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Radiografía de los “nini” en Colombia, un fenómeno con rostro de mujer

Andrés se encuentra al borde de la desesperanza. En una libreta de bolsillo marca los días que lleva buscando trabajo: “ya son más de 700”, susurra el joven de 21 años quien desde enero de 2019 comenzó la búsqueda de su primer trabajo.


Con un curso de auxiliar contable y unas ganas enormes de trabajar, tenía la certeza de que se convertiría en alguien autosuficiente e independiente económicamente, para lo que lo preparó su mamá. Ya perdió la cuenta de cuántas postulaciones ha realizado a través de plataformas online de empleo y de cuántas hojas de vida ha repartido en Cartagena, pero nada, no lo llaman de ninguna parte.


Hace pocos meses, cuando las protestas sociales hacían estremecer las calles del país, Andrés se enteró en las noticias de que jóvenes que como él, que no estudian ni trabajan, son categorizados como “nini”, una adaptación al español del acrónimo inglés NEET (not in education, employment or training) que traduce “sin educación, empleo o capacitación” y que se empezó a utilizar en los años 90 en el Reino Unido y posteriormente en países como Japón, Corea del Sur y Taiwán.


De esta manera supo que su situación y la de varios de sus amigos en el barrio La María –uno de los sectores con mayores desigualdades sociales de la capital de Bolívar–, tan desesperanzados como él, la afrontaban también más de 250 millones de jóvenes en el mundo.


Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 2016 había en el mundo 259 millones de jóvenes nini; en 2019 se les calculaba en 267 millones, y se prevé que en 2021 la cifra aumente hasta 273 millones, de los cuales 181 millones serán mujeres.
 

Puedes escuchar: Las voces de los jóvenes: ¿qué tienen por decir?.
 

La OIT estimó en 2020 que en América Latina había 23 millones de jóvenes nini, mientras para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) la cifra cercana a los 30,5 millones.


Para el caso colombiano, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) muestra que en 2019 hubo 2,7 millones de jóvenes nini, y como resultado de la pandemia por COVID-19 otros 500.000 estuvieron en esa situación en 2020.


El profesor Roberto Sánchez Torres, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), señala que, “a diferencia de los países europeos donde uno de los aspectos principales que influye en el fenómeno nini es el desempleo, en América Latina el problema es más profundo, ya que además del desempleo existe una exclusión del sistema educativo”.


Agrega que, “una parte importante de los jóvenes entre 14 y 17 años están en inactividad, es decir, son muchachos que desde muy temprana edad se topan con una sociedad que no les genera oportunidades”.

También indica que en Colombia existe un desbalance histórico en el mercado laboral, pues existe una abundante fuerza de trabajo y una débil demanda de trabajadores, lo cual implica grandes barreras en la inserción laboral de diferentes grupos poblacionales, entre los cuales los jóvenes son particularmente vulnerables.


De hecho, según la OIT, la mayor parte de los jóvenes tienen que esperar un promedio de 13,8 meses hasta encontrar un empleo estable o satisfactorio, lo cual refleja la difícil transición de la educación al trabajo, y conlleva el riesgo de deterioro de las competencias y de desaliento.


Andrés menciona que estar en el “limbo” en el que vive desde hace meses está afectando su autoestima y hasta sus relaciones personales: “empiezo a sentirme inútil y frustrado, no salgo y casi no comparto con mis amigos porque pienso ¿y qué les voy a contar?”.


En uno de los pocos estudios realizados en Colombia, el profesor Sánchez se dio a la tarea de analizar los determinantes microeconómicos (personales y del hogar) que inciden en la situación de los jóvenes nini, e identificar los factores más relevantes que afectan la probabilidad de que se encuentren en esa condición.


Para ello utilizó los microdatos de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) de 2019; en la identificación de los nini consideró a los jóvenes entre los 14 y 28 años –el 25 % de la población– y realizó estimaciones según la importancia de las características familiares en la determinación de serlo, para lo cual implementó modelos econométricos de variable dependiente limitada.


Un primer resultado es que en Colombia el 22,6 % de los jóvenes no estudian ni trabajan (2.762.476 personas), el 14,4 % no buscan emplearse (inactivo) y el 8,2 % están desocupados. Las mujeres representan el 70 % de los ninis y el 77 % de los nini inactivos.
 

