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Se fue Pékerman, hora de un repaso a la historia

En el siglo XXI el fútbol colombiano presenta un tinglado de nuevos retos y nuevos paradigmas.

En la primera década se desenvuelve en una dinámica de avances y ausencias en cuanto a su presencia en torneos importantes como las Copas del Mundo Japón-Corea del Sur 2002, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010. Se gana la Copa América de 2001, cuya sede fue Colombia; se gana el torneo de clubes Copa Libertadores de América de 2004, en cabeza del Once Caldas, de Manizales, pero en general los resultados y proyectos propuestos no lograron los objetivos trazados.

En síntesis, en este periodo el fútbol nacional se empobreció o, como algunos afirmaron en su momento, “se peruanizó”. En el ámbito del fútbol profesional Colombia dejó de ser un país importador de jugadores para tornarse en un país exportador.

En este sentido las dinámicas de la globalización tocaron sensiblemente las estructuras del fútbol nacional en relación con sus fuerzas básicas. Se vendía un material de talento en formación a precios favorables para el mercado internacional en detrimento de la calidad del fútbol rentado local.

Entonces se tuvo que enfatizar en un trabajo paciente con formadores de divisiones menores como Eduardo Lara y Reinaldo Rueda, para crear una nueva base futbolística que diera sus frutos a la vuelta de varios años, de manera generosa.

Para el desarrollo del fútbol sería importante la generación sub-20 que ganó el Campeonato Suramericano Juvenil de 2005, en su vigésima segunda edición, que presentó una cohorte de jugadores como Radamel Falcao García, Camilo Zúñiga, Abel Aguilar, Freddy Guarín, Cristian Zapata, Dayro Moreno, Hugo Rodallega, Carlos Valdés y Edwin Valencia, quienes tuvieron como destino jugar en el fútbol internacional.

A todo esto añadiríamos el destacado tercer lugar logrado en el Mundial Juvenil de 2003 en su decimocuarta edición, celebrada en Emiratos Árabes Unidos, con las órdenes del entrenador Reinaldo Rueda. Fue la mejor actuación de un combinado juvenil en un evento de esta categoría.

En la segunda década del siglo XXI Colombia gana el Suramericano Sub-20 en Argentina 2013, y a nivel de clubes obtiene logros importantes como la Copa Suramericana, con el Independiente Santa Fe en 2015, y la Copa Libertadores de América en 2016, con el Nacional de Medellín.

Regreso a un Mundial

Después de 16 años, en Brasil 2014, el fútbol colombiano volvió a los mundiales, obteniendo un quinto lugar y los reconocimientos del mundo futbolístico. Cinco partidos jugados, cuatro ganados y uno perdido frente al anfitrión, Brasil, en cuartos de final. Una campaña que estampilla un escalón de marca mayor entre las grandes potencias del fútbol mundial. Una generación que se gestó en procesos de selecciones menores, juvenil y prejuvenil.

Sin su hombre emblemático, Falcao García, el equipo manejado por el argentino José Néstor Pékerman presenta a la faz futbolística mundial una generación de brillantes jugadores. James Rodríguez se consagra como “Botín de Oro” del Mundial, con seis tantos anotados, y se destaca como la principal figura del combinado “cafetero”. Doce goles a favor y cuatro en contra, guarismos que resaltan frente a las anteriores presentaciones, desde Chile 62.

Los Ospina, los Zapata, los Aguilar, los Armero, los Zúñiga, los Guarín y otros más aguardaron su momento y lo consiguieron en un Mundial que fue considerado por los especialistas como el mejor después de México 70.

Rusia 2018 nos muestra un noveno lugar por encima de países con historia como Argentina, Portugal, España y Alemania. Una actuación decorosa, altiva, que si bien no llegó a los sitiales de Brasil 2014, mantiene una presencia destacada en el escenario del fútbol mundial.

