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Nuevo ciclo político se avizora en América Latina por elecciones

Es común establecer en 1978 el comienzo del periodo conocido como “de transiciones a la democracia” en América Latina. Aunque la región es extremadamente heterogénea, los casos nacionales que alumbraron procesos de transición afectaron a más de la mitad de los países.

Habitualmente los ciclos políticos vienen definidos por cuatro características de naturaleza distinta:

  • El cambio generacional del personal político.
  • La propia dinámica de la lógica de la alternancia gobierno-oposición.
  • El cambio en las políticas públicas –fundamentalmente aquellas de naturaleza económica que afectan la relación del Estado con el mercado–.
  • Las relativas a la política exterior del país.

El primer ciclo político, o de las transiciones, se extiende desde 1978 hasta finales de la década de los ochenta. Está configurado por la revalorización de la democracia y del Estado de derecho, cierta renovación de la élite política y el mantenimiento de un papel central del Estado en la economía. El periodo termina en un clima de crisis económica preocupante.

Lo anterior facilita la apertura del segundo ciclo, el cual se extiende diez años más, los noventa. De nuevo se da un recambio limitado de la dirigencia política, pero aquí las transformaciones más profundas se dan en el ámbito económico, pues se adoptan las medidas del denominado “consenso de Washington” –instauración de las políticas neoliberales en América Latina.

Con la transición de siglo llega el ciclo bolivariano, cuyo cambio en la clase política es profundo y la economía se orienta hacia el incremento del papel del Estado, esto debido al alza de los precios internacionales de las materias primas. Con la muerte de Hugo Chávez, presidente de Venezuela entre 1999 y 2013, este comienza a menguarse.

Dentro de los factores principales de esta situación se encuentra la profunda desaceleración de las exportaciones en las balanzas de pagos y los efectos de la alternancia electoral en la región; tres hitos de muy diferente naturaleza contribuyen a su fin:

  • El triunfo electoral de Mauricio Macri, en Argentina.
  • La destitución de Dilma Rousseff, en Brasil.
  • La salida de Rafael Correa de la escena política ecuatoriana.

En 2018 se completa el inicio de un cuarto nuevo ciclo en América Latina, ya que los tres países más importantes de la región –en términos demográficos– van a celebrar elecciones: Colombia, México y Brasil, que tienen como común denominador que los comicios presidenciales van a suponer un cambio cierto en la jefatura del Estado, ya que en todos está presente la cláusula de la no reelección.

Venezuela, democracia y China

Los sondeos de opinión pública se inclinan en situar con mayores posibilidades de éxito en los próximos comicios a los candidatos más opuestos ideológicamente al oficialismo actual: Andrés Manuel López Obrador en México, y Gustavo Petro en Colombia.

Por otra parte, en Brasil está pendiente la resolución judicial del caso del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, favorito para ganar las elecciones de octubre pero condenado en segunda instancia a 12 años de cárcel por haber aceptado un apartamento de una constructora involucrada en los sobornos a políticos del caso Petrobras. El Tribunal Superior de Justicia postergó el examen de un pedido de habeas corpus de la defensa para evitar que el exmandatario sea detenido por un caso de corrupción.

Lo anterior conforma un escenario indeciso que parece augurar la apertura de un nuevo ciclo nada homogéneo, habida cuenta de que, en términos ideológicos, una eventual deriva hacia la izquierda en dichos países contrarrestaría la existente hacia la derecha después de los procesos electorales registrados en los dos últimos años.

Y la crisis de la representación política reflejada en la de los partidos políticos ha llevado a una situación preocupante de banalización de la democracia, la cual afecta no solo a América Latina.

Sin embargo están presentes cinco elementos a los que es importante prestarles mucha atención. Estos integran la agenda política latinoamericana que, por su naturaleza, pueden ayudar a definir el nuevo ciclo. En primer lugar, se trata de las salidas a la situación actual de Venezuela que van a afectar a la región por dos cuestiones: el serio impacto que está teniendo la migración masiva, y el posicionamiento con respecto a las propias estrategias de solución después del fracaso del proceso de negociación entre el Gobierno y la oposición; también por el empecinamiento de aquel en cerrar la vía electoral con garantías suficientes para ejercitar el voto libre, secreto y efectivo.

Otro elemento se centra en la pulsión desinstitucionalizadora de la región, que prosigue su preocupante andadura. Por un lado se encuentran los permanentes movimientos de los presidentes en ejercicio por satisfacer sus ambiciones reeleccionistas –en los últimos años estas han tenido lugar en Honduras, Bolivia, República Dominicana, Paraguay y Nicaragua–.

Después está la pugna entre los poderes del Estado resuelta de manera insatisfactoria (Brasil sería el caso más significativo, sin olvidar a Venezuela). Y la crisis de la representación política reflejada en la de los partidos políticos ha llevado a una situación preocupante de banalización de la democracia, la cual afecta no solo a América Latina.

En tercer lugarcabe señalar la escalada de la judicialización de la política, y lógicamente su contracara, la politización de la justicia. La presencia de las Cortes en la política es cada vez mayor, sean estas nacionales que intervienen en los casos de corrupción (Brasil Perú, Guatemala y Ecuador), o sea la Corte Interamericana de Justicia mediante su posición respecto al matrimonio igualitario y su impacto en las elecciones de Costa Rica, o su enfoque en relación con una cuestión de amparo vinculada a los resultados de la consulta popular ecuatoriana.

El cuarto elemento tiene que ver con las cuestiones vinculadas al orden internacional. Mientras Estados Unidos rompe acuerdos, cuestiona alianzas y endurece la política migratoria, conviene cuestionarse si la ascendente presencia de China en la región –que por ahora se centra en lo económico– trascenderá al ámbito político y cultural.

Un ejemplo de ello es la apertura en nueve países de la región de institutos Confucio en universidades para promover tanto el aprendizaje del chino y la cultura del país como los programas de intercambio para estudiantes; el de Colombia lo lidera la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Y para el quinto aspecto es necesario recordar el retroceso de todos los procesos tanto de integración regional como de concertación política que tanto se habían dinamizado durante los tres últimos lustros. La atonía de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) es un ejemplo muy significativo.

Los cinco elementos mencionados contribuyen a definir un escenario global para entender el nuevo ciclo que se está iniciando para América Latina que, no obstante, debe considerar las profundas particularidades existentes en el seno de cada país.

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