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Recetas económicas convencionales no espantan el fantasma de la recesión

Al presentar un crecimiento económico negativo durante los dos primeros trimestres del año (-1,6 % en el primero y -0,9 % en el segundo), se considera que Estados Unidos ha entrado en recesión. 

 

Algunos analistas plantean que esta definición técnica que sigue la Reserva Federal es muy parcial, ya que no considera otros indicadores como el desempleo –que simultáneamente está cayendo– y la manufactura, que experimenta cierto repunte; aun así, en el país la inflación ha alcanzado niveles que no se veían desde hace 40 años (9,1 %). 

 

Todo esto muestra una economía con un panorama complejo, cuyas repercusiones pueden ser muy graves para el resto del mundo, y en particular para América Latina.

 

Lo primero a tener en cuenta es que el contexto económico internacional es turbulento. Por un lado, la guerra en Ucrania ha cortado el suministro de algunos productos agrícolas y materias primas fundamentales para la producción y alimentación de la población en muchas regiones del mundo. 

 

Además, la reactivación de los mercados tras superar la fase más crítica de la pandemia enfrentó graves deficiencias en las cadenas globales de logística y suministros. En esa medida, el despertar de la demanda represada se encontró con una lenta respuesta de la disponibilidad de bienes y servicios, lo que originó presiones inflacionarias en el mundo.

 

Tasas de interés como muros de contención

 

Las medidas de política económica que la mayoría de los países han tomado para afrontar el problema de la inflación siguen la receta de la teoría económica convencional, que dispone el alza general de las tasas de interés para represar la demanda y así disminuir la presión sobre los precios. Se supone que la contracción económica que eso produce será la base para reiniciar el crecimiento con los mercados estabilizados y reducidos a su correcta proporción.

 

Ese ha sido el caso de los Estados Unidos, en donde la Reserva Federal subió la tasa de interés de referencia del 0 al 2,50 % en lo corrido de este año, lo que no hacía desde 1994. Con esta decisión busca bajarle la presión a la actividad económica y así controlar la inflación, principal preocupación de los ciudadanos ante las próximas elecciones de Congreso. 

 

Sin embargo no hay certeza de que logre el objetivo: el resultado puede ser que al bajar la actividad económica aumente el desempleo, y como las variables que alimentan la inflación no son del todo internas, se llegue a una situación de estancamiento con inflación (estanflación), como la que ya se vivió en la década de 1980.

 

Entre tanto, el alza de las tasas de interés estadounidenses induce la entrada de capitales de otros países en busca de mayores rentabilidades, con lo cual el dólar se fortalece frente a las demás monedas mientras su devaluación implica mayores costos de los bienes y materias primas importados, reforzando así las presiones inflacionarias globales y trasmitiendo los motores recesivos al resto del mundo.

 

Se sabe que una contracción de la economía de los Estados Unidos puede tener fuertes repercusiones internacionales, en la medida en que disminuye la demanda por materias primas y bienes intermedios para la producción final en muchas de sus industrias, pero además encarece los productos de exportación desde esa nación, con lo cual el resto de las economías se enfrentarían a grandes dificultades de provisión e ingresos para su población, que es la que tendrá que soportar toda la carga de la crisis. A excepción de China, por supuesto, que cuenta con una dinámica propia, aunque no del todo aislada.

América Latina: impactos en los ingresos estatales

 

Es bien conocido que los países latinoamericanos son altamente dependientes de la economía estadounidense, ya que, en promedio, el 40,5 % de las exportaciones de la región se dirigen a ese país, y de vuelta reciben el 50,1 % de sus importaciones, también en promedio. 

 

Una recesión en los Estados Unidos afecta negativamente el nivel de actividad económica, y por lo tanto la generación de empleo. Esto, sin duda, también repercute sobre los ingresos estatales, ya de por si menguados por el esfuerzo que, en mayor o menor medida, los países de la región desplegaron para paliar los efectos de la pandemia. 

 

Esto último también ha presionado en parte el alza en los niveles de endeudamiento externo de los países de la región, incrementados por la devaluación de sus monedas, lo que los deja con muy poco margen para aumentarlo y con pocas posibilidades de que la inversión extranjera –una tercera parte proveniente de Estados Unidos– se acreciente. 

 

Para los países con mayores índices de emigración, como México y Colombia, queda el recurso de las remesas que envían sus nacionales en el extranjero, pero aun así estas tienen un límite. Todo lo anterior afectaría la capacidad de los Estados para orientar recursos a programas sociales, con lo cual las capas más vulnerables de la población se verían doblemente afectadas aumentando así los indicadores de pobreza, aun más de lo que lo hicieron entre 2020 y 2021.

 

Menor crecimiento, menos empleo e ingresos en Colombia 

 

Estados Unidos ocupa el primer lugar en los intercambios comerciales de Colombia. El 29,3 % de las exportaciones se dirigen a ese país, de donde viene el 25,2 % de las importaciones. Una caída en la actividad económica norteamericana tendría un impacto directo en nuestro país, al disminuir los flujos de comercio, agravando aún más el déficit de la balanza comercial colombiana, que ya alcanza 6,4 % del PIB, lo que se vería reforzado por una probable disminución de la inversión proveniente de ese país. Eso repercutiría en un menor crecimiento económico y por lo tanto del nivel de empleo y de los ingresos. 

 

A esos impactos directos se sumarían otros, que ya se están presentando, como resultado de la respuesta de política monetaria del Banco de la República a las medidas de la Reserva Federal, como es la subida de la tasa de interés en 200 puntos básicos en lo corrido del año. De esta manera el Banco Central busca controlar la inflación interna pero también moderar la devaluación del peso, que alcanza un 12,7 % al cierre de julio del presente año.

La consecuencia lógica de esta política será el reforzamiento de la disminución del ritmo de crecimiento de la economía y de la generación de empleo e ingresos para la población, a la vez que no está claro que se logren los objetivos de controlar la inflación y la devaluación del peso, que son inducidas por los factores externos ya comentados, los que no podrán ser contrarrestados por mayores exportaciones, dada la escasa diversidad productiva del país y la misma debilidad económica del resto del mundo.

 

Por último, algunos analistas han señalado que la inflación de Estados Unidos ya llegó a su tope, con lo cual se superarían algunas de las dificultades presentes. Desafortunadamente la ciencia económica no es una ciencia exacta y el desarrollo de los algoritmos tampoco ha alcanzado el nivel de precisión como para predecir el futuro.

Consejo Editorial