El fútbol colombiano de este nuevo siglo tiene unas características nuevas: es un fútbol exportador que ha logrado consolidar jugadores que se destacan en las grandes ligas europeas. Se foguean con los mejores del mundo y decantan así una gran experiencia que deviene en beneficio de las presentaciones del combinado nacional, cuando son convocados. Colombia, en determinado momento, bajo la era Pékerman, llegó a ubicarse entre los cinco primeros del ranking oficial de selecciones que establece la FIFA.

Lo cierto es que este nuevo fútbol colombiano se ha colocado en un listón que se convierte en un desafío de marca mayor para las próximas generaciones. Un punto muy alto que queda como reto para el futuro en cuanto a la revalidación de estos pergaminos.

Entre “el Pibe” y James

La socióloga Janet Lever, de la Universidad de California, y quien ha realizado investigaciones en torno al fútbol brasileño, habla de un concepto que puede definir la condición de un jugador que está más allá de la medianía: el estrelismo, término análogo que en los Estados Unidos se conoce como star system,o traducido al castellano “estrella del sistema del gran espectáculo”. O sea, alguien que se destaca de la generalidad y marca un momento culminante dentro de las diferentes estéticas que se desarrollan en torno al fútbol.

Asistimos entonces a una nueva realidad, a una circunstancia que marca distancias frente a las lógicas que se manejaban en otros momentos de nuestra historia futbolística. A menudo surgen las comparaciones y se llega a conclusiones que dejan de lado las realidades objetivas.

¿Qué equipo era mejor: la Selección Colombia del Mundial Italia 90 o la de Brasil 2014? Difícil llegar a un acuerdo porque son eventos que responden a realidades y contextos muy diferentes. También es el caso de similitudes y paralelismos realizados entre jugadores que en un cruce de espacio y tiempo representan lo más auténtico del fútbol colombiano. Es el caso de “el Pibe” Carlos Valderrama y James Rodríguez.

“Ellos vivieron épocas distintas en la historia del fútbol colombiano. Sus historias de vida son diferentes, luego sus experiencias tuvieron diferentes desenlaces. ‘El Pibe’ vivió una época en la cual el fútbol en Colombia apenas estaba experimentando la transición de un fútbol importador a un fútbol de exportación. Además era una época en la que el jugador del país no tenía el reconocimiento ni el respeto de los cuales gozan hoy en día.

El mundo de “el Pibe” se movía dentro de unas lógicas muy distintas: en un primer momento llega al fútbol francés, luego pasa al español y después al de Estados Unidos. Fue de los pioneros en cuanto al camino que debía trazar el futbolista colombiano para que otros llegaran después. Su figura y sus logros apenas balbucearon los rasgos de un fútbol que no llegaba a los niveles de comercialización que hoy nos ofrece este fútbol profesionalizado al máximo.

James Rodríguez vive otra época, con otras características sociales y culturales. Las tecnologías que se movían en los noventa eran muy distintas a las que forman parte de la vida del ciudadano de hoy, y eso lo podemos apreciar en el fútbol actual. Muy pequeño James emigra al fútbol de Argentina y allí continúa su proceso formativo. Juega con el Banfield y allí es campeón. Luego llega al fútbol portugués y allí logra destacadas actuaciones al lado de Falcao García y Freddy Guarín, jugando para el Porto. Luego va al fútbol de Francia y juega con el Mónaco.

Su plataforma de lanzamiento fue el Mundial 2014, en el que se erigió como gran figura, logrando que los ojos de los grandes equipos europeos se fijaran en él. El Real Madrid se hace a sus servicios, lo que lo convierte en la gran contratación del verano de 2014, y después recala en el fútbol alemán vistiendo los colores del Bayern Múnich. Dos historias que responden a distintos momentos del mundo futbolístico. El rol de figura del fútbol de James Rodríguez será muy diferente al de “El Pibe” en su momento.

Técnicos que no son profetas en su tierra

Otro elemento para destacar dentro del actual panorama del fútbol en Colombia es el hecho de la poca credibilidad de los técnicos colombianos para dirigir la Selección absoluta. Es un fenómeno que nos muestra cómo, a pesar de la preparación y formación del técnico colombiano, este no inspira la suficiente confianza para ser depositario del honor de dirigir una Selección Colombia de Fútbol. Pueden haber varias explicaciones, pero nos inclinamos por aquella según la cual los discursos futbolísticos de los técnicos nativos están agotados en el medio futbolístico, y la gente de este medio busca otros predicamentos que solo son posibles de encontrar fuera del país.

