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Prosur: idea sin proyecto ni liderazgo real para la integración latinoamericana

El estado de la integración latinoamericana es el estancamiento político, la inercia institucional y la falta de interés en un proyecto regional común de los gobiernos de turno. Se mantienen caparazones institucionales, arquitecturas muy bien diseñadas, estructuras formales carentes de efectividad política y que no se traducen en un ideario compartido para proyectar a la región frente al mundo en el siglo XXI.

Los procesos de integración regional han cambiado. De tempranos intentos por imitar a la Unión Europea –máximo referente de integración política y económica global–, como la Comunidad Andina (CAN) o esquemas económico-comerciales como el Mercosur, a organismos como la Comunidad del Caribe (Caricom), el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), o, más recientemente, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), fundadas en 2008 y 2010 respectivamente, existen múltiples esquemas que aunque contribuyen a mantener relaciones fundamentalmente comerciales y de cooperación, no representan un proyecto unificado regional de integración política.

La integración regional carece de liderazgo y no será el Gobierno colombiano el que ocupe ese lugar, puesto que se encuentra muy lejos de tener un proyecto integrador latinoamericano.

En la actualidad no se piensa tanto en arquitecturas institucionales como la Organización de Estados Americanos (OEA), alienada por el poder estadounidense y su instrumentalización durante la Guerra Fría. Hoy se prefieren iniciativas más flexibles, pragmáticas y operativas como la Alianza del Pacífico, en la que predominan intereses económicos más fácilmente negociables que los asuntos políticos. Esto significa que el enfoque idealista-liberal, preocupado por una integración económico-comercial, sigue siendo el preponderante en las agendas de la política exterior regional; falta tener una visión compartida, posicionar una identidad común y empezar a construir nuevas relaciones multilaterales sobre una base ideacional que permita pensarnos como parte de “nuestra América” como señaló José Martí.

A pesar de la poca consistencia de la política internacional colombiana, este enfoque teórico liberal parece ser el del gobierno de Iván Duque, en el que se menciona marginalmente la integración regional, junto a la competitividad y el multilateralismo “por la paz, la seguridad y la democracia”, aunque no se indica ningún lineamiento específico de integración. Tal parece que durante este cuatrienio tampoco se desarrollará una política exterior de Estado y soberana, dando continuidad a la tradicional relación carnal con los Estados Unidos, a pesar de que a la administración de Donald Trump poco le interesa la región, el multilateralismo, o tan siquiera conservar las relaciones comerciales a través de su política de tratados bilaterales, dado el regreso del proteccionismo y el obstinado cierre de fronteras antiinmigrantes.

Los proyectos de integración han fallado por distintas causas, entre las que sobresale la debilidad institucional de los Estados latinoamericanos que dejan a la política exterior sujeta a los caprichos del gobierno de turno y de unas élites que manejan una pobre diplomacia, alejándole del profesionalismo y de la racionalidad técnica.

En este contexto, el pronunciamiento del presidente Duque sobre el eventual reemplazo de la Unasur por Prosur, “un mecanismo de coordinación suramericana de políticas públicas, en defensa de la democracia, la independencia de poderes, la economía de mercados, la agenda social, con sostenibilidad y con debida aplicación”, resulta coherente –a pesar de su falta de visión– en el sentido de articular posiciones en un escenario alternativo para “proyectar el poder blando del país”, como señala el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022. Sin embargo: ¿cómo proponer un nuevo esquema latinoamericano cuando no se tiene un proyecto de integración compartido ni una orientación clara para liderar un proceso inclusivo integrador de alcance regional?

Débil política exterior

En general, la integración regional carece de liderazgo y no será el Gobierno colombiano el que ocupe ese lugar, puesto que se encuentra muy lejos de tener un proyecto integrador latinoamericano. Contradiciendo la propia Constitución (artículo 9), la política exterior colombiana no tiene vocación por la integración latinoamericana, y el pronunciamiento sobre el reemplazo de la Unasur es netamente coyuntural, orientado por el interés de presionar multilateralmente al Gobierno venezolano y no por el genuino propósito de construir un esquema de integración efectivo.

Los proyectos de integración han fallado por distintas causas, entre las que sobresale la debilidad institucional de los Estados latinoamericanos que dejan a la política exterior sujeta a los caprichos del gobierno de turno y de unas élites que manejan una pobre diplomacia, alejándole del profesionalismo y de la racionalidad técnica. Sin embargo los desacuerdos ideológicos entre los países de la región han sido una razón apreciable para que ningún esquema avance, por falta de la voluntad política de sus mandatarios e incluso por el desinterés de la misma ciudadanía.

Sobre dicha base, no es posible consolidar un proyecto de integración común, dado que cualquier esfuerzo sin proyecto político terminará convirtiéndose en un bloque contra otro bloque en una lógica de alianzas políticas o económicas en el péndulo entre la derecha y la izquierda. Por tanto, no tiene sentido hablar de integración regional si cuyo trasfondo es consolidar una alianza política coyuntural sin una visión de largo plazo.

América Latina vive un periodo de redefinición de liderazgos con Gobiernos con visos antidemocráticos, nada dialogantes, con ideologías diferentes, y en los que, en sintonía con el freno a la globalización y al multilateralismo impuesto al mundo por el estilo de gobierno de Trump, los países latinoamericanos pueden terminar siendo escenario de una escalada de tensiones, echando al traste los avances democráticos en los que la política exterior latinoamericana, a pesar de todo, ha venido avanzando.

Los desacuerdos ideológicos entre los países de la región han sido una razón apreciable para que ningún esquema avance, por falta de la voluntad política de sus mandatarios e incluso por el desinterés de la misma ciudadanía.

Es pertinente recordar que la Unasur no se puede entender como una invención de la política exterior del “socialismo del siglo XXI” y del liderazgo de Chávez, como algunos analistas, Gobiernos y medios de comunicación han posicionado en la opinión pública; dicho organismo fue el resultado de un proceso de concertación en el que Brasil jugó un papel importante y que coincidió con el auge y la decadencia de gobiernos progresistas, pero, aun así, logró incorporar a los Estados suramericanos en un organismo intergubernamental en el que se llegó a acuerdos en temas tan sensibles como los militares, a través del Consejo de Defensa Suramericano, el cual, si Unasur desaparece, no tendría fácil reemplazo en momentos en que el militarismo se toma de nuevo a la región.

En suma, la iniciativa de reemplazar Unasur por Prosur es solo una idea irreflexiva, con pocas probabilidades de materializarse, y de llegar a hacerlo, será solo un bloque parcial y coyuntural en función de conseguir una salida a la irresoluta crisis en Venezuela, ignorando la institucionalidad existente, la cual, cabe anotar, tampoco ha resultado eficaz. Acabar definitivamente con Unasur es desconocer un proceso de integración que bien podría servir para continuar construyendo un proyecto compartido y articulador de subesquemas de integración, como otrora se llegó a considerar.

Prosur no responde a un proyecto real de integración, y no existe liderazgo regional –y mucho menos nacional colombiano– para impulsarlo.

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