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Pandemia, pandemonio y pananomia

¿Qué significan las tres palabras del título del presente texto? Se llama “pandemia” a la propagación mundial de una nueva enfermedad; para llegar a esta situación se tienen que cumplir dos criterios: que el brote epidémico afecte a más de un continente, y que los casos de cada país ya no sean importados sino provocados por transmisión comunitaria. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró una el pasado 30 de enero, cuando el nuevo coronavirus SARS-COV-2 se expandió en cuestión de semanas por todo el mundo.


Según el Diccionario de la lengua española, “pandemonio” es una palabra que se utiliza para indicar que hay mucho ruido y confusión, algo así como una reunión de demonios. Pananomia es una palabra que todavía no existe, pero que se referiría a la expansión epidémica de una enfermedad social que consiste en la “pérdida de acatamiento de las normas sociales”.
 

Me centro en este punto porque en Colombia parece estar ocurriendo y creciendo –tanto como en otros lugares– una conjunción de ruidos “demoniacos” producto de una situación social anómica todavía no generalizada.


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Para comprender algunas situaciones sociales actuales del agobiante confinamiento obligatorio impuesto para frenar los efectos del COVID-19, la “anomia” se define como un estado social en el cual las normas han perdido su fuerza reguladora, han sufrido una pérdida de legitimidad, lo que correspondería a un momento transicional de una sociedad que tiene efectos de inestabilidad, desintegración y otros igualmente indeseables.
 

Pero atención: la anomia no es nueva, se trata de un comportamiento que no difiere de los que se observa en otras circunstancias, como pasarse un semáforo en rojo, tirar basura en la vía pública, colarse en el transporte público, ocupar las sillas destinadas para las personas de la tercera edad en TransMilenio, o colarse en la fila; estas son algunas faltas de civismo comunes en nuestra sociedad. El concepto de anomia lo trajo a la sociología uno de los padres fundadores de esta disciplina, el francés Émile Durkheim (1858-1917).
 

Campañas de prevención son ineficaces


¿Por qué hacer referencia a la anomia en este momento? Una razón esencial es que la exigencia de una gran disciplina social para sortear con menores consecuencias la pandemia parece no estar teniendo la acogida suficiente en la conciencia ciudadana, y en los últimos días están apareciendo brotes de dicha enfermedad con mayor frecuencia. De hecho, entre el puente festivo del 25 de mayo y el del 15 de junio se registró un incremento del 39,6 % en el número de fiestas y reuniones en Bogotá, al pasar de 1.333 a 1.861, respectivamente.


Indudablemente la situación es inédita, es decir que en la historia moderna del país no se conocía una amenaza que obligara a millones de personas a confinarse en sus viviendas por tanto tiempo y a poner entre paréntesis la vida social y económica. Es cierto que los colombianos no estábamos preparados para ello, pero tampoco lo estaban los ciudadanos de otras naciones, y sin embargo la reticencia allí ha sido menor. El hecho de no se vean cadáveres en las calles como consecuencia de los efectos de la pandemia no implica que no existan una alta letalidad y un alto riesgo de contagio.
 

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La percepción del riesgo juega un papel fundamental para modificar los hábitos. Una encuesta realizada por el Centro Nacional de Consultoría en Barranquilla, Bogotá, Cali y Cartagena mostró que aunque en general los colombianos reconocen que medidas de autocuidado –como lavarse las manos, usar tapabocas y guardar la distancia física social– sirven para enfrentar el virus, solo la mitad de la población consultada cree que podría contagiarse. Además la percepción no es la misma en todos los grupos etarios; así, mientras los bogotanos y caleños jóvenes son los que más le temen al nuevo coronavirus, con el 36 y 45 % respectivamente, en el caso de la capital del país, los adultos mayores de 60 años son los que menos percepción del riego tienen frente al covid-19, con un 26 %.

Todo ello parece indicar que las campañas de prevención y autocuidado –que se divulgan con tanta frecuencia en los medios masivos de comunicación y en las redes sociales– no están surtiendo el efecto para el que han sido diseñadas: que las personas entiendan la dimensión del riesgo, y reducirlo.


Cabe preguntarse si algunos mensajes han sido equívocos, o si no hay suficiente capital social para obrar sobre las personas y advertirles in situ sobre el riesgo. Desde el primer momento se debería haber promovido una movilización social de base para advertir sobre los riesgos. Esto no lo sustituyen las campañas de medios ni la presencia diaria del presidente de la República hablando del tema, porque además existe una correlación directa entre la crisis de las instituciones y la desconfianza en las medidas adoptadas por estas.
 

Una cuestión de exclusión


Lo que se encuentra en el fondo de tal escenario es que el país no ha alcanzado un orden social incluyente y aceptable para todos. La sociedad colombiana es muy desigual y no está cohesionada socialmente, entre otras razones porque persiste la histórica negación de plenos derechos que fortalecen distintas formas de discriminación o exclusión.
 

La desintegración social implica la existencia de espacios anómicos, entendiendo estos como lugares de transgresión permanente de las normas, que se conforman como un verdadero contraorden social, el cual se organiza dentro de una composición social específica en donde las reglas sociales pueden ser otras, incluso en oposición a las del conjunto de la sociedad, y en muchos de los cuales existen actores violentos que de manera sucesiva han impuesto su ley suplantando al Estado. Tales espacios constituyen uno de los mayores desafíos para los profundos cambios que requiere la sociedad colombiana.


Se debe entender que una población con tan alto grado de informalidad para obtener ingresos necesita abandonar el confinamiento para conseguirlos; y entonces surge el dilema en la conciencia de las gentes entre morir del contagio o morir de hambre, incrementando así el riesgo de desobediencia a los protocolos y normas.


La anomia no es la simple trasgresión de las normas, sino que implica la doble condición de la incapacidad del “orden social” de imponerse, y de la resistencia de quienes –con razón o sin ella– se excluyen, son excluidos o se sienten excluidos de los beneficios y obligaciones que se derivan de ese orden.


De alguna manera dicho factor trasluce la transitoriedad de una situación, su necesidad de cambio, y de preguntarse si es el síntoma del comienzo del fin de un orden. La pandemia agudiza o pone en evidencia estas situaciones anómalas, dramatiza condiciones de muchos sectores de la población y hasta tiene efectos de salud mental, que también deben ser acompañados –o por lo menos comprendidos– no para justificar las transgresiones al confinamiento, sino para buscar salidas desde las instituciones a estos pandemonios.

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