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Productividad de suelos del Eje Cafetero se redujo por erupciones volcánicas

Encontrar pistasde la manera como las erupciones volcánicas que sucedieron en el periodo prehispánico afectaron a las poblaciones humanas fue el objetivo de William Andrés Posada, doctor en Geografía de la Universidad Nacional de Colombia (UN) y profesor de la Universidad de Antioquia, quien se concentró en la zona comprendida entre los municipios de Neira, Manizales y Chinchiná, en Caldas.

El investigador escogió la región del Eje Cafetero, al noroccidente del país, porque es la zona en la que más ocurren estos fenómenos naturales, y aunque se ha documentado ampliamente la actividad del volcán Nevado del Ruiz, este no es el único presente en el área, pues allí existe un sistema de cerca de nueve volcanes, entre los que también se destacan Cerro Bravo, Cerro Machín, Nevado del Tolima, Nevado del Cisne y Nevado de Santa Isabel.

Documentar qué hicieron los pobladores de la época para resolver los problemas que imponía una erupción volcánica, y cómo intervenían estos eventos en el uso del suelo y las prácticas agrícolas, le implicó al doctor Posada realizar una exploración del área en busca de sitios cuyos mantos de ceniza y objetos cerámicos prehispánicos estuvieran bien conservados.

Para ello se ayudó de modelos estadísticos mediante un sistema de información geográfico que le permitiera estimar la extensión de la caída de cenizas volcánicas, y al mismo tiempo las zonas de mayor riqueza arqueológica.

“Empezamos a registrar manifestaciones humanas en toda la región: se trataba de grupos poco numerosos de cazadores y pescadores nómadas. Entre las muestras de cenizas encontramos restos pequeños de herramientas de piedra muy simples”.

Dar un salto nueve milenios atrás requirió realizar excavaciones en tres sitios arqueológicos localizados entre los 1.500 y 2.000 msnm: El Guineo, en el municipio de Neira; Villa Ofelia, en el municipio de Chinchiná, y Villa Clara, en Manizales. En cada lugar se excavaron profundidades determinadas para llegar a los restos que corresponden a esa franja de tiempo.

Así por ejemplo, en Neira –al norte– se excavaron 2,5 m para alcanzar los 9.500 años de antigüedad, y en Chinchiná –al sur– 1,30 m para llegar a la misma época. La exploración de cada lugar comprendió extensos recorridos a pie, revisión de suelos para obtener muestras de cenizas volcánicas y sondeos de prueba, que son excavaciones pequeñas que sirven para ver la composición del suelo y, en el caso de esta investigación, verificar si existen vestigios de presencia humana, como fragmentos de cerámica precolombina.

Antes del presente

Cuando se habla de 9.000 años antes del presente se refiere a una forma de ordenar el tiempo en arqueología, pero también significa aproximadamente 7.500 años antes de Cristo (a. C.). Con los análisis realizados por el investigador se encontró que en ese entonces existieron condiciones climáticas muy secas y un incremento en la temperatura que abrió paso a una época bastante cálida con suelos fértiles y productivos y bosques con gran desarrollo.

“Empezamos a registrar manifestaciones humanas en toda la región: se trataba de grupos poco numerosos de cazadores y pescadores nómadas. Entre las muestras de cenizas encontramos restos pequeños de herramientas de piedra muy simples”, agrega el investigador Posada.

Además en esta época se evidenció una actividad continua y bastante explosiva del volcán Cerro Bravo, del que hasta ahora no se tenía registro histórico documentado. Esto se pudo deducir por la cantidad de poros que tenían las piedras de pómez analizadas, ya que la presencia de abundantes vesículas indica que la cantidad de gases expulsados por el volcán fue elevada.

Erupciones frecuentes y de poca energía

En los primeros años estudiados, aunque violentas, las erupciones no fueron tan frecuentes como en épocas posteriores. El impacto real se comprobó con las muestras de suelo y ceniza volcánica del periodo comprendido entre los años 3000 y 2000 a. C., las cuales mostraron menor fertilidad en los suelos y erupciones menos violentas, pero más continuas.

El análisis demuestra una correlación estadística entre las propiedades químicas de los suelos y la frecuencia de las erupciones. “Existe una idea generalizada de que las cenizas volcánicas conducen a la fertilidad del suelo, pero en este caso no es así. La emisión permanente de cenizas volcánicas al suelo inhibe la disponibilidad de ciertos nutrientes para las plantas como el fósforo, e incluso generan compuestos tóxicos”, confirma el investigador Posada.

Este fenómeno le restó productividad al suelo y produjo un abandono del territorio de casi un milenio. Siglos más tarde, cuando cesaron las erupciones y los suelos volvieron a desarrollarse, aparecieron nuevas evidencias humanas representadas en una nueva tecnología, al parecer venida del valle del río Magdalena: la alfarería.

Actualmente la zona estudiada tiene vocación cafetera y aunque estos cultivos pueden tolerar ciertos niveles de acidez del suelo, en efecto es posible observar que los caficultores deben abonar sus terrenos de manera permanente para conseguir productividad.

Otro hallazgo del estudio es que se logró documentar un fogón hecho por los primeros pobladores (entre 5.000 y 7.000 años a. C.), pues se encontró una acumulación de carbón con herramientas de piedra que, al observar en el microscopio, reveló una gran cantidad de grasa de animal quemada, lo que representa la primera evidencia del consumo de fauna por parte de estos grupos.

Para mirar hacia el futuro

Esta investigación representa un insumo para los planes de ordenamiento territorial (POT), debido a que brinda información sobre cuáles son los suelos con mayor aptitud para prácticas agrícolas o asentamientos humanos, y además qué zonas deben destinarse a la reforestación y conservación porque son los sectores más propensos a las erupciones.

Actualmente la zona estudiada tiene vocación cafetera y aunque estos cultivos pueden tolerar ciertos niveles de acidez del suelo, en efecto es posible observar que los caficultores deben abonar sus terrenos de manera permanente para conseguir productividad.

De esta manera la arqueología podría apoyar de manera efectiva los planes de gestión del riesgo. A esto se suma que para la investigación del doctor Posada fue necesario integrar distintas disciplinas:

  • Ciencias de la tierra.
  • Geociencias.
  • Geología.
  • Vulcanología.
  • Antropología y geografía, entre otras

Un trabajo en conjunto esencial para comprender los fenómenos naturales y sociales que están ocurriendo.

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