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Memorias en conflicto: los casos de Tumaco y Bogotá

En 2016 parecía que el curso de la historia de Colombia podría virar: el proceso de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC era portador de buenas noticias, sobre todo para los procesos de memoria del país.
 

El llamado institucional a realizar ejercicios de memoria histórica inició en 2005 con la expedición de la Ley 975, por la cual “se dictan disposiciones para la reincorporación de miembros de grupos armados organizados al margen de la ley, que contribuyan de manera efectiva a la consecución de la paz nacional y se dictan otras disposiciones para acuerdos humanitarios”. A partir de ese momento los procesos de memorialización en el país fueron impulsados por instituciones gubernamentales y universitarias que adoptaron el término “memoria histórica” –traducido en elaboraciones conceptuales y metodológicas– para reunir, sistematizar y explicar las acciones de las comunidades y las organizaciones sociales en sus territorios con el fin de resistir a los diferentes tipos de violencia. 
 

Puedes leer: Tumaco, histórica exclusión del proyecto de nación.
 

No obstante, estos ejercicios de sistematización ya se venían realizando en las comunidades afectadas antes del respaldo legislativo. Este aspecto es una muestra de las tensiones existentes entre las memorias institucionales, generalmente ligadas a las élites políticas y sociales, y las instituyentes, relacionadas con “las culturas minoritarias y dominadas”.


Bajo este contexto y como parte de asumir el reto de aportar a este proyecto colectivo, se planteó un ejercicio académico cuyo propósito, posteriormente, se presentó como un análisis comparativo de los procesos de construcción de lugares de memoria en Tumaco y Bogotá entre 1991 y 20161. Para ilustrar las particularidades de dichos procesos, se tuvo como referencia la Casa de la Memoria de Tumaco y la Costa Pacífica Nariñense y el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, respectivamente.


Dicho análisis permitió establecer que los lugares de memoria, a diferencia del resto de la región, surgieron en medio del conflicto; lo cual ha generado prácticas diferenciadas en toda Colombia según la condición social y económica de donde se emplaza el lugar de memoria.


El estudio tuvo como reto metodológico establecer los puntos comunes de estos dos lugares edificados en contextos disímiles. Para resolverlo, en la literatura consultada se identificaron las metáforas de texto, performance y arena, aproximaciones que proporcionaron enfoque y profundidad sobre algunos aspectos considerados relevantes para abordar los lugares de memoria seleccionados.


Puedes ver: Las otras caras de Tumaco.
 

La metáfora del texto tiene que ver con la lectura y la interpretación –asociadas con la forma en que se recuerda y representa el pasado– que hacen los diferentes actores que construyen los lugares de memoria; la del performance se entiende como la función de escenario que cumple el lugar, la puesta en escena y la presentación ante los demás de los discursos elaborados por diferentes actores, y la de la arena se relaciona con los debates políticos que surgen con las representaciones del pasado en el lugar.
 

Así, la metáfora del texto mostró que el proceso de construcción de la Casa (Tumaco) se basó en los criterios de los museos comunitarios, mientras que para el Centro (Bogotá) se tomaron como referente algunos parámetros de los museos memoriales, como el arquetipo estético de reparación simbólica que se instaló luego de la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos se ha privilegiado la oralidad y se han dejado al margen las formas escritas para captar la atención de visitantes no especializados. 
 

Cabe resaltar que la permanencia de actores armados en el caso de Tumaco ha sido determinante para decidir qué contar y qué no dentro de la Casa, mientras que en Bogotá hay mayor libertad para elaborar discursos sin poner en riesgo la integridad de quienes trabajan allí o de revictimizar a sus colaboradores.

La metáfora del performance permitió evidenciar que, en ambos casos, la mayoría de los visitantes son estudiantes, académicos y turistas. Sin embargo, su relación con las víctimas del conflicto armado es estrecha, aunque diferente, a causa de la responsabilidad de reparación simbólica que ha asumido cada uno de los lugares de memoria (como deber para el caso de Tumaco, y, con algunas restricciones, como derecho para el caso de Bogotá).
 

Por último, a través de la metáfora de la arena se encontró que la Casa y el Centro son lugares para la confrontación y la mediación entre diversos actores y poderes que buscan legitimar y representar una versión sobre pasados violentos. En Tumaco, a causa de la debilidad institucional que ha facilitado la presencia de diferentes grupos armados, la Iglesia católica y la comunidad han asumido la responsabilidad de la Casa. En contraste, para el caso de Bogotá, esta responsabilidad la asumió la Secretaría de Gobierno, aunque respaldada por organizaciones que han trabajado por la construcción de paz y la defensa de los derechos humanos, además de dirigentes con afinidad política. Lo anterior podría reflejar la tensión entre memorias instituyentes y memorias institucionales, respectivamente.
 

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Así, los lugares de memoria analizados constituyen una manifestación de la memoria histórica que se puede georreferenciar, es decir que tienen una ubicación en el mapa, son una práctica social que se construye a partir de la experiencia de múltiples actores como gobiernos, académicos, gestores de memoria, victimarios y víctimas, entre otros, que asocian un conjunto subjetivo de sentimientos e impresiones a los vestigios que se guardan allí y que se ven afectados por las relaciones de poder que se tejen alrededor de sus posturas. 
 

En este sentido, estos lugares de memoria se enfocan en la forma en que tales actores recuerdan algunos eventos traumáticos y no en los hechos en sí mismos, por esto soportan proyectos que ejercitan su capacidad creativa y subversiva para transformar las condiciones que ocasionaron acciones violentas, generar preguntas en sus visitantes y evitar la repetición de hechos violentos. Por último, hay que resaltar que estos lugares de memoria se encuentran en constante proceso de construcción ya que son el resultado de redes de colaboración a diferentes escalas, regidas por distintas temporalidades estrechamente ligadas a los eventos traumáticos que evocan.

 


1 Entre 1991 y 2016, el país enfrentó uno de los periodos más violentos producidos por la conjunción del narcotráfico, el paramilitarismo y las guerrillas; entre los carteles de Medellín y Cali, bandas criminales, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

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