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Mercado del carbono: jugando con el fuego

El sistema de comercio de emisiones no ha conseguido reducir aquellas causantes del incremento de la temperatura del planeta. La situación indica que frente a un suministro energético “fosilizado” –el 86 % de la canasta energética mundial corresponde a combustibles fósiles–, las soluciones requieren de una gran voluntad política y de transformaciones radicales en el estilo de vida de la humanidad.

De forma tangencial, algunos periódicos del mundo consignaban que en abril de 2018 la cantidad de CO2 en la atmósfera registró su mayor nivel, según estimaciones del Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California, en San Diego (Estados Unidos), pues las mediciones superaban, por primera vez, las 410 partes por millón en el promedio mensual.

El asunto, de por sí preocupante, tiene una arista de mayor gravedad si se tiene en cuenta que los Estados Unidos, el segundo emisor de gases de efecto invernadero (gei) en términos absolutos –después de China–, y el primero en valores per cápita –16,39 toneladas métricas anuales frente a 7,55 del gigante asiático– ha adoptado una política de reactivación de la economía que tiene como uno de sus ejes principales la extracción y exportación de combustibles fósiles no convencionales (gas natural licuado, en lo esencial), obtenidos a través de la tecnología de la fracturación hidráulica, altamente contaminante.

Dos mecanismos para ayudar a reducir la emisión de gei

La actual administración de Donald Trump no solo aprobó en marzo de 2017 el decreto de “independencia energética” –que dejó sin efecto la prohibición del arriendo de minas de carbón en terrenos federales y eliminó las normas de reducción de emisiones de metano en la extracción y el procesamiento de petróleo y gas natural–, sino que en junio pasado anunció el retiro de su país del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Esta fue una clara muestra de que la primera potencia económica del mundo no tiene entre sus planes contribuir, por lo menos en el corto plazo, con la disminución de los gei.

El aumento de la temperatura del planeta tiene su explicación en la acumulación creciente de gei en la atmósfera, propiciada en buena medida por la quema masiva de carbón desde el siglo xviii, y que la humanidad ha acelerado cuando el petróleo se suma a la canasta energética. extraño mercado

El proceso de reducción de GEI certificado y obligatorio inició en 2005, según los compromisos suscritos en el Protocolo de Kioto, como parte de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y en el que 35 países signatarios, entre los más industrializados, quedaron comprometidos, con carácter vinculante, a la implementación de medidas conducentes a dicho reto.

En las discusiones fueron aprobados dos tipos de mecanismos para el cumplimiento de las metas establecidas: los de “comando y control”, que establecen restricciones institucionales sobre las gei, y los llamados “mecanismos flexibles” que son: el de Aplicación Conjunta, que consiste en que si un país de los signatarios de la obligatoriedad invierte en otro del mismo grupo en proyectos de reducción de emisiones o de captura de CO2, es al país inversionista al que le contabilizan la reducción. Le sigue el Mecanismo de Desarrollo Limpio, en el que la inversión que haga un país industrializado en proyectos de emisiones reducidas o capturadas en naciones de limitada industrialización, le permite al inversionista computar en sus metas de reducción los logros del proyecto.

Por último, el Comercio de Emisiones (más conocido como mercados de carbono) consiste en que si un país por su baja huella de carbono –entre los del grupo de menor industrialización– tiene asignados unos derechos de emisión y contamina por debajo del límite establecido, los puede vender a aquellas naciones que estando obligadas a reducciones no hayan alcanzado las metas.

De esa manera, las emisiones de gei se convierten en una mercancía, en un mercado que sorprende por su extrañeza, ya que el alza buscada del precio debe reducir la oferta con el propósito de eliminarla.

Las trampas de la lógica de la ganancia

En ese atípico mercado, la unidad de medida es la emisión de una tonelada de CO2 equivalente (eCO2eq), y los volúmenes de oferta dependen de la cantidad de permisos de emisión expedidos y de las diferencias que surjan entre el valor del límite establecido y el de las emisiones realmente generadas. Si la flexibilidad de los límites es alta, crea, de un lado, excesos de oferta, y del otro, bajas en la demanda, marcando una tendencia decreciente de los precios.

La Unión Europea extendió el mecanismo del comercio de emisiones a los sectores regulados a su interior y expidió permisos que podían ser vendidos a las empresas que no lograban sus metas de reducción por debajo del límite establecido. Sin embargo su implementación ha sufrido una serie de problemas que han llevado a que el precio de la eCO2eq, lejos de aumentar, como estaba previsto y es lo conveniente, haya experimentado descensos importantes.

Independientemente de si los límites puestos en la actualidad a las emisiones son muy laxos o la expedición de permisos es discordante con la realidad, lo que no se tiene en cuenta es que en un sistema regido por la lógica de la ganancia, el cambio a tecnologías ahorradoras de emisiones debe compatibilizarse con el mantenimiento del margen de beneficios. Esto ha llevado a los países a excluir ciertos sectores económicos de los programas de reducción por razones estratégicas, y a ser muy flexibles en los límites fijados, angostando así las posibilidades del sistema.

Además, como se pudo probar luego de la crisis de 2008, las emisiones en los sectores regulados sufren contracciones importantes en las recesiones económicas, provocando excesos de oferta de los títulos de eCO2eq, y a la par disminuciones significativas en la demanda, con el consecuente abatimiento de los precios y la práctica inoperante del mecanismo como estímulo para la innovación de tecnologías más limpias, cuando la economía se ralentiza.

El precio de la eCO2eq fluctuó alrededor de 4 euros en la segunda mitad de 2017, y si bien está recuperándose en 2018, está muy lejos del valor de 55 euros que las estimaciones realizadas consideran debe tener para que, por ejemplo, las generadoras térmicas de electricidad, alimentadas con carbón, dejen de ser viables en Europa.

Un futuro poco alentador

La implementación reciente de los mercados de carbono en China, y el hecho de que, pese a los problemas señalados, al menos 150.000 millones de dólares pueden estar transándose actualmente en todo tipo de intercambios de eCO2eq, así como el creciente interés en la creación de mercados voluntarios, no regulados institucionalmente, impulsa a que los informes sobre el tema muestren un panorama positivo. Optimismo al que no pocos suman la cada vez más creciente financiarización de esas transacciones, incluso con la creación de derivados y de un mercado secundario, haciendo el mecanismo no solo más complejo, sino más opaco.

Las denuncias sobre lavado de dinero y evasión fiscal en las que el nombre de Cyril Astruc, timador que estafó al menos 15 millones de euros al fisco francés por pagos del iva con el que ese país grava las transacciones por derechos de emisión, puede ser el caso más icónico, pero no es único ni debe considerarse un asunto excepcional.

Desde los inicios de la discusión sobre las formas de limitar las emisiones de gei los compromisos fueron muy elusivos, y de la obligatoriedad quiso pasarse a la discrecionalidad o a la búsqueda de instrumentos que no chocaran con los intereses de las multinacionales de las grandes potencias, forzándose el mantenimiento del statu quo.

La conservación casi invariable de la matriz energética del mundo en las tres últimas décadas, el bajo ritmo de las reducciones periódicas que ha tenido lugar desde la activación de los acuerdos vinculantes, y un mercado que no da muestras de impulsar significativamente las innovaciones ahorradoras de emisiones, dibujan un panorama poco halagüeño para las generaciones futuras.

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