Tal vez esta fue una de las razones por las cuales José Néstor Pékerman logró buen recibimiento en su momento, en cuanto a su propuesta en el medio colombiano.

Pinto, Rueda, Osorio y Gómez, por ejemplo, son buenos técnicos. De hecho han triunfado manejando diferentes selecciones en el exterior, y han logrado clasificarlas a los mundiales de fútbol. Pero en el ámbito de especialistas no hay consenso para que sus propuestas futbolísticas arraiguen lo suficiente como para ser elegidos técnicos de la Selección absoluta de Colombia. ¿Falta de credibilidad o de confianza? Lo único cierto es que todo parece indicar que pasará un buen tiempo antes de que un colombiano vuelva a tomar las riendas de la Selección Colombia.

La corrupción también llega al deporte

El fútbol no es algo que está por fuera de la sociedad; “está en la sociedad”, forma parte de ella, y todo lo que ocurre en ella de alguna manera tendrá incidencia en la actividad del mundo del fútbol. Así como hay dirigentes y empresarios que desarrollan prácticas corruptas tanto en el sector privado como en el público, también en el fútbol se manifiestan acciones que van más allá de lo permitido.

La historia del fútbol en Colombia ha sido escenario de comportamientos dirigenciales que van más allá de la ética y de la transparencia. Por lo general se mira con detenimiento una época que, por sus connotaciones, marcó de manera dramática el curso de nuestro fútbol. La década de los ochenta fue teatro de una fuerte presencia de los grandes capitales ilícitos en los diferentes equipos del rentado colombiano. Esa presencia hizo que el fútbol viviera en una especie de burbuja económica, de tal forma que en el exterior se llegó a valorar la importancia del fútbol colombiano al nivel de la élite internacional.

Era un fútbol protagonista tanto a nivel de clubes como de selecciones. Grandes equipos con nóminas costosísimas generaron una intensidad competitiva que condujo a la utilización de los recursos tanto lícitos como ilícitos en ese pulso por obtener los mejores resultados en beneficio de A o B institución futbolística.

En esta vorágine competitiva todo era válido: sobornar árbitros y jugadores, y pagar personajes de los medios de comunicación para apoyar determinados intereses fueron la constante de esta etapa en la vida de nuestro fútbol. El punto de inflexión se dio cuando en 1989 fue asesinado en Medellín el árbitro Álvaro Ortega después de un partido entre Independiente Medellín y América de Cali que finalizó con empate a dos goles.

El fútbol colombiano pasaba por uno de sus mejores momentos a nivel deportivo. A mediados de ese año Atlético Nacional de Medellín había ganado por primera vez para Colombia la Copa Libertadores de América y meses después se obtuvo el derecho a asistir por segunda vez, después de 28 años, a un Mundial de Fútbol, a la Copa Mundo Italia 1990. Se vivía lo que se llamó a la sazón “la era Maturana”, un predicamento que estaba en el discurso del “estilo” y la “identidad”.

La muerte de Ortega llevó al fútbol colombiano a su punto más álgido. De inmediato se suspendió el torneo de 1989 y se declaró desierto el título de ese año. De otra parte el Estado encontró en esta coyuntura una oportunidad ideal para intervenir el fútbol metiendo en cintura a las instituciones futbolísticas e investigando la naturaleza de los recursos económicos que soportaban su vida deportiva. A partir de entonces los diferentes equipos entrarían a ser vigilados por los distintos entes estatales como Coldeportes, el Ministerio de Educación, la Contraloría y la Fiscalía, que intervinieron en el ejercicio contable de los diferentes clubes miembros de la Dimayor.

