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¿Para qué estudiamos la política hoy?

Aunque es imposible generalizar entre cientos de presentaciones, de las que asistí a unas pocas, sí parece ser cierto que hoy en día se está perdiendo la pista sobre para qué se estudia la política, y esa inquietud se reflejó en algunas de esas conferencias.

Desde mi punto de vista, el estudio de los fenómenos políticos forma parte del gran mundo de las ideas, o sea que es una pequeña y muy interesante galaxia en el universo del humanismo. Justamente así lo vi hace unos 30 años cuando escribí mi primer libro sobre cómo Freud, Fromm y Marcuse veían a la política. Pero también es cierto que su estudio puede ir más allá de la reflexión filosófica ampliada a las ciencias humanas y sociales, y pretender contribuir a mejorar la vida de las personas a través del perfeccionamiento de las instituciones políticas.

De hecho, mi segundo libro, escrito años más tarde, fue sobre el proceso político colombiano durante el siglo XX, con el que quería hacer un aporte nuevo pero modesto al análisis de la realidad política colombiana con la, quizás, ingenua esperanza de que eso sirviera de alguna forma para mejorar la democracia de nuestro país.

Durante las últimas décadas opté por este camino de los cientistas políticos más conocidos, que pretendían ayudar a entender los problemas de gobernabilidad en las democracias y, con base en ello, a veces sugerir caminos para enfrentarlos, con la idea, quizás también un poco ilusoria, de que los gestores políticos y la ciudadanía se dejarían guiar por esas orientaciones.

Tres tendencias

Fuimos muchos los estudiosos de este tema que en Colombia incluso pasamos a ser ocasionalmente consultores del Gobierno y de los partidos políticos, con la esperanza de llevar esas investigaciones más allá del mundo académico y ayudar a generar algún cambio. Yo veía entonces tres grandes grupos entre los dedicados a estudiar a la política.

Por ello a veces veían al primer grupo –el de los teóricos no revolucionarios– como burgueses ociosos, y al segundo, los de la gobernabilidad, como ingenuos totales

Los teóricos, del primer grupo, en general eran pensadores que querían asombrarse ante la realidad política y sus complejidades para intentar descifrar sus enigmas. Un segundo grupo, los politólogos de la gobernabilidad democrática, intentaba dedicarse a un pequeño asunto politológico, y después de agotarlo, tratar de proponer acciones humanas para mejorar los sistemas políticos existentes en pequeñas y medianas cuestiones.

El tercer grupo estaba más orientado a la teoría unida a la acción política directa, que pretendía proponer grandes revoluciones (al menos refundaciones) a partir del entendimiento de la realidad del poder en su conjunto, casi siempre con un cierto aire de mesianismo. Por ello a veces veían al primer grupo –el de los teóricos no revolucionarios– como burgueses ociosos, y al segundo, los de la gobernabilidad, como ingenuos totales, e incluso culpables de colaboracionismo con la injusticia institucionalizada.

Pero revisando escritos de colegas de mediano y gran calibre, lo que me parece que está sucediendo, o por lo menos he observado en estos y otros eventos, es que los papeles se están cambiando en estos tres grupos.

El tercer grupo (el mesiánico), por ejemplo, que se negaba a la discusión de la gobernabilidad democrática por considerarla desde todo punto de vista ilegítima por su matrimonio con el capitalismo, cambió de actitud gradual pero masivamente sobre todo en Latinoamérica y Colombia.

Leve giro de la izquierda

Cuando la izquierda se volvió gobierno en tantos países latinoamericanos, y después del Acuerdo de Paz en Colombia, sus integrantes hicieron una pausa en tales reflexiones, sin abandonarlas, y empezaron a sumarse al grupo de expertos tecnócratas –como nos llamaban a los del segundo grupo, los defensores de la gobernabilidad democrática– para ellos también buscar fórmulas que elevaran la poliarquización, es decir el aumento gradual de los niveles de democracia.

Varios de ellos han afirmado que la complejización de las sociedades posmilenialistas y la globalización acelerada del capitalismo parecen estar rompiendo los moldes de análisis para entender las democracias existentes.