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Geografía de los nini


Respecto a la distribución de la población que no estudia ni trabaja en el país, Cundinamarca y Santander son los departamentos con menor proporción; en el caso de las ciudades son Bogotá, Medellín y Tunja; en contraste, en Cesar, Caquetá y Chocó el porcentaje es superior al 30 %. En Cúcuta y la mayoría de las ciudades de la costa Caribe, más del 25 % de los jóvenes no estudia ni trabaja.


Aunque para el total nacional y en la mayoría de las ciudades y departamentos es mayor la incidencia de nini inactivos, es evidente una mayor participación femenina en las ciudades más grandes (Bogotá, Medellín y Cali) y en otras como Bucaramanga e Ibagué, lo que lleva a que la proporción de jóvenes desempleados sea mayor.

Fenómeno con rostro de mujer


El estudio del profesor Sánchez Torres arrojó que en Colombia una de cada tres mujeres entre 18 y 28 años es nini, lo que muestra las restricciones para hacer una adecuada transición del sistema educativo al mercado laboral.


El académico menciona “que los hombres salen mucho más temprano del sistema educativo que las mujeres: ellas lo hacen a los 18 años y ellos entre los 15 y 16 años, una explicación podría ser que sobre ellos existe la presión de generar ingresos en sus hogares”.
 

Con respecto a las jóvenes, la situación es más grave sobre la inactividad, y está vinculada a la maternidad y la integración temprana de hogares como cónyuges.


Precisamente en 2019 una encuesta realizada por la Universidad de los Andes a jóvenes entre 15 y 24 años evidenció que el promedio de edad en que las jóvenes tienen su primer hijo es a los 18 años, momento en el que muchas se encuentran en la universidad o saliendo del colegio.


Para el docente, “tal realidad implica un reto de políticas públicas para estructurar una política educativa, laboral y social interdisciplinar con perspectiva de género, que garantice la equidad y la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad”.
 

Tener un título no es suficiente


Al comparar los niveles educativos de los nini desocupados e inactivos en distintos rangos de edad, se observa que el grupo de desocupados tiene mayores niveles educativos que los inactivos, incluso el 17 % del primer grupo –entre los 25 y 28 años– es profesional.


Esta es otra situación que tiene un importante rasgo de género, ya que las mujeres nini que buscan empleo tienen mayores niveles educativos que los hombres (más de la tercera parte de ellas son técnicas, tecnológicas o profesionales), siendo el grupo poblacional menos aprovechado en el mercado laboral, aunque están altamente cualificadas.


Otro aspecto a tener en cuenta es que dejar de ser nini no necesariamente lleva al mejor de los escenarios para los jóvenes, ya que una parte importante de ellos se inserta en empleos inestables, insatisfactorios, con sobrecualificación o de bajas remuneraciones. “Si los jóvenes estudian, pero no encuentran empleo en lo que estudiaron es como tapar un hueco abriendo otro”, menciona el profesor Sánchez.
 

Señala también que “el resultado evidencia el desaprovechamiento del capital humano de los jóvenes, pues aunque estos tengan altos niveles de calificación no encuentran oportunidades de empleo acordes con su formación o sus expectativas. Por eso es fundamental ampliar el acceso a la educación profesional, pero este se debe articular con programas que garanticen la inserción laboral de jóvenes y una política ambiciosa de fortalecimiento y dinamización de la demanda de trabajo”.
 

“Pensar que la situación del empleo se va a solucionar con políticas focalizadas es pensar que el problema es solo del grupo poblacional y no de la economía en general”, concluye.


En ese sentido, iniciativas como el subsidio a la nómina para las empresas que contraten a jóvenes entre los 18 y 28 años, o la Ley 1780 de 2016 –que promueve el empleo juvenil–, aunque son bien intencionadas e importantes, el cambio tiene que ser estructural y no focalizado.


Mientras tanto Andrés ha encontrado por fin algo para hacer en estos días, “no es un trabajo estable, ni siquiera un contrato de prestación de servicios, pero por lo menos no estaré en la casa sin hacer nada”, dice.


Más de 700 días después de permanecer en la búsqueda de trabajo, le han ofrecido pagarle 25.000 pesos por día, para apoyar las acciones de una ONG que trabaja con niños vulnerables en Cartagena. “De pronto en este tiempo se den cuenta de todo lo que tengo para aportar y decidan darme la oportunidad de tener un trabajo en mejores condiciones”, anhela el joven mientras eleva su mirada al cielo en un gesto de resignación.
 

Consulta nuestro especial: “Realidad de los jóvenes: más cambios estructurales, menos "pañitos de agua tibia”.

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