Ante esta situación el fútbol entra en una nueva realidad. Los grandes capitales que prácticamente gobernaron el desarrollo del fútbol en la década de los ochenta se alejaron originando vacíos financieros que llevaron a los diferentes clubes a deshacerse de las grandes figuras, habida cuenta de su incapacidad para sostener sus jugosos contratos. Esto llevaría a que se diera una nueva dinámica basada en la práctica de la venta de jugadores, más que de su compra.

De esta forma, para afrontar su nueva realidad los clubes fueron saliendo de sus principales figuras, tanto para el mercado interno como para el mercado internacional. Implementada esta lógica del mercado nuestro fútbol experimentó la transición de pasar de un fútbol comprador a un fútbol exportador.

Hoy Colombia maneja un mercado internacional que le reporta a la economía del país una buena cantidad de millones de dólares. De todas maneras en el fútbol sigue latente el fenómeno de la corrupción, aunque es necesario observar que no se da al nivel de la década de los ochenta. Mientras el entorno social es presa permanente de las prácticas mafiosas, el fútbol, como actividad pública deportiva, estará expuesto a este tipo de conductas delictuosas.

La pasión del fútbol por encima de las divisiones políticas

Diversos momentos de la vida nacional han servido para registrar construcciones y correlatos de país, de nación, de patria. Remontándonos en el tiempo encontramos, por ejemplo, la celebración de los Primeros Juegos Nacionales, realizados en Cali –en los cuales el fútbol fue el deporte bandera– y que fueron destinados a refrescar los conceptos y correlatos de país, nación y unidad nacional.

El fútbol aparecía como un vector cultural que empezaba a irrumpir con el discurso generador de simpatías, afinidades e imaginarios que se fijaban en el sentimiento colectivo. La pasión empezaba a generar una nueva simbología, unas nuevas formas de mirar la realidad.

Otro punto de referencia en el tiempo lo encontramos en los años cuarenta, con la aparición del rentado futbolístico: 1948 fue escenario del primer campeonato profesional en nuestro medio. Los acontecimientos del 9 de abril aceleraron para el 15 de agosto la iniciación de un torneo que estaba pensado para comienzos de 1949. El papel que jugó el fútbol como espectáculo de masas fue más que estratégico.

El fútbol contribuyó en buena medida a morigerar los antagonismos políticos mutándolos por antagonismos regionales, conllevando así a un proceso civilizador, de distención ante el clima de violencia política que se respiraba en el país. Ahora nos encontramos en un contexto en el que los correlatos de país se construyen en torno a la Selección Colombia. Se configura lo que se pueden denominar “identidades hechizas”, o sea identidades alrededor de las cuales nos convocamos como colombianos, como individuos que nos ubicamos en el marco de unas fronteras de un país que se llama Colombia. Es el único espacio en el que las diferencias se eliminan más allá de las diferencias que se aprecian en una realidad que se manifiesta en el ámbito de los derechos básicos de la población.

El derecho a la salud, a la educación, a la justicia digna, a mejores condiciones de vida de la población… ninguna de estas necesidades constituye motivo de orgullo para el colombiano medio. Y entonces entramos en la paradoja de conmovernos frente a la derrota digna en el campo de juego y no nos conmueven hechos que lastiman y fragmentan el tejido social como el asesinato sistemático de líderes y defensores de derechos humanos, salvaguardas de la cohesión social.

Apreciamos aquí la diferencia entre lo frágil y lo contundente. Solo podemos identificarnos y tener un sentido de pertenencia en esos momentos de trance hacia estados de “narcicismo nacionalista”. Más allá vienen los problemas inherentes a la construcción de país. En ese escenario viene la exclusión total.

A diferencia del texto bíblico, el fútbol fue primero acto y después fue verbo. En un comienzo era el juego, luego se codificó y vino ese fenómeno expansivo con el imperio colonial inglés, después llegaron los comentaristas, los periodistas, los académicos, los literatos, los antropólogos, los sociólogos, los politólogos... el fútbol hasta hoy ha desplegado una literatura de vastísimas proporciones. Esta es una contribución a una visión del fútbol de hoy desde la Bogotá de fines de la segunda década del siglo XXI.

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