Más insólito aún fue el cambio de actitud de varios miembros importantes del segundo grupo (de la gobernanza) que siempre fueron defensores a ultranza de trabajar con elementos medibles de mejoramiento democrático y que despreciaban con mayor o menor énfasis tanto a los del primer grupo, por considerarlos una especie de filósofos sin objetivo visible y no politólogos, como a los del tercer grupo, por su ideologismo casi religioso.

Pero más recientemente, varios de ellos han afirmado que la complejización de las sociedades posmilenialistas y la globalización acelerada del capitalismo parecen estar rompiendo los moldes de análisis para entender las democracias existentes, lanzándonos a un escenario de incertidumbre sobre el futuro de los sistemas democráticos, incluso a mediano plazo.

Se declaran abiertamente pesimistas sobre ello y habían expresado antes, de forma repetida, que en las democracias cada día tiene su afán. La verdad, esa actitud nos ha dejado desconcertados a muchos de quienes les seguíamos fielmente en ese tecnicismo politológico prodemocrático en el que se instaló la mayoría del mundo académico de la ciencia política en los últimos 30 o incluso 50 años.

Reducir el escepticismo

Desde mi punto de vista, y contrario a esa actitud, las tres concepciones son válidas aunque parezcan contradictorias, máxime en este nuevo siglo. Es decir: podemos seguir dedicándonos –y así lo hago yo en una de mis clases de doctorado– a estudiar las viejas reflexiones sobre los conflictos entre el individuo y la sociedad, con base en Marcuse, por ejemplo, y la gran sombra que eso supone en la pretensión de lograr sociedades armoniosas aún con este modelo democrático ahora diseminado.

Incluso podemos aderezarlo con esos nuevos teóricos un tanto catastrofistas, que hoy son best seller, y que, siendo prodigiosos, si lo miramos bien en el fondo solo actualizan esas viejas teorías sociales o sicológicas, adaptándolas a la posmodernidad de la globalización acelerada.

Pero considero que no por ello se debe renunciar al andamiaje que hemos montado con dificultad en casi un siglo de trabajo de los cientistas políticos, para tapar poco a poco los huecos del edificio en el que vivimos (las democracias), aunque para algunos reconocidos líderes del grupo de los tecnólogos institucionales de siempre se está desmoronando sin remedio, por lo que ya casi no merezca hacerse más ese trabajo artesanal al que nos dedicamos casi una vida entera.

Creo que, por lo menos en Colombia, debemos seguir obsesionados con la gobernabilidad, porque nuestra democracia en desarrollo lo requiere.

Creo que es todo lo contrario, y por eso sigo dictando clases de gobernabilidad y escribiendo sobre sistemas electorales sin abandonar por ello esa eterna discusión sobre el trasfondo complejo de nuestras sociedades en mis clases de teoría política.

Incluso soy más optimista porque el fin de la Guerra Fría –que llegó tarde a Latinoamérica y más aún a Colombia– ha puesto de este lado a los del tercer grupo, los que antes veían salvación solo en cambios rotundos del modelo político y ahora encuentran viable trabajar por la democracia, otrora demonizada. Esto lo hacen, sin embargo, sin renunciar a sus concepciones ideológicas sobre las contradicciones de combinar un modelo económico que genera la desigualdad (el capitalismo) con uno político que aspira a la igualdad relativa (la democracia).

Creo que, por lo menos en Colombia, debemos seguir obsesionados con la gobernabilidad, porque nuestra democracia en desarrollo lo requiere; pero también porque ¿cómo vamos a recibir con semejante escepticismo a nuestros estudiantes jóvenes de ciencia política, que en 1993 en Colombia egresaban de una sola carrera y ahora lo hacen de 38 de ellas?

Considero que los de la vieja guardia debemos abstenernos de pintar escenarios catastrofistas e invitarlos a sumarse al moderno ejército de mejoradores de la democracia, sin ilusiones irreales pero también sin fatalismos.

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