.

 

Es en este sentido que el análisis económico se suma a la comprensión de este objeto interdisciplinario que es la violencia política: como economistas queremos contribuir a develar las lógicas en torno a la decisión de las insurgencias de desplegar unas modalidades violentas específicas en un momento y lugar determinado, en el marco del conflicto armado colombiano.  

 

Los Economistas para la Paz consideramos que para alcanzar la paz es necesario comprender la violencia, y para comprender la violencia política en Colombia hay que lograr exponer las lógicas que articulan las modalidades contra combatientes y civiles, y que han prolongado, hasta el cansancio y el hastío, el conflicto armado en nuestro país.

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