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Los rohinyá, el grupo de apátridas más grande del mundo

Un conflicto prolongado por más de 50 años se ha recrudecido en el sudeste asiático. En semanas recientes, los rohinyá, grupo lingüístico y religioso en Myanmar (antigua Birmania) conformado por cerca de un millón de personas, ha estado en el centro de una catástrofe humanitaria que en poco más de dos meses ha visto a más de 500 mil de ellos cruzar la frontera a través del río Naf hacia Bangladesh, contando historias de graves violaciones de derechos humanos perpetradas por las fuerzas de seguridad del Estado.

La crisis comenzó el 25 de agosto, cuando cientos de militantes del Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán (Esra). 

La crisis comenzó el 25 de agosto, cuando cientos de militantes del Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán (Esra) –grupo insurgente recientemente constituido para mejorar las condiciones de la comunidad en el país– lanzaron ataques coordinados contra una veintena de puestos policiales y del Ejército en el estado noroccidental de Rakhine, donde vive la mayoría de los integrantes de este grupo étnico.

Lanzaron ataques coordinados contra una veintena de puestos policiales y del Ejército en el estado noroccidental de Rakhine.

Respondiendo a los ataques –la segunda ofensiva del grupo en menos de un año–, las fuerzas armadas implementaron la estrategia contrainsurgente conocida como “los cuatro cortes”, una “política calculada de terror” que busca cortarles a los grupos insurgentes sus fuentes de alimento, financiación, inteligencia y reclutas.

Así mismo, con el apoyo de las fuerzas del Estado, turbas budistas armadas se unieron a la caza de los agresores, atacando indiscriminadamente a civiles rohinyá, forzándolos a escapar. Ha habido denuncias de violaciones, infanticidio y asesinatos masivos. Otros también han sido afectados, con no menos de 30 mil miembros de otras minorías étnicas que han cruzado la frontera.

En cuestión de semanas, lo que empezó como un incidente local ha crecido hasta convertirse en una crisis regional que hoy atrae la atención del mundo. Mientras el Alto Comisionado para Derechos Humanos de la ONU, Zeid Ra'ad al-Hussein, ha descrito lo ocurrido como un ejemplo de “limpieza étnica”, el canciller bangladesí, Abul Hassan Mahmud Ali, los ha tildado de genocidio.

En cuestión de semanas, lo que empezó como un incidente local ha crecido hasta convertirse en una crisis regional que hoy atrae la atención del mundo.

A su vez, el papa Francisco, el Dalai Lama y numerosos ganadores del Premio Nobel de Paz, e incluso Al-Qaeda, se han pronunciado sobre la crisis, sumando sus voces a una cacofonía que ha ahogado la voz de los mismos rohinyá.

Discriminación histórica

En Myanmar, cerca del 85 % de la población practica el budismo, por lo que los musulmanes son una pequeña minoría. Los rohinyá son miembros de una comunidad mayoritariamente musulmana que se originó en lo que hoy es el sudeste de Bangladesh, pero que tiene profundos lazos históricos que se remontan al siglo VIII con el estado de Rakhine, cuna del antiguo reino de Arakán del que Esra recibe su nombre.

A partir de la independencia de los británicos en 1948, los rohinyá –como otras minorías étnicas reconocidas en Myanmar– luchan por encontrar un balance apropiado entre sus aspiraciones de autonomía y los intereses del Gobierno central, el cual ha sido controlado por la mayoría étnica bamar.

La presencia de abundantes recursos naturales (jade, estaño, cobre, oro, madera de teca, etc.) en las regiones fronterizas pobladas por las minorías ha aumentado las tensiones jalonando al Gobierno a establecer su dominación sobre estas regiones y sirviendo como una fuente de financiación para los grupos étnicos insurgentes. Algunos, como los ejércitos de liberación nacional de las etnias karen y mon, se enfrentan al Gobierno desde 1949.

Sin embargo, a diferencia de estos grupos, los rohinyá afrontan numerosos obstáculos adicionales, ya que desde el establecimiento del Estado han sido tachados de ser migrantes ilegales bengalís (provenientes de Bangladesh), carentes de todo derecho en Myanmar.

La ley de ciudadanía de 1982 institucionalizó su exclusión al no incluirlos en la lista de los 135 grupos étnicos que pueden aplicar para recibir ciudadanía. Su invisibilización continúa sin tregua hoy: en el censo nacional de 2014, el más reciente, se les prohibió identificarse con tal denominación.

La ley de ciudadanía de 1982 institucionalizó su exclusión al no incluirlos en la lista de los 135 grupos étnicos que pueden aplicar para recibir ciudadanía.

Por tanto, al carecer de ciudadanía, se les ha excluido de participar en las elecciones generales de 2015, las cuales marcaron la transición democrática en ese país después de cinco décadas de gobierno militar.

La organización Human Rights Watch ha reportado otras formas de discriminación que sufre este grupo étnico, entre las que se encuentra el traslado forzado a campos de internamiento que restringen su movimiento; las políticas que los limitan a tener máximo dos hijos o que restringen o retrasan indebidamente la oficialización de sus matrimonios e instancias de trabajo forzoso.

A lo largo de los años, muchos de los países vecinos de Myanmar han llamado al Gobierno en Naipyidó a hacer más por los rohinyá. Durante la crisis actual, protestas masivas en las calles de Kuala Lumpur (Malasia) y Yakarta (Indonesia) han forzado a líderes regionales a reconsiderar la membresía de Myanmar en la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean, por sus siglas en inglés) como un castigo por sus acciones.

Paradójicamente, estos son los mismos países que con frecuencia le dan la espalda a los rohinyá. Desde el inicio de la década actual, Tailandia y Malasia han ejecutado vigorosamente una política de devolver al mar a todo miembro de esta minoría que intente llegar a sus costas por vía marítima, condenando a cientos a la muerte o a la repatriación a un país que no los desea. Bangladesh también les ha fallado utilizando el discurso de que su presencia representa un posible riesgo terrorista, y ministros y altos funcionarios del Gobierno les niegan el estatus de refugiados.

Tailandia y Malasia han ejecutado vigorosamente una política de devolver al mar a todo miembro de esta minoría que intente llegar a sus costas por vía marítima.

Otros países como Arabia Saudita e India, que están fortaleciendo sus relaciones económicas con Myanmar, que vive un boom de recursos naturales, no quieren ponerla en peligro por ayudar a los rohinyá. Mientras el Gobierno de la península arábiga está invirtiendo en la infraestructura petrolera del país, los indios construyen puertos y vías fluviales.

Precario proyecto de paz

Hasta ahora, el Gobierno de Myanmar, encabezado por la consejera de Estado y Premio Nobel de Paz, Aung San Suu Kyi –presidenta en la sombra–, ha reconocido el preocupante estado actual de la crisis, pero ha pedido paciencia mientras el Gobierno completa su transición hacia la democracia. Las negociaciones de paz en curso con más de 20 otros grupos étnicos insurgentes también han desviado la atención estatal de la crisis de los rohinyá.

Es decir que por ahora este grupo no es una prioridad, pero más adelante el Gobierno podrá llegar a arrepentirse de su pasividad, en especial cuando los jóvenes decidan unirse a las filas de Esra como su única salida.

En el largo plazo, serán los grupos extremistas los que más saquen provecho de esta situación, encontrando un amplio campo de reclutamiento para darle vuelta al precario proyecto de paz de Myanmar. Puede que no estén escuchando ahora, pero posiblemente se verán forzados a hacerlo cuando ya sea demasiado tarde.

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