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Medidas para reducir el hambre y el desperdicio de alimentos son insuficientes

Después de la segunda posguerra el hambre fue la excusa para implementar políticas globales con el fin de eliminarla o reducirla a su mínima expresión. Sin embargo los resultados indican que esas políticas han sido insuficientes, que los presupuestos que destinan los países para tal fin han tenido que ir en aumento, sin que la cantidad de personas que la padecen disminuya consistentemente y, por el contrario, su número aumente o se mantenga constante.

Las cifras de la FAO en el El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2019 así lo demuestran. Entre 2005 y 2015 se logró reducir en un poco más de 30 millones el número de personas que pasaban hambre en el mundo, cifra que aumentó en los últimos cuatro años de manera consistente hasta alcanzar los 821,6 millones. África, Asia, América Latina y el Caribe son las regiones que más hambrientos aportan. Sin embargo algunas de estas regiones son las que más potencial para producción de alimentos tienen, y de hecho, en especial América Latina y Asia, aportan una importante cantidad de ellos al mundo.

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En otro extremo de la balanza están las personas que sufren la enfermedad contemporánea: la obesidad, que según la FAO para 2018 en el mundo eran 672 millones en esa condición, la mayoría de Europa y Norteamérica y más del 50 % en los Estados Unidos, el Reino Unido, México, Alemania, Brasil, Chile y Turquía. En otras palabras: mientras que 1 de cada 9 personas en el mundo pasa hambre, 1 de cada 8 son obesas.

Cada una de estas expresiones del hambre se concentra de manera específica en diferentes territorios del globo. El mismo reporte de la FAO informa que en Colombia 2,4 millones de personas pasan hambre, y los resultados parciales de la Encuesta de Situación Nutricional (ENSIN 2015) identificó que el 37,7 % de los jóvenes y adultos presentan sobrepeso y el 18,7 % obesidad.

A estas cifras hay que sumarles los datos que la misma FAO evidencia sobre la pérdida y el desperdicio de alimentos. Ambos sumaban para 2018 el 37 %, siendo especial el desperdicio en la fase de comercialización y consumo.

El problema del hambre en el mundo no necesariamente está relacionado con la producción de alimentos, pues más de un tercio de lo que se produce se desperdicia, y si se adiciona la población que sufre de obesidad, el porcentaje resulta casi igual al de las personas que padecen hambre. Dicho de otra manera: con lo que desperdiciamos podríamos alimentar a todos los hambrientos y sobraría.

La solución al problema estaría entonces en que las políticas les garantizaran a las personas su “derecho a la alimentación”, no solo desde la disponibilidad de alimentos, sino a través de condiciones que les permitan acceder de manera digna a los alimentos que hoy se producen en el mundo. Se bota a la basura un tercio de la comida y cerca del 10 % de la población mundial consume más de sus requerimientos debido a hábitos de consumo y distribución del alimento. En especial quienes tienen dinero para comprar comida son los que más desperdician.

Más allá de las políticas alimentarias

Las políticas alimentarias globales se han enfocado en garantizar la disponibilidad, orientadas por quienes tienen los medios para acceder a la comida. De ahí que el alimento haya perdido su “valor de uso”, convirtiéndose en una mercancía que se comercializa por el mundo, recorriendo miles de kilómetros con un importante gasto energético, para llegar a quienes puedan pagarlo, en desmedro de quienes lo producen. Por ello el hambre es preponderantemente un problema de países pobres, de personas con menores ingresos y de población rural, a pesar de que muchos de ellos sean los que están produciendo.

En este panorama realmente apocalíptico surgen estrategias de resiliencia y resistencia al modelo. Algunos movimientos como Slow FoodoUgly Food promueven un consumo alternativo basadas en comer para vivir mejor  y al tiempo, mejorar los hábitos alimentarios. Esto es lo que Jan Douwe ha llamado “Imperios alimentarios”, una agricultura capitalista capaz de influenciar las decisiones políticas globales para su beneficio dejando en el medio a las personas.

La producción agroecológica, orgánica, biodinámica o la permacultura son ejemplos de alternativas al modelo productivo dependiente de insumos externos cada vez más costosos y ambientalmente perjudiciales. De igual manera, es necesario destacar el importante papel del movimiento campesino internacional en este escenario, que desde mediados de los años noventa ha venido consolidando su propuesta de Soberanía Alimentaria (SoA) como una posible salida a esta encrucijada.

La Declaración de Nyéléni describe los principios sobre los cuales los campesinos postulan la SoA como el camino a seguir, de manera que cifras como las mencionadas no sigan siendo la excusa para políticas alimentarias globales que terminan afectándonos. El eje central de la SoA son los derechos, en especial de quienes producen los alimentos, que tradicionalmente se ubican en lugares secundarios de las políticas.

Estos planteamientos incluyen aspectos como el derecho que asiste a los campesinos de acceder a los recursos productivos –tierra, agua, semillas, tecnologías apropiadas– para realizar sus actividades. Habría que hacer especial énfasis en lo que respecta a la tierra en un país como Colombia donde el Coeficiente de Gini de tierras ronda el 0,90 poniendo en evidencia la preocupante concentración de este recurso.

Algo central en el planteamiento de la SoA es el acceso, aprovechamiento, tenencia y uso de semillas nativas y criollas propias de los campesinos que cada vez han sido más invisibilizadas en los acuerdos del manejo de patentes de la Organización Mundial del Comercio. El acceso a recursos productivos debería ir de la mano del derecho de los campesinos a producir los alimentos según sus formas tradicionales de producción, diferentes a los monocultivos contemporáneos, recuperando las prácticas de cultivos asociados tipo milpa o huertas caseras.

En concordancia las prácticas de autoconsumo son las deseables en la SoA. Este aspecto es fundamental ya que quienes producen la comida son los primeros que tienen el derecho a consumirla, contrario a lo que se evidenció párrafos atrás. Así, el alimento adquiere un valor diferente al comercial, y por lo tanto el precio debe ser justo tanto para los que lo producen como para quienes lo consumen. Entonces, los circuitos cortos de comercialización (CCC) son una alternativa importante para llegar a los mercados. Ejemplo de ello son los Mercados Campesinos, que en los últimos años se han venido a menos en Bogotá.

Los imperios alimentarios

Un resultado trascendental de la preservación de semillas, de la conservación de formas tradicionales de producción que garantizan una comida más sana, del retorno al autoconsumo, y de los CCC, es que de esta manera se conservan especiales tradiciones alimentarias, camino que sin ninguna duda lleva a la preservación de las culturas nativas que se oponen a la homogeneización cultural globalizadora y preservan la diversidad cultural en el mundo, y que indudablemente constituyen un camino de resistencia a la influencia de los “imperios alimentarios”.

Es crucial que los campesinos sean reconocidos como sujeto de derechos, aspecto en el que se ha avanzado sustancialmente en los últimos años en el mundo con la Carta de los derechos de los campesinos. Infortunadamente el Gobierno colombiano se abstuvo de firmarla.

Este reconocimiento implica que se deben tener espacios de participación real en la toma de decisiones de las políticas alimentarias y agrarias. Dentro de ese reconocimiento es necesario mencionar que las mujeres campesinas han sido muy afectadas, tanto por ser mujeres como ser por campesinas.

Además: Carga laboral de más de 18 horas, una realidad de las mujeres campesinas.

Ellas han sido doblemente victimizadas por la exclusión tradicional y por la guerra que ha desencadenado las más deplorables expresiones de violencia sexual y de género. Para la SoA son especialmente decisivas las mujeres que tienen la capacidad de transmitir conocimiento, de reproducir una sociedad más justa, de formar las generaciones del mañana que valorarán los alimentos como la base del desarrollo de la sociedad. Por tanto, la SoA se construye bajo el liderazgo de las mujeres campesinas.

Otro aspecto importante de la SoA es el carácter que cada familia y comunidad campesina le imprima a la construcción de su propio proceso de SoA, según sus propias particularidades. Además los lectores de este escrito se preguntarán si nosotros como consumidores tenemos algún papel que jugar en el proceso de construcción de la SoA. Hay mucho por hacer.

Cada vez que los consumidores adquieren y consumen un alimento, ejercen un acto político en el cual se debe reivindicar a los campesinos que producen, reconocer su vital labor en la subsistencia, y su rol central en la sociedad. Entonces se comenzará a privilegiar la producción nacional, los alimentos propios y la diversidad por la que los colombianos “sacan pecho” pero que cuesta valorar.

Es necesario resaltar la importante tarea de la academia en acompañar la construcción de la SoA en las aulas, en las regiones, en los territorios, en las investigaciones y en las tareas de extensión académica del día a día, que en algunos casos reproducen el modelo imperante sin cuestionarlo. Es momento de discutir, pensar y acompañar propuestas alternativas como esta, encaminadas a resolver las problemáticas de la sociedad como el hambre y el desperdicio de alimentos desde la conciencia crítica y el impacto que esto tiene en todos los niveles.

Escucha aquí el programa completo de UN Análisis sobre la Seguridad Alimentaria.

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